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Aprisionada Por El Don

Aprisionada Por El Don

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mafia / Maltrato Emocional / Amor-odio / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:13
Nilai: 5
nombre de autor: Mary Mendes

Después de la trágica e inesperada muerte de sus padres, Vitório Lombardi dejó de creer en la redención.
Criado por el dolor y moldeado por el odio, hizo una sola promesa: venganza.
Forjado en las sombras del poder, Vitório se convirtió en un hombre frío, implacable y peligroso.
Nada lo detiene.
Nadie está a salvo.
Su plan está perfectamente calculado.
Hasta que Natália cruza su camino.
Dulce, delicada y completamente ajena al mundo oscuro que él construyó, debería ser solo una pieza más en su juego.
Pero Natália despierta algo que Vitório creía muerto: sentimientos que amenazan con derrumbar todo lo que planeó.
Entre deseo y destrucción, pasión y venganza, Vitório tendrá que elegir:
seguir hasta el final, cueste lo que cueste…
o arriesgar su propio corazón.
Porque cuando un hombre está aprisionado por el odio, amar puede ser el precio más alto que se puede pagar.

NovelToon tiene autorización de Mary Mendes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Vitorio

Salgo de la habitación riendo, una risa baja, contenida, pero cargada de satisfacción.

Entro en el coche y me recuesto en el asiento. El motor ronronea suavemente, pero mi mente no está en el trayecto. Está en ella.

Natalia.

No consigo sacarla de la cabeza. Cada detalle sale a la luz como si estuviera grabado en mi memoria. Los cabellos rubios, cayendo en ondas suaves que casi reflejan la luz de la habitación. Los ojos grandes, azules, intensos… imposibles de ignorar, incluso cuando están llenos de rabia.

La boca. Carnosa. Audaz. Una boca que no mide palabras, que desafía, que grita sin miedo. La boca que me insultó sin dudar, sin siquiera pestañear.

Ella es linda. Demasiado. Y, de alguna forma, peligrosa. Un tipo de belleza que no se olvida, que incomoda, que atrapa la mirada incluso cuando sabes que deberías simplemente ignorar.

Sonrío, solo, observando el reflejo de la calle pasando por las ventanas del coche. Natalia Ivanov…

esa niña pequeña que derribó a un capitán con un puñetazo, que me grita como si yo fuera solo un enemigo más…

Ella es diferente. Y me gusta eso.

Mi celular vibra en el bolsillo. Lo saco sin prisa, deslizando el dedo sobre la pantalla. Un mensaje de Marco. Nada sorprendente.

Pero no es solo eso. Vino de uno de nuestros espías: los Ivanov se están moviendo. Buscan alianzas, refuerzos, cualquier ayuda que les permita recuperar a Natalia.

Respiro hondo, despacio. Una sonrisa surge, leve, casi imperceptible.

—No tienen chance —murmuro para mí mismo—. Ella ya es mía.

El coche sigue silencioso, pero mi mente acelera, analizando cada posible movimiento de los enemigos. Marco, eficiente como siempre, tendrá todo bajo control. Cada espía, cada recurso, cada carta de Ivanov ya está contabilizada.

Natalia. Ella no es solo la pieza que coloqué en el tablero. Ella es la pieza que controla el juego ahora. Y nadie, ni Ivanov, ni aliados, van a quitármela.

Sonrío de nuevo, más amplio esta vez. Frío. Calculado.

—Que vengan —digo bajito—. Yo los espero.

El coche continúa rodando por la carretera, pero la sensación de poder me envuelve. El mundo entero puede intentar enfrentarme. Pero la única cosa que importa ahora… es ella.

Llego a la discoteca antes del horario combinado. El lugar está casi vacío, algunas luces bajas aún encendidas. El sonido de la música es solo un telón de fondo ahora.

Marco me espera junto a la barra, cuerpo relajado, pero ojos atentos. Así que me ve, levanta una ceja y suelta, sin rodeos:

—Don… mi madre te está buscando.

Arqueo una ceja, pero no demuestro sorpresa. Ya esperaba por eso.

