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El Refugio Del Depredador

El Refugio Del Depredador

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
​Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
​En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.

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capitulo 19

​El Palacio de Cristal de la filarmónica, reservado para la Gala Anual de la Fundación del Puerto, lucía como un inmenso invernadero de lujo flotando sobre la penumbra de la zona portuaria. Los techos abovedados de vidrio reflejaban la iluminación ámbar y los destellos de las joyas de la alta burguesía naviera. El ambiente, denso y cargado de perfumes de alta gama, champán brut y el murmullo sordo de los hilos de influencia, vibraba con la estática propia de los mercados exclusivos. Santiago descansaba en el ala este de la mansión, resguardado tras los muros de acero y bajo el monitoreo constante de las pantallas de datos del equipo táctico; esta noche, la leona pisaba la arena pública con la única protección de su propia dignidad.

​Leonela se encontraba en el epicentro del sector norte del salón, rodeada por el presidente de la banca de inversión y dos juezas del circuito de comercio. Cumpliendo con el protocolo de legitimidad del contrato matrimonial, lucía un vestido de satén de seda color azul medianoche. La prenda, de un corte asimétrico y minimalista, caía con una fluidez líquida que abrazaba la curva de su cintura y la línea de sus caderas, dejando al descubierto su hombro izquierdo y la palidez natural de su espalda. El gélido invierno artificial de la climatización industrial del palacio provocó que el tejido fino se adhiriera a su pecho firme, tensando sus pezones de una forma que delataba la agitación biológica latente en su sistema.

​—Los balances de la textilera tradicional muestran un superávit de confianza que la naviera Vancini sabrá capitalizar, señora Vancini —comentaba el banquero, balanceando su copa de baccarat con una hipocresía corporativa ensayada.

​Leonela forzó a sus facciones a adoptar la rigidez de su armadura de seda, asintiendo con un gesto elegante de su barbilla.

​—El honor comercial no es un activo que se deprecie con la reestructuración del puerto, doctor —respondió ella, modulando su voz con una franqueza cortante que buscaba imponer el orden de su apellido—. El muelle 14 requiere...

​La frase quedó suspendida en el aire, muriendo en sus labios oscuros.

​Una perturbación atmosférica, invisible pero de una nitidez espantosa, cruzó los veinte metros de mármol veteado que la separaban de la zona de los palcos privados.

​Gael estaba allí. Parado a lo lejos, junto a una columna de granito negro pulido, el lobo gris permanecía desprovisto de compañía, ignorando las pantallas de datos que sus directores financieros intentaban mostrarle. Vestía un esmoquin negro de sastre de tres piezas que acentuaba la envergadura imponente y masiva de sus hombros. Su camisa de lino negro, abrochada hasta el último botón, endurecía la línea esculpida de su mandíbula. Desde la penumbra del palco, sus ojos grises, fijos y fúnebres, se clavaron en Leonela con una resolución mortal.

​Fue en ese instante cuando la mirada devoradora del titán operó como una fuerza física.

​Leonela sintió el impacto psicológico del escrutinio a través de la distancia. No era una simple observación; para el lector, la fijeza de las pupilas dilatadas de Gael comenzó a recorrer su piel con la precisión tortuosa de una caricia biológica. Las pupilas del lobo gris bajaron lentamente por el perfil pálido de su oreja expuesta, descendieron por la curva de su cuello y se detuvieron en la clavícula, donde un sudor sutil brillaba bajo las lámparas de cristal de roca. El magnetismo animal de esa mirada era tan abrasador que cruzó el salón climatizado, transformándose en un cosquilleo líquido y profundo que nació en la base de su gola y bajó en una vibración directa hacia su vientre.

​El pulso de Leonela experimentó un desborde inmediato. Intentó retomar el hilo de la conversación con las juezas de comercio, pero la rigidez de su lógica se vio anulada por la tensión sensorial de ser observada en un ambiente público donde no tenía el control de las variables.

​—Como decía... las concesiones perimetrales del... del norte... —balbuceó, perdiendo el ritmo felino de su oratoria. Su respiración entrecortada hizo que el satén azul medianoche subiera y bajara de forma violenta, delatando ante la distancia el latido salvaje de su corazón.

