Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 20
Desde aquella noche, desde aquel beso fugaz sobre un chichón que debió haber sido insignificante, algo se transformó dentro de Enzo. Jamás habría imaginado que un contacto tan simple —sin deseo, sin intención alguna— pudiera dejar una huella tan honda. Cada vez que Azalea pasaba frente a él, el corazón le latía un poco más rápido. Cada vez que ella les sonreía a los niños con dulzura, el pecho se le llenaba de un calor desconocido.
Un beso relámpago que no duró ni un segundo, y que sin embargo parecía haber abierto una puerta que él mantenía clausurada desde que Jazmín se fue.
Esto no debería estar pasando, se advertía Enzo a sí mismo con frecuencia. Es solo costumbre. Solo comodidad. Pero su cuerpo siempre fue más honesto que su mente.
Del otro lado, Azalea no estaba mejor. Percibía el cambio. El corazón que le brincaba cuando Enzo se acercaba demasiado. El nerviosismo repentino cuando sus manos se rozaban por accidente. El calor que se le extendía por el pecho cada vez que Enzo la miraba más tiempo del habitual. Sin embargo, Azalea eligió callar. Lo tapó todo con una sonrisa apacible y una actitud normal.
Azalea tenía miedo. Miedo de que aquel sentimiento solo creciera de un lado. Miedo de volver a ilusionarse y volver a caer. Miedo de lastimarse con una emoción que tal vez no tuviera dónde aterrizar.
Ubícate, Azalea, se reprochó. ¿Quién eres tú? No hay ninguna garantía de que él sienta lo mismo.
El domingo por la mañana, la casa rebosaba de las voces alegres de los niños. En día de descanso, podían jugar a sus anchas.
—¡Papi! —Erza corrió hacia Enzo, que leía mensajes en su celular—. ¿Podemos ir a la sala de arcades con Mami? ¿Elora y yo?
Elora se paró junto a su hermano, abrazando su muñequita. —Quielo il al caballito, Papi.
Enzo sonrió. En el fondo quería acompañarlos. Quería sentir esa cercanía. Reírse juntos, ver a sus hijos jugar, ver a Azalea disfrutar sin presiones.
Pero el teléfono volvió a vibrar. El nombre de un socio apareció en la pantalla. Tenían una partida de golf, un compromiso pactado desde hacía días.
Enzo soltó un suspiro breve. —Papi no puede ir hoy. Ya le prometí a unos amigos.
El rostro de Elora se apagó un poco, pero Azalea se acercó enseguida. —No pasa nada —dijo con dulzura—. Mami y Erza cuidamos a Elora.
Enzo miró a Azalea un momento. Había culpa en esa mirada. —Perdón —murmuró.
Azalea sonrió. —Volvemos antes de que oscurezca.
Enzo asintió. —Cuídense.
La sala de arcades hervía de sonidos de máquinas y risas infantiles. Erza volaba de un aparato a otro con los ojos encendidos. Elora iba de la mano de Azalea, dando saltitos de emoción.
—¡Mami, Elola quiele eze! —señaló la niña hacia una máquina de colores brillantes.
Azalea rio. —Una a la vez, ¿sí?
Jugaron por turnos. Erza ayudaba a Elora a meter las fichas; Elora estallaba en carcajadas cada vez que las luces parpadeaban. Por un rato, el mundo se sintió liviano.
—Mami, voy al baño un momento —dijo Azalea después de un rato—. Erza, cuida a tu hermanita, ¿sí?
Erza se cuadró. —Entendido.
Azalea se alejó, dejando a los dos niños junto a la máquina de carreras.
Pero el ambiente cambió de golpe. Un niño de unos cinco años se acercó. Cara pícara, sonrisa burlona.
—Oye, mira tus cachetes, parecen de muñeca —dijo el niño de pronto, y le pellizcó la mejilla a Elora con fuerza.
—¡Ay, duele! —Elora chilló; las lágrimas le saltaron al instante.
Erza, que jugaba en la máquina de al lado, giró la cabeza al oír a su hermana. Se quedó paralizado un segundo y luego le explotó la rabia.
—¡No toques a mi hermana! —gritó Erza.
El niño, que se llamaba Félix, se rio con desdén. —¡Bah, llorona!
Erza caminó rápido hacia Félix, furioso.
—¿Y qué? ¿Tu hermanita va a llorar? —provocó Félix, sacándole la lengua.
