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TADMOR: La Historia De Una Asesina

TADMOR: La Historia De Una Asesina

Status: Terminada
Genre:CEO / Venganza / Completas
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Thais Perdida

En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.

Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.

Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.

Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.

Espera que vengan por ella.

NovelToon tiene autorización de Thais Perdida para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XXI. MUTARLO.

Apocalipsis salió lentamente de entre los escombros.

El polvo caía de sus hombros mientras avanzaba un solo paso hacia el interior de la mansión destruida. Sus ojos se fijaron en Ares… luego en Danielle… y finalmente en Athas.

El niño lo miraba con una furia que no correspondía a su edad y entonces alzó la mano.

El sofá del salón se levantó violentamente en el aire. Al mismo tiempo, un enorme pedazo de pared arrancado del derrumbe se desprendió con un crujido brutal.

Athas gritó con rabia.

—¡¡¡ALÉJATE DE MI TÍO!!!

Con un gesto furioso lanzó todo hacia Apocalipsis. El sofá salió disparado primero. Luego el bloque de piedra. Después los restos del techo. Apocalipsis se movió con precisión sobrehumana.

Esquivó algunos. Pero otros lo golpearon de lleno.

Los impactos lo empujaron varios metros hacia atrás mientras el polvo explotaba alrededor. Athas respiraba agitado. Sus manos temblaban… pero seguían levantándose más objetos del suelo.

El enojo del niño lo estaba volviendo más poderoso. Pero Apocalipsis … tenía algo que Athas no. Control.

Las piedras que el niño había lanzado comenzaron a detenerse en el aire. Luego giraron lentamente, Apocalipsis levantó la mano. Ahora él controlaba todo lo que flotaba.

Las piezas de concreto y muebles rotos se alinearon frente a él. Athas abrió los ojos sorprendido.

Némesis estaba a punto de devolver el ataque. Pero entonces. Un helicóptero negro de Asziel apareció a baja altura atravesando el humo.

Los cañones giraron y comenzaron a disparar, ráfagas continuas de balas. Las balas golpeaban a Némesis una tras otra. No lo herían, pero lo obligaban a cubrirse y retroceder.

Las piedras que controlaba cayeron al suelo. Eso era lo único que necesitaban. Tiempo.

En medio del caos… una brisa cruzó el salón. Danielle fue la primera en sentirla. Cuando giró Athenas estaba allí. Había aparecido de la nada.

Respiraba agitada. Sus ojos brillaban.

—¡Rápido! —dijo con urgencia— ¡Abrácense a mí!

Ares apenas dudó. Siguió presionando la herida de Asziel mientras lo sostenía. Zoltan sujetó a su hijo también. Danielle tomó a Athas. Todos rodearon a la pequeña.

Athenas extendió la mano y tocó el pecho ensangrentado de Asziel.

Cerró los ojos. En su mente pensó solo en un lugar. El subterráneo. Las computadoras. La sala de control. Y entonces… Todos desaparecieron.

Un segundo estaban en el salón destruido. Al siguiente ya no estaban allí. En la superficie… El helicóptero seguía disparando. Apocalipsis apartó las balas con telequinesis y miró alrededor.

El salón estaba vacío. Su mirada se volvió fría. Entonces caminó hacia un soldado y tomó el intercomunicador militar.

La voz de Apocalipsis resonó por todas las radios del ejército.

—Confirmado.

Hizo una breve pausa. Sus ojos se alzaron hacia el helicóptero.

—Athenas puede teletransportarse.

En el subterráneo… Ares apareció de golpe junto al resto.

Las luces blancas del laboratorio iluminaron la escena.

Conrad y Andrea se levantaron sobresaltados.

—¿Qué demonios...?

Pero se detuvieron al ver la sangre. Ares sostenía a Asziel. El cuchillo seguía clavado en su pecho. La sangre caía al suelo y el joven capo apenas respiraba.

El subterráneo vibraba.

Arriba, los bombardeos seguían cayendo sobre la mansión. El sonido sordo de las explosiones hacía temblar las luces del laboratorio.

Ares y Conrad colocaron a Asziel sobre la mesa metálica. La sangre caía sin parar. Demasiada.

Zoltan se acercó desesperado, sosteniendo la mano de su hijo.

