Bajo una identidad falsa, Dante se infiltra en la mansión de su mayor enemigo como el nuevo y frío guardaespaldas de su hija, Dana Smith. Dana, una hermosa mujer de veintisiete años, no sabe nada del oscuro pasado de su padre ni del monstruo que financia sus lujos. Ella solo sabe que su nuevo protector es un hombre misterioso, imponente y peligrosamente atractivo que parece odiarla sin razón.
El plan de Dante es perfecto: ganarse su confianza, descubrir los secretos del negocio y destruir a los Smith desde adentro. Pero un Alfa no puede luchar contra el destino, y cuando el instinto salvaje le revele que la hija de su enemigo es, en realidad, su Luna destinada, Dante tendrá que elegir entre la sangrienta venganza o el lazo prohibido que amenaza con consumirlo.
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Capítulo 15
El *Eclipse* le hacía honor a su nombre. Ubicado en el piso más alto de un rascacielos de la zona financiera, el club privado era un santuario de luces de neón violeta, sombras densas y una acústica impecable que hacía vibrar el suelo de cristal. El acceso estaba restringido exclusivamente a la élite de la ciudad, un filtro que a Arthur Smith le daba tranquilidad, pero que para Alex Mendoza no era más que un corral de ovejas adineradas listas para ser observadas.
En cuanto el grupo cruzó el control de seguridad, Johana y Rosa se adelantaron hacia la mesa VIP reservada en un nivel elevado que dominaba la pista de baile. El aire estaba saturado de hormonas, alcohol caro y fragancias sintéticas, un cóctel que aturdía los sentidos agudizados de cualquier Lycan.
Alex avanzó un paso por delante de Dana, usando su colosal anatomía para abrirle paso entre la multitud sin permitir que nadie se acercara a menos de un metro de ella. Su aroma salvaje, cargado de la dominancia de un Alfa Supremo, se expandió sutilmente por el área, provocando que un par de betas que merodeaban la zona se apartaran instintivamente con la cabeza gacha, intimidados por una fuerza que no lograban comprender.
—Tu zona está limpia, señorita Smith —anunció Alex, deteniéndose junto al borde del palco VIP después de escanear minuciosamente las salidas de emergencia y los puntos ciegos de las luces estroboscópicas.
Dana se acomodó en el sofá de cuero blanco, mirándolo hacia arriba con una mezcla de fascinación y molestia por su excesivo celo profesional.
—Relájate un poco, Mendoza. Estás a punto de provocarle un infarto al camarero con esa mirada —le dijo ella, señalando con la barbilla al joven que se acercaba tembloroso a dejar una botella de champán en la mesa—. Siéntate. Nadie va a dispararme en medio de una pista de baile electrónica.
—El peligro no siempre viene de frente, ya se lo dije —replicó Alex con su voz profunda, manteniéndose firme como una estatua de ébano junto a la barandilla—. Mi deber es estar de pie. Disfrute con sus amigas.
Rosa no tardó en arrastrar a Dana hacia el centro del palco, donde el ritmo de la música comenzó a envolverlas. Dana se movía con una gracia natural, sensual y fluida que acaparó de inmediato las miradas de varias mesas colindantes. Sin embargo, cada vez que un hombre intentaba enfocar la vista en la silueta de la joven Smith, se topaba con la imponente figura de Alex Mendoza, cuyos ojos grises filtraban una promesa de muerte tan explícita que los pretendientes optaban por mirar hacia otro lado.
El lazo de apareamiento comenzó a jugarle sucio al Alfa de la mafia. Ver a Dana reír, con el sudor brillando levemente en su cuello bajo los destellos violetas de las luces, hacía que su lobo rabiara en su interior. La quería cerca. Quería apartarla de la música, de las miradas, de ese maldito apellido Smith que cargaba.
A la mitad de la noche, mientras Johana y Rosa bajaban a la pista principal perdiéndose entre la multitud, Dana se acercó a la barandilla para tomar un respiro, quedando a escasos centímetros de Alex. El calor de sus cuerpos se mezcló en el aire fresco que entraba por los extractores del techo.
—¿Ni siquiera un trago, Mendoza? —preguntó Dana, ofreciéndole una copa que había tomado de la mesa, con los ojos brillando por el efecto del alcohol—. Mi padre te paga una fortuna, pero dudo que te prohíba brindar con tu cliente.
Alex bajó la mirada hacia ella. La proximidad era peligrosa; el aroma a jazmín de Dana estaba alterado, más dulce y magnético debido a la actividad. El Alfa de la mafia estiró la mano, pero en lugar de tomar la copa, sus dedos rozaron sutilmente la muñeca de ella, lo suficiente para hacerla temblar por la brutal descarga eléctrica que cruzó la piel de ambos.
—No bebo en servicio, señorita Smith —dijo Alex, con un barítono espeso, casi rasposo, que vibró directo en el oído de Dana—. Y le sugiero que baje el ritmo. Su pulso está demasiado acelerado.
Dana contuvo el aliento, incapaz de apartar la mirada de esos ojos grises que parecían desnudas sus intenciones.
—Mi pulso está perfecto —mintió ella en un hilo de voz, aunque su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas—. El tuyo es el que parece congelado.
Antes de que Alex pudiera responder a la provocación de su Luna destinada, una presencia molesta alteró el flujo del aire en el palco. Un aroma rancio a tabaco y whisky de alta gama, el mismo que Dana había descrito con repulsión horas antes, invadió el espacio.
Un hombre de unos treinta años, vestido con un traje de diseñador desaliñado y una sonrisa prepotente, entró al área VIP seguido por dos guardaespaldas de menor nivel.
—Vaya, vaya... Miren a quién me encuentro en mi club favorito —exclamó el recién llegado, extendiendo los brazos con arrogancia—. Dana, mi amor. Tu padre me dijo que estarías cenando, pero veo que preferiste venir a buscarme.
Dana se tensó por completo, y la calidez del momento con Alex se evaporó instantáneamente. Sus ojos reflejaron un fastidio profundo mientras daba un paso atrás.
—Ricardo —pronunció ella con un tono cortante que destilaba un desprecio absoluto—. Qué desagradable sorpresa.