​Las juezas parpadearon con extrañeza, pero Leonela ya no pertenecía a la reunión de negocios. Su cuerpo entero reaccionaba al asedio de Gael. Sentía el recorrido virtual de los ojos del gigante corporativo deslizándose ahora por la línea de su espalda descubierta, una presión invisible que erizaba cada vello de su piel, provocando una pulsación de adrenalina pura combinada con un deseo absoluto que odiaba reconocer, pero que la encadenaba al observador. Era la confirmación del secreto que Santiago había expuesto en el despacho: Gael la miraba con ojos de fuego, buscando consumir la resistencia de la leona frente a los mismos fotógrafos que debían validar su pacto legal.

​Gael no se movió de la columna de granito negro, pero su mano larga y curtida, que sostenía un vaso corto de licor ambarino, se cerró con una presión implacable, delatando los celos posesivos que la presencia de otros hombres cerca de la seda azul provocaba en sus facciones de piedra de molino. Su fijeza pesada era un reclamo de posesión por firma, una declaración de que, a pesar del protocolo del evento benéfico, ella seguía estando bajo la red de acero de su estrategia.

​Leonela disculpó su ausencia con una franqueza cortante que no admitió réplicas, dando la espalda al círculo financiero. Caminó con su andar rítmico hacia la terraza exterior del palacio, buscando escapar del cosquilleo asfixiante que la mirada de él seguía proyectando sobre su anatomía. Sus tacones negros golpeaban el mármol con una prisa táctica que delataba su pánico interno.

​Al salir a la balconada, el aire frío y húmedo de la madrugada del puerto la golpeó de frente, mezclándose con el olor a salitre y gasóleo de las terminales lejanas. Leonela apoyó sus manos pálidas en la barandilla de hierro forjado, exhalando el aire contenido. La bruma helada rozó su hombro descubierto, pero el calor abrasador que la caricia visual de Gael había instalado en su piel se negaba a remitir. Sus pezones continuaban marcados contra el satén fino, una confesión biológica de la atracción trágica que la unía al monstruo en medio del cautiverio.

​El crujido rítmico de unos pasos pesados sobre el pavimento de la terraza clausuró el perímetro.

​Gael emergió de la niebla exterior con la rapidez sutil de un depredador alfa. Su envergadura imponente bloqueó la luz dorada que salía del Gran Salón, envolviendo a Leonela en su sombra masiva. El aroma a sándalo, tabaco caro y el calor de su propio cuerpo desplazaron el frío de la noche, imponiendo una estática pesada entre sus siluetas.

​—Perdiste el hilo ante el banco de inversión, leona —susurró Gael. Su barítono profundo bajó a una nota peligrosamente suave, casi humanizada, que vibró directo en las costillas de la mujer—. Mis manuales de estrategia no contemplaban que la soberana de la textilera se quedara sin balances en medio de una ronda de legitimidad pública. ¿Te asusta el mercado o te asusta el dueño de las terminales?

​Leonela se giró lentamente, forzando a sus músculos a adoptar la rigidez de su orgullo. Sostuvo la fijeza de sus ojos oscuros, levantando el mentón para enfrentar la resolución mortal del gigante, aunque la proximidad física hacía que la pulsación líquida en su vientre se intensificara de manera pecaminosa.

​—Tu mirada es un acoso que viola la cláusula de respeto del contrato, Vancini —replicó ella, su voz un hilo de seda afilado—. Me recorriste el cuerpo delante de tus socios con la misma frialdad con la que tus hombres ejecutan una limpieza perimetral. Sabías que no podía controlar la reacción de mi piel en medio del salón. Usas tu tamaño y tus ojos de monstruo para intentar desarmar la única parte de mí que tus millones de la naviera no han podido auditar.

​Gael dio un paso al frente, invadiendo el último milímetro de seguridad, obligando a que el satén azul medianoche tocara el paño negro de su esmoquin. La tensión sensorial alcanzó un suspenso absoluto. Extendió su mano derecha, con dedos fuertes y curtidos por el control de las rutas, y sin llegar a tocar la piel de forma directa, suspendió la palma a escaso un milímetro del hombro descubierto de Leonela. El calor abrasador que emanaba de su mano operó como una continuación real de su mirada devoradora; la piel erizada de la mujer respondió al instante con un temblor imperceptible que Gael registró con una contracción de triunfo en sus rasgos de piedra de molino.