—¡Asziel! ¡Mírame! ¡No te atrevas a morirte, hijo!

Su voz ya no tenía nada del hombre fuerte que siempre había sido. Era solo un padre suplicando.

Sounya, de rodillas, murmuraba oraciones en romaní entre lágrimas.

—Devlesa… devlesa… protégelo…

Conrad presionaba la herida.

—¡Se está desangrando! ¡Tenemos que hacer algo!

—¡ESO ESTOY INTENTANDO! —rugió Ares.

Pero la sangre seguía saliendo. Demasiada. Entonces ambos se quedaron inmóviles.

Se miraron. La misma idea. Al mismo tiempo. Conrad habló primero.

—No…

Ares ya estaba girando hacia el laboratorio.

—No tenemos otra opción.

Corrió hacia una pequeña mesa metálica donde descansaba una jeringa sellada con un líquido rojo oscuro. Conrad lo alcanzó de un tirón.

—¡Ares! —lo agarró del brazo—. Eso no está listo.

—Lo sé.

—¡Puede matarlo!

Ares lo miró con una calma brutal.

—Se está muriendo ahora. —una pausa—. O se muere desangrado… o se muere por esto.

El silencio cayó en el laboratorio. Conrad cerró los ojos un segundo. Luego soltó su brazo.

—…Maldita sea.

Ambos corrieron de nuevo hacia la mesa. Danielle observaba con el corazón acelerado.

—¿Qué es eso, Ares?

Ares no se detuvo.

—Voy a intentar salvarlo.

Tomó el brazo de Asziel. Le colocó rápidamente un torniquete, la vena se marcó bajo la piel. Ares preparó la jeringa. El líquido dentro era espeso.

Casi demasiado oscuro para ser sangre. Se inclinó cerca del rostro pálido de Asziel.

—Lo siento por esto.

El joven capo lo miró apenas.

A pesar del dolor… sonrió débilmente y asintió. Ares clavó la aguja. El líquido entró lentamente en su vena.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Entonces ocurrió. Las venas de Asziel se oscurecieron de inmediato. Como tinta negra extendiéndose bajo la piel. Subieron por su brazo. Hacia su cuello. Hacia su pecho.

Conrad dio un paso atrás.

—Dios…

El cuerpo de Asziel se tensó de golpe sobre la mesa. Sus ojos se abrieron completamente. Su espalda se arqueó. Un grito desgarrador llenó el subterráneo.

El cuerpo de Asziel se arqueó violentamente sobre la mesa. Las venas negras seguían extendiéndose bajo su piel como raíces oscuras.

—¡Sujétenlo! —gritó Conrad.

Ares y Conrad lo inmovilizaron mientras el capo convulsionaba con fuerza.

—¡Mierda… mierda…!

Asziel apretaba los dientes. Su respiración era irregular.

—¡Ares…! —logró decir entre jadeos—. ¡Me quema…!

Su mano buscó la herida del pecho.

—¡Me arde…!

El dolor era brutal. Como si su sangre estuviera hirviendo. Sounya lloraba. Zoltan apretaba los puños, impotente.

—¡Resiste, hijo!

Entonces el cuerpo de Asziel dejó de moverse. Silencio. Su cabeza cayó hacia un lado.

—¡ASZIEL! —gritó Zoltan.

Ares rápidamente buscó su pulso.

Un segundo.

Dos.

Luego exhaló.

—Está vivo.

Un latido débil. Pero estaba ahí. Zoltan cerró los ojos aliviado.

Pero la calma duró apenas un instante. Un sonido metálico terrible resonó en el subterráneo. Todos giraron hacia la puerta blindada, el acero de varias toneladas comenzó a doblarse hacia adentro.

Como si alguien estuviera aplastándolo con una fuerza invisible. Las bisagras explotaron. La puerta entera se arrancó del marco. Salió disparada hacia atrás estrellándose contra la pared.

Un viento frío recorrió la sala. Y entonces lo vieron.

Apocalipsis.

Entró caminando lentamente entre el humo. Sus ojos azules brillaban con una luz antinatural. Su expresión era completamente vacía.

No había emoción.

No había humanidad.

Solo un depredador.

Apocalipsis observó el laboratorio.

Ares.

Danielle.

Conrad.

Zoltan.