Erza empujó a Félix con fuerza. Félix devolvió el empujón. En cuestión de segundos, los dos rodaron por el piso, a golpes y tirones de ropa.
Erza llevaba ventaja. Le pegó a Félix en la cabeza una y otra vez. Estaba fuera de sí.
—¡BASTA!
El grito coincidió con el regreso de Azalea. Se quedó helada al ver la escena.
—¡Erza! —exclamó Azalea, alarmada, y se precipitó hacia ellos. Cargó a Elora, que lloraba desconsolada, y con la otra mano sujetó a Erza, que todavía intentaba atacar.
—¡Suficiente! ¡Suéltalo! —ordenó Azalea con firmeza.
Varios padres se aproximaron. Un empleado del local también se acercó.
La madre de Félix llegó con cara de enojo. —¡¿Qué te pasa?! ¡Le pegas a mi hijo así como así! —le recriminó a Erza.
Erza jadeaba, con los ojos enrojecidos. —¡Él le pellizcó la mejilla a mi hermana hasta hacerla llorar! ¡Y se burló de nosotros!
Azalea se irguió, aunque el pulso todavía le retumbaba. Miró a la madre de Félix con calma.
—Su hijo le pellizcó la mejilla a mi hija hasta hacerla llorar —expuso Azalea con claridad, sin levantar la voz—. Mi hijo solo estaba defendiendo a su hermana.
La madre de Félix guardó silencio un instante y luego volteó a ver a su hijo. Félix agachó la cabeza, asustado.
La tensión amainó, aunque no se disipó del todo. Los curiosos fueron dispersándose poco a poco.
Azalea se agachó y le acarició el pelo a Erza. —Hiciste bien en proteger a tu hermana —le dijo con ternura—. Pero la próxima vez, primero avisa a un adulto. No uses las manos para lastimar a nadie.
Erza bajó la cabeza; se le cayeron las lágrimas. —Solo no quería que le hicieran daño a Elora.
Azalea lo abrazó fuerte. —Lo sé.
Elora hipaba en brazos de Azalea. Todavía temblaba.
En ese mismo momento, lejos de allí, en el campo de golf, Enzo sintió una inquietud inexplicable, como si algo anduviera mal. Miró el teléfono sin motivo aparente.
¿Por qué estoy tan nervioso?, se preguntó.
No sabía que, justo entonces, su hijo se había erguido como un protector. Que su esposa acababa de apaciguar la tormenta con firmeza y con ternura.
Aquel día, sin que Enzo se percatara, Azalea y sus hijos le enseñaron un valor que jamás aprendió en salas de juntas ni en mesas de negocios. Que la valentía no siempre consiste en pelear, y que el amor no siempre consiste en poseer, sino en proteger de la manera correcta.
Esa noche, la casa volvió a llenarse de luz tibia.
La lámpara del comedor alumbraba con suavidad; el aroma de la cocina de Azalea flotaba desde la estufa. Enzo acababa de cambiarse de ropa y se asomó a la sala. Encontró a Elora sentada en el sofá, las piernitas colgando, el rostro encendido de entusiasmo, como si guardara una historia enorme que se moría por contar.
En cuanto vio a Enzo, Elora se puso de pie de un brinco. —¡Papi! —exclamó a todo pulmón.
Enzo sonrió. —A ver, ¿por qué gritas así?
Elora se subió al sofá y adoptó una pose dramática. Las manos le iban de aquí para allá, los ojos se le pusieron enormes.
—¡Hoy en la sala de alcades había un niño malo! —relató Elora con aspavientos—. ¡Me pelliscó la mejilla y yo llolé, buaaa, buaaa, así!
Las cejas de Enzo se juntaron. Se arrodilló para quedar a la altura de su hija. —¿Te dolió?
Elora asintió con energía. —¡Me dolió, pol ezo Elza se enojó!
Erza, sentado a la mesa, agachó la mirada, algo cohibido.
—¡Elza le dijo "no toques a mi helmana"! —siguió Elora, imitando la postura de su hermano—. ¡Y luego se pealelon! —Hizo ademán de lanzar puñetazos con las dos manos.
Enzo se volvió hacia Erza.
—¿Erza? —Su voz era llana, pero la mirada, penetrante.
Erza se agarró el borde de la camiseta. —Solo... no quería que lastimaran a Elora, Papi.
Un breve silencio. Padre e hijo se sostuvieron la mirada.