​—No violo ninguna cláusula, Leonela —siseó él, su rostro descendiendo hasta que su aliento con sabor a licor rozó la pequeña cicatriz de su labio superior—. Te observo porque eres el activo más valioso de mis balances de relaciones públicas, y el lobo no aparta la vista de lo que ha decidido proteger bajo su apellido. Tu pulso se desboca porque sabes que mi escrutinio no es el desprecio de Julián ni la hipocresía de los directores. Es la fijeza de un hombre que sabe exactamente cuánta furia escondes bajo este satén azul. Me culpas de tu distracción porque descubriste que, incluso rodeada de la alta sociedad del puerto, tu cuerpo responde únicamente a las reglas de mi casa.

​—Mi cuerpo responde a la descarga de adrenalina que provoca estar cerca de un peligro absoluto, Gael —respondió ella, manteniendo la franqueza cortante de su mirada, sin dar un solo paso atrás hacia el vacío de la barandilla—. Me celas con los ojos porque sabes que mi dignidad sigue intacta tras tus muros de acero. Puedes forzarme a asistir a tus banquetes benéficos y usarme como tu escudo social, pero esta noche confirmaste que no tienes el control absoluto de la leona. Me miraste para dominarme, y lo único que lograste fue recordarle a este palacio de cristal que el gran Gael Vancini prefiere descuidar sus juntas comerciales para perseguir el rastro de mi jazmín en la niebla.

​Gael cerró la distancia final, atrapando la muñeca de Leonela con una presión sutil pero implacable, obligándola a sentir la rigidez de sus tendones y el latido pesado de sus propios celos posesivos. La mirada devoradora mutó en una devoción oscura y pesada, una resolución mortal que demostraba que la transacción contractual se había disuelto bajo el peso del incendio íntimo que compartían descalzos en la madrugada.

​—El martes los balances mostrarán la consolidación del muelle 14, esposa —sentenció Gael, su barítono resonando bajo en medio de la llovizna que comenzaba a caer sobre el Palacio de Cristal—. Pero la prensa ya tiene la fotografía que buscaba. Vieron al lobo gris reclamando su propiedad ante el consejo. Regresa al salón, Leonela, y asegúrate de mantener ese hombro pálido cerca de mi flanco. El tiempo de la inspección ha terminado; la fase de la sumisión oficial acaba de comenzar en mi coche blindado.

​Leonela retiró su mano con un movimiento fluido que hizo crujir el satén de seda, pero no bajó la cabeza. Sostuvo la fijeza de sus pupilas oscuras un segundo más, dejando que el frío de la bruma estabilizara el cosquilleo de su anatomía antes de emprender la retirada hacia las luces ámbar del interior.

La leona cruzando de nuevo el umbral del palacio con el mentón alzado, mientras Gael Vancini permanecía en la terraza oculta, con los dedos aún calientes por la proximidad biológica de la mujer y los ojos fijos en la estela azul medianoche que acababa de quebrar de forma irreversible la simetría muerta de su fortaleza perimetral.

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Celina Espinoza
sgddyf HH cfffnfdgñhcefghXfdsjxdhvcczdg.vccfbmbcfssgmvxfdhojcdtlnvzxfhvnx
neumidia ruiz
listo Gael el niño ya toco tu corazón no te hagas el duro
neumidia ruiz
esta muy interesante 👍 pinta buena
Celina Espinoza
super buena 🙏🥰
valeska garay campos
se lee interesante 👀
celimar
exelente capitulo 🥰👏👏
Joanny Millán
me encanta 😍
Fernanda
👍👍 excelente
Celina Espinoza
exelente capitulo 🥰🥰
Fernanda
es increíble el nene con cada pregunta 👍👏y Gael siempre queda 🤭
Fernanda
👍👍👏
Celina Espinoza
me encanta cada episodio 👏🥰y cada interacción de el niño me muero
Fernanda
me encanta santiago siempre tiene una nueva curiosidad 👍🥰
celimar
me encanta como Santiago entra como dueño de su casa 🤭🥰y pone a Gael nervioso con cada pregunta 🥰
celimar
exelente 👏🥰me gusta
Fernanda
👍👍❤️
celimar
me gusta tu historia gracias por compartirla 👏🥰
Fernanda
👍👍🥰
Fernanda
el niño es muy curioso 🥰☺️🤭le da el toque de humanidad al prota
Celina Espinoza
👏🥰gracia me gusta tu historia
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