Sounya.

Athas.

Y finalmente… La mesa. Donde estaba Asziel inconsciente.

Ares avanzó un paso.

—No des otro.

Pero Apocalipsis ni siquiera respondió. Simplemente levantó una mano y todo explotó. Una fuerza invisible los golpeó.

Ares, Danielle, Athas, Conrad, Zoltan y Sounya fueron lanzados contra las paredes. Sus cuerpos quedaron pegados allí.

Inmovilizados.

Una presión brutal los mantenía atrapados. Como si el aire mismo los estuviera aplastando.

Danielle luchó.

—¡Maldito…!

Pero no podía moverse.

Conrad tampoco.

—¡No… puedo…!

Zoltan gritó intentando liberarse. Nada funcionaba. Solo dos personas no fueron afectadas.

Athenas y Asziel.

Apocalipsis avanzó un paso más dentro del laboratorio. Sus ojos se posaron en la niña. La miró largo rato.

Finalmente habló. Su voz era grave.

Fría.

—Athenas.

La niña lo observó en silencio. Sus ojos también brillaban ligeramente. Entonces Apocalipsis señaló con la cabeza hacia la mesa.

—Muere. —una pausa—. Pero puede sobrevivir.

Miró de nuevo a la niña.

—Si vienes conmigo.

El laboratorio quedó en silencio absoluto. Ares gritó desde la pared.

—¡NO LO HAGAS!

Pero Apocalipsis ni siquiera lo miró. Solo seguía observando a Athenas...

Esperando.

El cuello de Asziel comenzó a torcerse lentamente en la mesa. No había manos. No había contacto.

Solo la fuerza invisible de Apocalipsis apretando. Los huesos empezaron a crujir.

—¡ATHENAS NO! —gritó Danielle desde la pared, atrapada.

Pero la niña dio un paso adelante. Sus ojos comenzaron a brillar más intensamente. Un azul casi blanco. Ares luchaba contra la presión que lo mantenía inmóvil.

—¡ATHENAS!

La niña siguió avanzando. Tranquila. Silenciosa. Apocalipsis sonrió apenas.

—Sabia decisión.

Pero entonces Athenas habló. Su voz era pequeña.

Pero firme.

—Yo sé que todavía hay una parte de ti… que recuerda quién eres realmente.

El rostro de Apocalipsis cambió. Su expresión se volvió fría.

—Cállate.

Su mano se alzó más. El cuello de Asziel se dobló un poco más. Un crujido seco resonó. Sounya gritó.

—¡NO!

Pero Athenas levantó sus propias manos. Sus ojos brillaron aún más fuerte.

—Yo no dije nada.

Apocalipsis frunció el ceño.

—¿Qué…?

Athenas lo miró fijamente.

—Porque todo esto… está pasando en tu mente.

Entonces el mundo se apagó. Para Apocalipsis todo se volvió negro absoluto. Silencio. Oscuridad infinita.

...----------------...

Apocalipsis se quedó quieto. Sus ojos recorrieron el vacío. Entendió de inmediato.

—Entraste.

La voz de Athenas resonó en la oscuridad.

—Sí.

Apocalipsis giró lentamente la cabeza.

—Sal de mi mente. —pero no había nadie—. ¡ATHENAS!

Silencio.Entonces una pequeña figura apareció a lo lejos.

Una niña.

Cabello oscuro.

Vestido claro.

Athenas.

—Hola, Luciam.

El nombre resonó como un eco. Apocalipsis apretó la mandíbula.

—Ese nombre… no existe.

La niña inclinó la cabeza. Entonces su cuerpo cambió. Creció. Su figura se transformó.

Cabello largo.

Ojos intensos.

La mujer adulta que él había visto en aquel sueño imposible junto al mar. La misma sonrisa. El mismo rostro.

Luciam dio un paso hacia ella. Confundido.

—Tú…

La figura volvió a cambiar. De nuevo era la niña. Athenas sonrió.

—¿Te acuerdas?

El rostro de Apocalipsis se endureció.

—Sal. De. Mi. Mente.

La niña negó suavemente. Sus ojos ahora brillaban como dos estrellas.

—No.

Abrió lentamente su mano. Una pequeña luz apareció en su palma.

—Es hora de que recuerdes.