—¿Ah, sí? —pregunto, acercándome—. ¿Y cuál es el consejo de mi amigo de confianza hoy?

Él suelta una risa corta, conocedora.

—Prepárate. Mi madre va a aparecer. Y sabes exactamente lo que eso significa.

Tía Isa. La madre de Marco. La mujer que, de cierta forma, es como una segunda madre para mí también. Inteligente, implacable, siempre algunos pasos por delante de todos. Cuando ella decide probar a alguien, no hay cómo escapar.

—Sé exactamente lo que me espera —respondo, ajustando el paletó—. No te preocupes.

Marco me observa por un instante, con aquella mirada que mezcla respeto y diversión.

—Solo no la subestimes —advierte—. Ella va a querer evaluar cada detalle tuyo, cada decisión.

Asiento, con la comisura de la boca casi curvada.

—Ella siempre prueba a los mejores —murmuro—. Y yo no soy diferente.

El ruido de la discoteca desaparece por un instante en mi mente. Estoy listo. Siempre estoy. Pero aun así, pensar en Tía Isa entrando en aquel lugar, observándome, midiendo cada gesto… hace que mi sangre acelere.

No por miedo.

Seguimos hacia el sótano de la discoteca.

El ruido de la música se hace distante a medida que bajamos las escaleras estrechas. Aquí abajo, el aire es pesado, denso. Es donde los errores vienen a parar. Donde las mentiras no sobreviven por mucho tiempo.

Marco camina a mi lado en silencio. Él sabe. Todos saben.

—Tengo algunas ratas para eliminar —digo, sin emoción.

El sótano está iluminado solo lo suficiente para ver los rostros. Dos hombres aguardan. Nerviosos. Ojos bajos. El tipo que olvida rápido quién manda cuando cree que no está siendo observado.

Cruzo los brazos y me coloco frente a ellos.

—La traición es una cosa curiosa —comienzo, la voz calma—. Siempre cree que va a pasar desapercibida.

Ninguno de ellos responde.

Doy un paso adelante.

—Aquí abajo, no existe grito, ni acuerdo —continúo—. Solo consecuencias.

Marco se posiciona detrás de mí. Él no interfiere. Nunca interfiere.

Observo cada rostro, cada temblor, cada intento inútil de negar lo obvio. No siento placer en eso. Nunca sentí. Esto no es venganza, es mantenimiento.

—Lleven a ellos de aquí —ordeno por fin.

Mientras los hombres son retirados, subo nuevamente las escaleras, ya con la mente en otro lugar.

Natalia. Tía Isa. Ivanov moviéndose.

El juego está lejos de acabar.

Y yo no puedo permitir

que ninguna rata

roa el tablero.

Por respeto.

No sé a qué horas salí de la discoteca.

Solo recuerdo el peso en el cuerpo, como si cada músculo hubiera sido jalado hasta el límite. La cabeza late, una molestia constante detrás de los ojos, de aquellas que ni el whisky consigue callar.

Entro en el coche y digo apenas:

—A casa.

El conductor no pregunta nada. El camino pasa rápido de más o lento de más, no sé decir. Apoyo la cabeza en el asiento y cierro los ojos por algunos segundos, respirando hondo.

Hoy fue largo. Demasiado.

Pido a Dios. Pido al diablo. Pido a cualquier cosa que esté oyendo para que no encuentre a Tía Isa esta noche. No ahora. No con la mente así, cansada, llena de más.

Ella sabría. Siempre sabe.

Cuando llego a casa, el silencio me envuelve. La puerta se cierra detrás de mí y, por un instante, me quedo parado en la oscuridad, sintiendo el peso de todo caer de una vez.

Natalia. Ivanov. La guerra que se anuncia. Y la mirada de ella, aún quemando en mi memoria.

Subo las escaleras despacio. Necesito dormir. Necesito desconectar. Mañana voy a pensar con claridad. Mañana vuelvo a ser apenas el Don.

Pero, mientras camino por el corredor vacío, una certeza me acompaña como una sombra:

descansar no significa paz.

Significa apenas

ganar algunas horas

antes del próximo movimiento.

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