Alessio De Luca compró un esposo omega para que fuera un adorno en su vida de capo, pero esa noche Renato Vieri murió de miedo. En su cuerpo despertó Dante, un alfa estratega que perdió su vida en otro mundo.
Ahora, fingiendo sumisión, Renato usará a Alessio para escalar hasta la cima del hampa. Su plan: ser la mano en la sombra que guíe cada movimiento de su alfa. Pero su verdadera naturaleza empieza a filtrarse en su aroma, lo que debería oler solo a algodón y flor de cerezo comienza a liberar pimienta rosa, un picante que Alessio no puede ignorar.
Entre la atracción de sus feromonas y la admiración por esa mente criminal, el alfa se verá obligado a replantearse todo lo que creía sobre los omegas, el poder y la lealtad. Juntos formarán una alianza letal. Pero cuando la máscara caiga y Alessio descubra que su esposo no es quien dice ser, ¿serán dueños de la ciudad o enemigos mortales?
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Capítulo 20: La máscara rota
Renato llevaba dos días sin salir de su habitación.
No por miedo, por rabia. Una rabia fría que le hervía en el pecho y no encontraba salida. Sabía que el chantaje a Rinaldi había funcionado, Rocco se lo había confirmado al pasar: "El viejo está acorralado, entregará a los Calabresi en cuestión de horas."Una victoria limpia, sin violencia, sin rastro.
Mi idea, pensó Renato, y él ni siquiera ha tenido el valor de decírmelo.
Alessio no había ido a verlo, no le había dado las gracias, no le había reconocido el mérito. Se había limitado a seguir con su vida, como si el golpe maestro hubiera sido suyo.
Ese orgullo de mierda, pensó, ese puto orgullo de alfa que no le deja ver que sin mí estaría jodido.
Se levantó de la cama, se miró al espejo. Sus ojos avellana estaban enrojecidos, pero su mandíbula, firme.
El hambre lo empujó al comedor. Bajó la escalera con pasos lentos, la cabeza gacha, los hombros encogidos, no quería ver a nadie, solo comer y volver a encerrarse. Pero al cruzar el umbral del comedor, se detuvo.
Alessio estaba allí.
Sentado a la cabecera de la mesa, con una taza de café humeante entre las manos. Su aroma —ébano y pimienta negra— llenaba la habitación.
Alessio nunca estaba allí a esa hora.
Renato lo miró un segundo, suspiró, dio media vuelta y se fue. No tenía fuerzas, no tenía paciencia, no iba a soportar sus miradas, sus silencios, su presencia aplastante. Hoy no.
Sintió la mirada de Alessio en la nuca mientras se alejaba. No se volvió. Subió la escalera, cerró la puerta de su habitación, se sentó en el borde de la cama y esperó. Porque supo, con la certeza del que conoce a su enemigo, que Alessio no iba a dejar pasar esa afrenta.
La puerta se abrió de golpe.
Alessio entró como una tormenta. Sus ojos negros ardían, su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse, el aroma de su furia lo precedía, denso, asfixiante.
—¿Crees que puedes hacer lo que se te venga en gana? —espetó—. ¿Qué actitud de mierda fue esa que tuviste en el comedor?
Renato levantó la cabeza, lo miró; no había miedo en sus ojos, solo hartazgo. Se levantó de la cama, despacio, se paró frente a Alessio.
—Actitud de mierda —dijo, con una voz baja que cortaba— es la que he tenido que soportar desde que llegué a este lugar.
Alessio dio un paso hacia él, la ira le vibraba en cada músculo.
—Cuida cómo me hablas. ¿Quién te crees que eres?
—Soy Renato Vieri, el mismo que te salvó el culo en la emboscada, el que te dio la solución para el proveedor, el que te dio la llave para acabar con los Calabresi.
Cada palabra era un latigazo, Alessio abrió la boca para interrumpir, pero Renato no lo dejó.
—Si no fuera por mí, hoy no estarías aquí y en vez de agradecer, vienes con esa arrogancia a intentar someterme.
—¡Basta!
—No, no voy a callarme, llevo semanas aguantando tus humillaciones, tus interrogatorios, tus putas pruebas. ¿Crees que soy idiota? ¿Crees que no me doy cuenta de lo que haces?
La voz de Renato se había elevado, pero no era un grito, era una furia contenida que se filtraba por cada palabra, por cada pausa, por cada respiración entrecortada.
Y entonces, Alessio lo olió otra vez.
No el algodón, no la flor de cerezo, algo más, algo picante, algo que le ardía en la nariz y le aceleraba el pulso.
Pimienta rosa.
Sus ojos cambiaron, el alfa interior rugió, despertando con una furia primitiva. Sus pupilas se dilataron, un tono amarillento asomó en sus iris.
Nadie se atrevía a hablarle así. Nadie.
Su feromona salió densa, amenazante, una ola de poder que empujaba hacia abajo, exigiendo sumisión. El aire se volvió espeso, ardía en los pulmones, la habitación entera pareció encogerse.
Renato lo sintió.
Su cuerpo reaccionó: las rodillas flaquearon, la nuca se le tensó, un sudor frío le brotó en la espalda, quería arrodillarse, quería llorar, quería pedir perdón.
No.
La pimienta rosa se elevó, no cedió, no se retiró. Chocó contra la pimienta negra en una lucha invisible, eléctrica. Su respiración se aceleró, el sudor le empapó la frente, pero su mirada se mantuvo firme.
Alessio lo vio. Vio cómo el omega temblaba, cómo su cuerpo luchaba contra el instinto, cómo sus ojos ardían con una mezcla de furia y desafío. Y algo se quebró dentro de él.
No era rabia, no era deseo. Era fascinación. No se rinde, pensó, maldita sea, no se rinde.
—¿Ya terminaste? —preguntó Renato al fin, su voz era un hilo ronco, pero no se quebró.
Alessio no respondió, no podía.
—Porque si ya terminaste —continuó Renato—, quiero que sepas una cosa. No me voy a disculpar, no voy a pedir perdón, no voy a bajar la cabeza. Haz lo que quieras, castígame, enciérrame, véndeme, no me importa.
Dio un paso atrás. No fue una retirada, fue un cierre.
—Pero no me pidas que vuelva a callarme, porque no voy a hacerlo.
Se sentó en el borde de la cama, bajó la cabeza. La batalla había terminado.
Alessio se quedó allí, de pie, con el corazón golpeándole las costillas y el aroma de pimienta rosa aún flotando en el aire. Su alfa interior seguía rugiendo, exigiendo venganza, pero otra parte de él, una parte que no quería reconocer, estaba fascinada.
Me ha plantado cara, me ha llamado arrogante, me ha dicho que estoy aquí gracias a él. Y no ha bajado la cabeza, no ha pedido perdón.
Salió de la habitación, cerró la puerta. Se quedó en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared, la cabeza ardiendo.
Renato se quedó solo. El temblor lo sacudió, las manos le temblaban, los dientes le castañeteaban, pero no era miedo.
He ganado, pensó, esta batalla, la he ganado. Ahora veremos qué hace él.
Cerró los ojos. La imagen de Alessio, con los ojos amarillos y la mandíbula tensa, se grabó en su mente.
Me ha visto, me ha olido y no ha podido hacerme callar.
Se deslizó hasta el suelo, abrazó sus rodillas. Esa noche, por primera vez en días, durmió.
Gracias por el cap🫶🫂
Ale cada día me gusta más, está aprendiendo a coexistir con todo lo que es y significa Ren. Todavía falta pero va por buen camino🤓🤓🤓