Apocalipsis dio un paso atrás.

—No. —la luz se volvió más intensa—. Un poco.

La niña abrió la mano completamente. La luz explotó.

Blanca.

Cegadora.

Luciam cerró los ojos por reflejo y entonces… Los recuerdos llegaron. Un campo cubierto de nieve. El frío de Ucrania. Un niño pequeño corriendo.

Riendo.

—¡Luciam!

La voz de un hombre. Un uniforme de policía. Un rostro.

Sergei Vale.

Su padre. Luciam pequeño levantando un juguete.

—¡Papá mira!

Risas. Un abrazo. La voz de una mujer.

—¡Luciam ven a cenar!

Lesya. Su madre. La casa. El calor. La familia. La luz. La vida.

Los recuerdos golpeaban su mente uno tras otro. Luciam se llevó las manos a la cabeza.

—¡NO!

Pero Athenas seguía allí. Observándolo. Sus ojos brillaban aún más intensamente.

—Tú no eres una máquina.

Otro recuerdo. Luciam de niño curándose rápido de una herida. Su madre preocupada. Su padre sorprendido. Otro recuerdo.

Hombres observándolo desde un auto.

Científicos.

Gerald.

Xavier.

La captura.

El laboratorio.

El dolor.

Las operaciones.

La mesa quirúrgica.

Los gritos.

Los borrados de memoria.

La creación de Apocalipsis.

Luciam cayó de rodillas en la oscuridad. Respirando agitado.

—No…

La voz de Athenas fue suave.

—Ese eres tú.

Luciam levantó lentamente la cabeza. Sus ojos azules brillaban violentamente.

—Cállate…

Pero su voz ya no era tan segura. Porque los recuerdos seguían regresando y por primera vez en mucho tiempo… Luciam Vale estaba despertando.

El mundo volvió de golpe.

La oscuridad de la mente desapareció.La sala del subterráneo reapareció con el sonido lejano de explosiones sobre la mansión y el metal retorcido de la puerta destruida.

Durante unos segundos nadie se movió. Athenas estaba frente a él. Sus pequeños ojos aún brillaban.

Pero ella ya estaba saliendo de su mente.

Mientras su conciencia se retiraba, en el silencio que quedaba dentro de la cabeza de Apocalipsis solo quedó un susurro.

La voz de la niña.

Suave.

Lejana.

—Despierta…

...----------------...

Entonces todo terminó. Apocalipsis abrió los ojos de golpe.

Estaba de rodillas en el suelo. Como si todo hubiera durado apenas un par de segundos. El laboratorio mental.

Los recuerdos.

La nieve.

Su padre.

Todo parecía un eco distante que su mente intentaba rechazar violentamente. Se levantó de inmediato.

Su expresión volvió a endurecerse. Sus ojos azules brillaron con más intensidad.

—Fue… una mala idea hacer eso.

Athenas no retrocedió.

Detrás de ella, todos seguían atrapados contra la pared por la presión invisible que Apocalipsis había creado.

Ares luchaba por moverse.

—ATHENAS…

Apocalipsis extendió la mano. Directamente hacia Asziel, que seguía inconsciente sobre la mesa.

La energía invisible salió disparada. Una onda brutal de telequinesis destinada a romperle el cuello definitivamente.

Pero antes de que llegara… Athenas levantó sus manos. Sus ojos brillaron con fuerza y la onda se detuvo en el aire. Como si hubiera chocado contra un muro invisible.

Un escudo mental. La presión vibró en el aire. El suelo comenzó a crujir. El poder de ambos chocando. Apocalipsis frunció el ceño.

La niña lo estaba bloqueando. Athenas respiraba agitada, pero no se movía. Sus pies firmes frente a él.

—No.

El poder invisible seguía empujando. Intentando atravesar la barrera. Pero la niña resistía. Sus manos temblaban.

Pero no cedía. Apocalipsis inclinó levemente la cabeza.

Observándola.

—Interesante…

La presión aumentó. Las luces del subterráneo comenzaron a parpadear. El escudo de Athenas vibró violentamente.

Ares gritó desde atrás.

—¡ATHENAS SUFICIENTE!

Pero la niña no lo miró. Seguía concentrada en él.

—No vas a tocarlo.

