"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.
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Capítulo 3: El peso de las verdades
La lluvia golpeaba con fuerza los cristales del estudio, un eco rítmico que a Ciela le recordaba al latido de un corazón acelerado. Seguía sentada en la silla, con el papel de adopción arrugado entre sus dedos fríos, mientras Anais permanecía de pie junto a la puerta, con una mano apoyada en su vientre, un gesto que antes parecía casual pero que ahora, bajo la luz de la verdad, se sentía cargado de una angustia compartida.
—¿Cómo pudiste guardarlo, Anais? —preguntó Ciela, su voz apenas un susurro quebrado—. Tú, que siempre hablas de ser valiente, de enfrentar las consecuencias... Me has mirado a la cara todos estos años sabiendo que mi vida era un invento.
Anais suspiró, cerrando los ojos. Su rostro, usualmente desafiante, mostraba un cansancio profundo.
—Ciela, mírame. Yo apenas puedo con mi propia vida. ¿Cómo iba a cargar con la responsabilidad de destruir la tuya? Mis tíos me habrían echado de la casa si abría la boca. Y ahora... con esto —dijo señalando su vientre—, menos que nunca podía arriesgarme a perder el único techo que tengo.
Ciela sintió una oleada de náuseas. No sabía si era por la traición o por la enfermedad que seguía royendo sus fuerzas desde adentro. Se puso en pie con dificultad, sintiendo que el mundo se balanceaba peligrosamente.
—Tengo que irme. Diego me espera. No puedo estar aquí un segundo más sintiendo que hasta las paredes me mienten.
—No puedes salir así, estás pálida —advirtió Anais, intentando detenerla—, y afuera está cayendo el diluvio. Quédate, espera a que regresen mis tíos y hablamos todos.
—¿Hablar? ¿Para que me den otra versión de la misma mentira? No, Anais. Quédate con tus secretos y tu embarazo. Yo necesito aire que no esté contaminado.
Ciela bajó las escaleras casi a ciegas. Al llegar a la puerta principal, se encontró de frente con Diego, que estaba a punto de tocar el timbre, con la chaqueta empapada y una expresión de preocupación que se intensificó al ver el estado de su novia.
—¡Ciela! Te estuve llamando al celular, pero no contestabas. Me imaginé que algo pasaba —dijo él, tomándola por los hombros. Al notar que ella temblaba violentamente, la estrechó contra su pecho—. Estás helada. ¿Qué pasó?
Ciela no pudo responder de inmediato. Enterró el rostro en la chaqueta húmeda de Diego, aspirando su aroma a menta y lluvia, el único rastro de realidad que sentía verdadero. Sin embargo, el alivio duró poco. Una punzada eléctrica le recorrió la columna vertebral y sus piernas cedieron por completo. Diego tuvo que sostenerla con fuerza para que no cayera al suelo de la entrada.
—¡Anais, ayuda! —gritó Diego hacia el interior de la casa.
Anais apareció en el pasillo, con el rostro desencajado. La tensión en la casa era casi física. Miriam también se asomó desde la cocina, sosteniendo un teléfono, probablemente a punto de llamar a sus padres.
—Se está desmayando, Diego. Llévala al sofá —gritó Anais, olvidando por un momento su propia angustia.
Diego la cargó con cuidado, depositándola en el mueble de la sala. Ciela sentía que las voces de sus primas y de su novio se alejaban, como si estuviera hundiéndose en una piscina profunda. El papel de la adopción se le escapó de las manos y cayó al suelo, justo frente a los pies de Diego.
Él, confundido, lo recogió mientras Miriam traía un vaso con agua y alcohol. Diego leyó las primeras líneas del documento y su mirada saltó del papel al rostro pálido de Ciela. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el sonido de la lluvia y el sollozo ahogado de Anais al fondo del pasillo.
—¿Adopción? —susurró Diego, con la voz cargada de incredulidad—. Ciela... ¿por esto estás así?
Ella abrió los ojos lentamente, enfocando la mirada en el hombre que amaba. Quiso decirle que eso era solo la mitad del problema, que su cuerpo le dolía de una forma que el corazón no podía explicar, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.
En ese momento, la puerta principal se abrió de par en par. Elena y Roberto, los padres de Ciela, entraron cargados de bolsas, ajenos al colapso que acababa de ocurrir en su ausencia. Al ver a Diego con el acta de adopción en la mano, a Ciela desvanecida y a Anais llorando mientras se protegía el vientre, el tiempo pareció detenerse. La red de secretos, construida piedra a piedra durante dos décadas, acababa de desplomarse sobre todos ellos.