Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 2
Lejos del brillo tecnológico y las imponentes naves de Astris, en los límites de la galaxia, se encontraba el planeta de las bestias. Era un mundo salvaje, cubierto de bosques ancestrales y criaturas colosales, pero también el hogar de clanes orgullosos. Sin embargo, en uno de los distritos más pacíficos, la atmósfera dentro de la residencia del líder del clan no era de guerra, sino de una dulce y constante preocupación familiar.
Nesta caminaba por los largos pasillos de madera tallada, arrastrando un poco los pies. Sus ojos, grandes y brillantes, estaban ligeramente empañados por las lágrimas y sus labios formaban un puchero tembloroso. Tenía dieciocho años recién cumplidos, una edad en la que muchos en su planeta ya eran guerreros independientes, pero Nesta era un gamma. Al ser el más pequeño de la jerarquía, su fisonomía era menuda, delicada y carecía de los instintos agresivos de sus hermanos. Pero lo que más lo caracterizaba era su personalidad: debido a los mimos excesivos que había recibido desde la cuna, era un joven sumamente tierno, un tanto infantil y, sobre todo, terriblemente dependiente. Odiaba quedarse solo. Para Nesta, estar sin compañía más de una hora equivalía a una eternidad angustiante.
—¿Papá? —sollozó bajito, frotándose un ojo con el puño de su suéter que le quedaba intencionalmente grande—. ¿Dónde estás?
Con el corazón encogido por ese miedo irracional a la soledad, empujó la pesada puerta de la oficina principal. Al abrirla, una enorme sonrisa iluminó su rostro húmedo. Sentado detrás del escritorio de roble estaba su padre, el imponente líder del clan, un hombre robusto que inspiraba respeto a cualquiera, menos a su hijo menor.
Al ver entrar a su pequeño tesoro con las mejillas sonrosadas y rastro de lágrimas, el hombre dejó caer los informes que estaba leyendo. Se puso de pie de inmediato y, con una agilidad sorprendente para su tamaño, caminó hacia él.
—¡Oh, mi pequeño Nesta! ¿Qué pasa, mi cielo? —exclamó con voz profunda pero llena de una infinita dulzura.
Sin dudarlo, el hombre se agachó y alzó a Nesta en vilo, acomodándolo en sus brazos como si todavía fuera un tierno cachorro. Nesta rodeó el cuello de su padre con sus brazos, escondiendo el rostro en su hombro mientras dejaba escapar un último suspiro lastimero. Su padre lo meció suavemente antes de mirarlo a los ojos con fingida seriedad.
—Te he dicho mil veces, mi niño, que debes quedarte en tu cuarto o avisar a tus hermanos si vas a salir —le regañó con cariño, limpiándole una lágrima rebelde—. Eres demasiado lindo, Nesta. Eres el menor de mis cuatro hijos y el más precioso de este planeta. Si andas por ahí solito y medio lloroso, la gente de afuera podría encariñarse tanto de ti que querrán llevárselo. Hay que tener cuidado con los extraños.
Nesta asintió con la cabeza, escondiendo una sonrisilla. La verdad era que en el pueblo todos lo adoraban. Al ser un gamma tan tierno y desvalido, todo el clan sentía un instinto natural de protección hacia él. Sin embargo, su familia llevaba esa protección al extremo; sabían que Nesta era tan inocente y confiado que cualquiera con malas intenciones podría aprovecharse de su buen corazón y su falta de malicia. Por eso, preferían mantenerlo bajo una burbuja de cristal.
Para cambiar el ambiente y borrar cualquier rastro de tristeza, el padre comenzó a picarle las costillas con los dedos.
—¿Quién es el gamma más consentido de la casa? ¿Quién? —preguntó risueño.
Nesta soltó una carcajada cristalina, retorciéndose en los brazos de su padre mientras intentaba escapar de las cosquillas. Sus pies descalzos pataleaban en el aire y sus mejillas se tiñeron de un vivo color carmín por la risa. Su risa era un sonido tan puro que borraba cualquier rastro de tensión en la habitación.
Fue en ese preciso momento de calidez familiar cuando la puerta de la oficina se abrió de golpe. El hermano mayor de Nesta, un alfa alto y de semblante serio que usualmente lideraba las patrullas del planeta, entró a la habitación. Su expresión, habitualmente severa, se suavizó un segundo al ver a su pequeño hermano menor reír, pero la gravedad de la tableta digital que sostenía en su mano derecha le devolvió la rigidez al rostro.
—Padre —dijo el hermano mayor, dando un paso al frente y deteniéndose ante el escritorio—. Lamento interrumpir, pero acaba de entrar un comunicado de máxima urgencia a través de la red diplomática interplanetaria. Viene directamente del consejo central de Astris.
El padre detuvo las cosquillas, aunque mantuvo a Nesta firmemente abrazado contra su pecho. El pequeño gamma, sintiendo el cambio de energía en la habitación, se quedó quietito, apoyando la barbilla en el hombro de su papá mientras miraba a su hermano mayor con curiosidad inocente.
—¿Un comunicado de Astris? —preguntó el líder, frunciendo el ceño—. Nuestro tratado de paz con ellos está vigente. ¿Qué podrían querer ahora?
El hermano mayor tragó saliva, mirando de reojo a Nesta antes de fijar la vista en su padre.
—El consejo del imperio ha emitido un decreto oficial para todos los planetas aliados. El emperador Zarek busca consorte. Exigen que enviemos una propuesta para elegir esposa para el emperador. Dicen que es una oportunidad para consolidar los lazos y que el planeta elegido recibirá apoyo total del imperio, pero todos sabemos cómo es el carácter de ese hombre. Es un monstruo implacable.
El emperador Zarek.