Por un segundo… Apocalipsis la observó en silencio y algo en su mirada cambió apenas. Una mínima grieta. Un eco de lo que había visto en su mente.

Pero lo aplastó enseguida. Sus ojos volvieron a brillar con violencia.

—Tú… eres el verdadero objetivo.

Entonces aumentó el poder. El escudo de Athenas se dobló un poco. El suelo bajo sus pies comenzó a romperse.

Pero ella no retrocedió y en ese momento… Detrás de ella. Sobre la mesa. El cuerpo de Asziel se movió.

El aire del subterráneo vibraba por el choque de poderes entre Athenas y Apocalipsis.

La niña temblaba, pero seguía sosteniendo el escudo mental. Detrás de ella, sobre la mesa metálica, el cuerpo de Asziel seguía inmóvil… cubierto de sangre.

O eso creían. De repente... Sus ojos se abrieron.

Negros.

Alertas.

Instintivos.

El joven capo respiró profundo una sola vez y su mirada recorrió la sala en una fracción de segundo.

Peligro.

Athenas.

Apocalipsis.

Todo lo entendió al instante. Sin decir una palabra, rodó fuera de la mesa. Sus pies tocaron el suelo con una fuerza brutal. El impacto quebró el piso de concreto bajo él como si fuera vidrio.

—¿Qué…? —murmuró Conrad.

Asziel se incorporó de un movimiento. Su camisa estaba empapada de sangre. La herida seguía ahí. Pero su cuerpo… ya no era el mismo.

Las venas negras que habían aparecido tras la inyección ahora recorrían su cuello y sus brazos como raíces oscuras.

Respiraba profundo.

Más fuerte.

Más pesado.

Sus ojos se clavaron en Apocalipsis. Y sin dudarlo arrancó una estructura metálica del laboratorio. Un soporte industrial de casi dos metros anclado al suelo.

El metal gritó al doblarse. Zoltan lo miró incrédulo.

—¿Qué demonios…?

Asziel giró el torso. La sangre aún cayendo por su pecho y lanzó la estructura. Con una fuerza monstruosa. El proyectil metálico cruzó el subterráneo como un misil.

Apocalipsis apenas alcanzó a reaccionar. El escudo de Athenas se rompió cuando la estructura lo impactó de lleno.

El golpe lo lanzó varios metros hacia atrás. La pared del subterráneo explotó. Hormigón, cables y polvo volaron por el aire.

Athenas cayó de rodillas jadeando. En ese mismo instante la presión telequinética desapareció. Ares, Danielle, Conrad y los demás quedaron libres.

Apocalipsis apenas alcanzaba a incorporarse entre los escombros. Cuando una sombra cayó sobre él.

Asziel.

El joven capo lo embistió de frente. Con una velocidad brutal.

—¡SORPRESA, MALDITO!

Su hombro impactó el pecho de Apocalipsis. La fuerza fue suficiente para atravesar la pared restante. Ambos salieron disparados hacia el exterior del subterráneo entre una lluvia de cemento y acero.

Arriba, el sonido de la batalla seguía rugiendo.

Helicópteros.

Disparos.

Explosiones.

Pero dentro del laboratorio todos estaban congelados. Mirando el agujero en la pared. Conrad fue el primero en hablar.

—La… la inyección…

Ares seguía mirando el agujero.

Sorprendido.

Confundido.

—Funcionó…

Danielle lo miró.

—¿Funcionó?

Ares negó lentamente. Su mente científica trabajando a toda velocidad.

—No… —sus ojos se abrieron un poco más—. Funcionó… de otra manera.

Zoltan estaba en shock.

—¿Qué significa eso?

Ares miró la sangre que había quedado en la mesa. Luego el piso destruido y finalmente el agujero en la pared.

—Significa… —respiró lento—. Que acabamos de crear algo nuevo.

Afuera. Entre los escombros y el humo. Apocalipsis se levantaba lentamente. Cuando una figura ensangrentada aterrizó frente a él.

Asziel.

Su pecho seguía sangrando. Pero sonreía. Se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano y lo miró con arrogancia.

—Bueno… —crujió el cuello–. ahora sí.

Sonrió.

—Vamos a ver quién es el experimento más caro aquí.

El polvo aún caía desde el techo destruido del subterráneo.

Entre los escombros, Asziel se incorporó lentamente. La sangre seguía cayendo de su pecho, pero su respiración era firme. Sus venas negras marcaban su piel como relámpagos oscuros bajo la carne.

Frente a él, Apocalipsis se levantó también. El monstruo observó al joven capo con un interés nuevo.

Una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—Interesante…

Extendió la mano y, con un simple gesto, empujó a Asziel con una onda telequinética.

El impacto fue brutal.

Asziel salió disparado varios metros hacia atrás, arrastrándose por el suelo de concreto hasta detenerse contra un muro agrietado. Se levantó de inmediato.

Escupió sangre. Sonrió.

—Eso dolió un poco…

Pero antes de que Apocalipsis pudiera avanzar dos figuras llegaron a cada lado de Asziel. Ares a la derecha y Danielle a la izquierda.

Ambos con la mirada fija en su enemigo. Listos. El silencio duró apenas un segundo, Apocalipsis los observó a los tres. Su sonrisa creció.

Tres contra uno. Perfecto.

Lentamente levantó la mano e hizo un gesto con los dedos. Un gesto simple.

“Vengan.”

Ares fue el primero en moverse. En un parpadeo ya estaba frente a él, su puño impactó el rostro de Apocalipsis con una fuerza capaz de derribar un muro.

El golpe resonó como un disparo, pero Apocalipsis apenas giró la cabeza. Sonrió. Entonces contraatacó.

Su rodilla se clavó en el abdomen de Ares enviándolo varios metros hacia atrás.

Danielle apareció en ese instante. Giró en el aire y lanzó una patada brutal a la cabeza de Apocalipsis. El impacto lo obligó a retroceder un paso.

Fue suficiente. Asziel apareció desde el costado. Tomó una columna metálica rota del suelo y la giró como una lanza.

La estructura golpeó a Apocalipsis en el pecho con una fuerza monstruosa. El sonido del metal doblándose retumbó en el subterráneo. Apocalipsis retrocedió por primera vez dos pasos completos.

Sus ojos brillaron.

—Ahora sí…

Su voz sonó casi divertida. Entonces liberó su poder, el suelo se levantó en pedazos. Bloques de concreto flotaron alrededor de él.

Danielle corrió hacia adelante. Esquivó una roca que volaba hacia su cabeza y saltó sobre Apocalipsis. Sus puños se movían como una tormenta.

Golpes rápidos.

Precisos.

Despiadados.

Pero Apocalipsis atrapó su brazo. La levantó del suelo.

—Sigues siendo rápida.

Apretó con fuerza. Antes de poder romperle el brazo Ares apareció por detrás. Lo tomó del cuello y lo estrelló contra el suelo. El impacto sacudió todo el subterráneo.

Apocalipsis gruñó. Pero antes de levantarse, Asziel cayó sobre él. Su puño descendió con una fuerza brutal. El concreto se fracturó bajo el golpe.

Otro.

Otro más.

Cada impacto hundía más el suelo.

—¡Esto es por mi maldito traje! —gruñó Asziel.

Apocalipsis finalmente reaccionó. Extendió ambas manos, yna explosión telequinética los lanzó a los tres por el aire.

Danielle rodó por el suelo. Ares aterrizó de pie. Asziel atravesó una mesa metálica.

Apocalipsis se levantó lentamente. Polvo cayendo de su cuerpo y entonces… rió. Una risa grave. Satisfecha.

—Esto…—miró a los tres—. Esto es lo que esperaba.

Ares limpió la sangre de su labio. Danielle se acomodó el cuello. Asziel crujió los nudillos. Los tres volvieron a avanzar al mismo tiempo. Y esta vez los cuatro titanes mutados chocaron de lleno.

El subterráneo tembló con el impacto. Arriba, la guerra seguía rugiendo. Pero abajo… Estaba ocurriendo algo mucho más peligroso. La pelea que podía decidir el destino de todos.

El choque de los cuatro seguía sacudiendo todo el subterráneo.

Danielle, Ares y Asziel atacaban sin descanso. Pero Apocalipsis… parecía estar disfrutándolo. Cada golpe, cada intento, cada estrategia… él los analizaba con una calma casi cruel.

Ares fue el primero en lanzarse otra vez. Corrió directo hacia él y descargó un puñetazo brutal dirigido al rostro. Apocalipsis apenas movió la mano. El impacto telequinético golpeó a Ares en pleno pecho y lo lanzó varios metros hacia atrás, estrellándolo contra una pared de concreto que se resquebrajó.

Antes de que pudiera recuperarse Asziel apareció desde el costado. Tomó una enorme plancha metálica caída del techo y la lanzó con una fuerza monstruosa.

El metal atravesó el aire como un proyectil. Apocalipsis lo detuvo. Sin siquiera mirarlo. El metal quedó suspendido frente a su rostro. Luego giró la muñeca.

La placa salió disparada contra Asziel, golpeándolo y enviándolo rodando por el suelo varios metros más.

Durante un segundo Apocalipsis quedó solo en medio del subterráneo destruido. Entonces Danielle apareció.

Corriendo. En sus manos llevaba un enorme pedazo de viga metálica, afilado por la ruptura. Saltó. Giró el cuerpo y con toda la fuerza de su impulso se la clavó directamente en el pecho a Apocalipsis.

El metal atravesó carne. Se hundió profundamente. El sonido fue seco.

Brutal.

Danielle quedó frente a él, respirando agitada. Por primera vez… sonrió. Pero Apocalipsis bajó la mirada. Observó la viga clavada en su pecho. Luego levantó lentamente la cabeza y la miró a los ojos.

Sonrió también.

Danielle sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Apocalipsis llevó la mano a la viga. La agarró y se la arrancó del pecho con un movimiento seco.

La sangre apenas salió.

La herida… empezó a cerrarse frente a sus ojos.

La piel se regeneró.

Los músculos se unieron.

En segundos… No quedaba nada. Como si nunca hubiera pasado. Danielle lo miró sin poder creerlo. Su voz salió apenas en un susurro.

—¿Qué… te hicieron…?

Apocalipsis no respondió. Solo la observó. Entonces su mano se movió. La tomó del cuello y sus dedos se cerraron con fuerza. La levantó del suelo.

Danielle intentó soltarse, golpeando su brazo, pero la fuerza era inhumana. Apocalipsis inclinó un poco la cabeza.

—Demasiado tarde para preocuparse por eso.

Luego levantó la viga que todavía tenía en la otra mano y sin dudar se la clavó a Danielle en el costado del abdomen.

El metal atravesó su carne.

El sonido fue horrible.

El impacto en Danielle fue fuerte. No sintio el dolor solo el calor y la sangre.

Arriba, en lo que quedaba de la mansión. Athas y Athenas lo vieron.

—¡¡MAMÁ!! —gritaron los dos al mismo tiempo.

Abajo Ares vio la escena. Sus ojos se abrieron con un terror que nunca había mostrado.

—¡¡DANIELLE!!

También Conrad, Andrea, Zoltan y los demás gritaron desde atrás. La sangre empezó a correr por el costado del cuerpo de Danielle. Apocalipsis la sostuvo todavía por el cuello.

Observándola. Como si estudiara cuánto podía soportar.

Pero entonces… Algo cambió en el aire.

Porque Ares ya no estaba corriendo hacia él. No. Esta vez… Ares caminaba.

Lento.

Silencioso.

Sus ojos oscuros se habían inyectado de rabia pura.

—Suéltala —ordenó.

—¡BASTA! —gritó una voz pequeña.

Todos se congelaron. Athenas. La niña caminaba hacia ellos. Sus pasos eran lentos, pero decididos.

—¡Athenas no! —gritó Danielle con la poca voz que le quedaba.

Pero la niña siguió caminando.

Cuando pasó junto a su padre, algo invisible lo detuvo. Ares intentó avanzar. Su cuerpo no respondió. Sus músculos estaban rígidos, como si una fuerza invisible lo mantuviera en su lugar.

Athenas no lo miró. Siguió caminando hasta quedar frente a Apocalipsis.

La escena era surrealista. Un monstruo casi invencible y una niña de tres años frente a él. Athas gritaba desde atrás.

—¡¡Athenas vuelve!!

—¡¡NO!! —gritó Conrad también.

Pero ella no se movió. Levantó la cabeza y miró directamente a los ojos azules brillantes de Apocalipsis. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Su voz salió temblando… Pero firme.

—Me voy contigo.

El silencio fue total. Incluso los disparos lejanos en la superficie parecieron desaparecer.

—Si todo esto termina —continuó—… yo me voy contigo.

Athas gritó desesperado.

—¡¡NO!!

Zoltan también dio un paso.

—¡Niña no hagas eso!

Pero Athenas no apartó la mirada de Apocalipsis. Luego miró al suelo. Vio la sangre de su madre. Respiró hondo y volvió a mirarlo.

—Por favor… —susurró— ya basta.

Las lágrimas seguían cayendo. Por un instante… Algo se movió dentro de Apocalipsis. Algo muy pequeño.

Un recuerdo.

Una sensación olvidada.

Una voz femenina.

Una playa.

Un nombre.

Luciam.

Pero el monstruo dentro de él lo aplastó sin dificultad. Sus ojos volvieron a endurecerse.

—No negocias —dijo con frialdad.

La mano que sostenía a Danielle se tensó y su otra mano comenzó a levantarse hacia Athenas. Iba a tomarla. Pero antes de que pudiera hacerlo... Una voz desgarró el aire.

—¡LUCIAM!

Todos se giraron. Desde el fondo del subterráneo un hombre corría. Desesperado. Tropezando entre los escombros. Su voz estaba rota.

—¡¡LUCIAM!!

Sergei Vale. El padre. Corrió directo hacia él sin detenerse.

Sin miedo.

Sin pensar.

—¡¡HIJO!!

Apocalipsis giró lentamente la cabeza. Sergei llegó hasta quedar frente a él, jadeando. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Miró el rostro del monstruo. Buscando algo, cualquier cosa.

—Luciam… —susurró con la voz quebrada— soy yo…

El subterráneo entero quedó en silencio. Sergei dio un paso más.

—Soy tu padre.

Apocalipsis lo miró fijamente. Frío. Vacío. Analizando.

Como si estuviera observando a un extraño. Sergei tembló. Pero no retrocedió.

—Tu madre está aquí… —dijo señalando detrás—… Lesya vino conmigo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Apocalipsis inclinó levemente la cabeza. Observando al hombre. Como si intentara encontrar algo en su rostro. Algo en su memoria. Pero lo único que encontró… Fue oscuridad.

Entonces habló.Con una calma brutal.

—Luciam Vale murió hace mucho tiempo.

Sergei sintió como si le arrancaran el corazón. Pero no retrocedió. Al contrario. Dio otro paso y extendió la mano hacia él.

—No… —dijo con lágrimas cayendo— tú sigues ahí.

Apocalipsis no se movió. Entonces Sergei susurró algo. Una frase. En ucraniano. Algo que solo un padre y su hijo conocían.

—Miy malenʹkyy dykunok. (Mi pequeño salvaje)

El aire pareció congelarse.

Porque por una fracción de segundo… Los ojos de Apocalipsis parpadearon.

1
Analia Puntin
Excelente narración, atrapante
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Alison Mendoza Sotelo
Maravillada y ansiosa por más
Alison Mendoza Sotelo
Segunda temporada.????
Mercedes Tibisay Marin
hay ellos no puedes morir el padre de ella tiene que sufrir por todo el daño que hicierón
Mercedes Tibisay Marin
hay Dios estó está muy bueno
Mercedes Tibisay Marin
esté hombre como papá merece que ella le haga lo mismo
Mercedes Tibisay Marin
ese padre es un mostro
María Angelica Stessens
Autora esta historia es fascinante , adictiva , no puedo dejar de leer y tan detallista que me hace como si yo fuera cada uno de los personajes 👏👏👏
Nancy RoMo
yo que queria athenas y luciam juntos 🥺😣😣
María Angelica Stessens
estupenda historia , felicitaciones 👏👏👏👏
Nancy RoMo
luciam 🥺🥺🥺
María Angelica Stessens
apasionante la historia 👏👏👏
Nancy RoMo
🥺🥺🥺
Nancy RoMo
💀💀💀💀
Alison Mendoza Sotelo
Que los mate de una ves
Nancy RoMo
😰😰😰😰😰😱😱😱😱😱
Nancy RoMo
amo a todos 😍😍😍
Alison Mendoza Sotelo
Esperar por más


No tardes
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