Narra la historia de una hermosa chica llamada Gabriela que sufre mucho tras el abandono de su novio.
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HERIDAS ABIERTAS
El sonido constante del monitor cardíaco se convirtió en el único ritmo capaz de mantener a Gabriela en pie.
Habían pasado tres días desde el enfrentamiento en la fábrica abandonada, pero para ella el tiempo había dejado de funcionar con normalidad. Las horas se mezclaban entre olor a hospital, luces blancas y silencios interminables que pesaban más que cualquier palabra.
León seguía inconsciente.
Los médicos repetían que la cirugía había sido un éxito, que su recuperación avanzaba como esperaban, pero Gabriela no lograba tranquilizarse. Cada vez que cerraba los ojos revivía el momento del disparo, el sonido seco atravesando el aire y el cuerpo de León cayendo frente a ella.
Se sentaba junto a la cama todas las noches, sosteniendo su mano tibia, como si ese contacto fuera lo único capaz de mantenerlo anclado al mundo.
Aquella madrugada, mientras la ciudad dormía, Gabriela apoyó la frente sobre sus dedos.
—Prometiste quedarte —susurró—. Así que despierta.
El silencio respondió.
Pero por primera vez desde el ataque, una leve presión rodeó su mano.
Gabriela levantó la cabeza de inmediato.
Los dedos de León se movieron apenas.
—¿León…?
Sus párpados temblaron antes de abrirse lentamente. Su mirada estaba confundida, aún atrapada entre el sueño y la realidad, hasta que finalmente la encontró a ella.
Y entonces sonrió.
Una sonrisa débil, cansada… pero real.
Gabriela sintió cómo el aire regresaba a sus pulmones de golpe. Las lágrimas aparecieron sin permiso mientras reía y lloraba al mismo tiempo.
—Pensé que ibas a matarme del susto —dijo entre sollozos.
La voz de León salió ronca.
—Lo siento… no era el plan.
Ella negó, incapaz de dejar de mirarlo.
—No vuelvas a hacerlo.
—Solo si prometes no meterte otra vez frente al peligro.
Gabriela apretó su mano.
—Eso no puedo prometerlo.
Y ambos entendieron que esa era la nueva realidad.
Ya no eran las mismas personas.
La otra habitación
En otro piso del hospital, Matías observaba por la ventana con el brazo vendado y el torso aún dolorido. Había sobrevivido al disparo gracias a que la bala no alcanzó órganos vitales, pero la recuperación sería lenta.
El médico acababa de salir cuando Gabriela entró.
El ambiente entre ellos era distinto ahora. Más tranquilo, pero también más honesto.
—Me dijeron que despertó —comentó Matías.
Gabriela asintió.
—Sí.
Un silencio incómodo apareció.
Matías suspiró.
—Supongo que ya no hay nada que competir.
Ella lo miró con suavidad.
—Nunca fuiste una competencia.
Él sonrió con cierta tristeza.
—Tal vez no para ti… pero sí para mí.
Se quedó callado unos segundos antes de continuar.
—Ese día entendí algo cuando vi cómo corrías hacia él. No importa cuánto intentara convencerme… siempre fue León.
Gabriela no respondió porque sabía que cualquier palabra podría sonar cruel.
Matías bajó la mirada.
—Solo prométeme algo.
—¿Qué cosa?
—Que esta vez él no te romperá.
Gabriela sostuvo su mirada con firmeza.
—Esta vez somos distintos.
Matías asintió lentamente, como aceptando finalmente una verdad inevitable.
Las noches después del peligro
Los días siguientes trajeron una calma extraña.
León fue trasladado a una habitación regular. Aunque aún estaba débil, insistía en levantarse antes de tiempo, lo que provocaba constantes discusiones con Gabriela.
Aquella tarde, mientras el sol entraba por la ventana, ella acomodaba las almohadas detrás de su espalda.
—Sigues siendo igual de mandona —bromeó él.
—Y tú igual de terco.
El ambiente era ligero, casi normal, algo que no experimentaban desde hacía años.
León la observó en silencio.
—Cambiaste.
Gabriela levantó una ceja.
—¿Para bien o para mal?
—Para fuerte.
Sus palabras no eran un halago superficial. Había admiración real en su mirada.
—Antes habrías huido de todo esto —continuó él—. Ahora enfrentaste a un hombre que podía destruirnos sin temblar.
Gabriela bajó la vista unos segundos.
—Porque ya sé lo que se siente perderte.
El silencio entre ambos se llenó de significado.
León tomó su mano con cuidado.
—Nunca más voy a desaparecer sin explicarte nada.
—Más te vale.
Sonrieron suavemente.
Pero esa paz duró poco.
La señal
Esa misma noche, mientras Gabriela regresaba al departamento para ducharse y cambiarse de ropa, notó algo extraño.
La puerta estaba entreabierta.
El corazón comenzó a latir con fuerza.
Ella estaba segura de haberla cerrado.
Entró lentamente.
Nada parecía fuera de lugar… hasta que vio el sobre sobre la mesa.
Blanco.
Sin nombre.
Sin remitente.
Gabriela sintió un escalofrío antes siquiera de tocarlo.
Dentro había una sola hoja.
Una fotografía.
Era una imagen tomada desde lejos… de ella entrando al hospital esa misma mañana.
Debajo, una frase escrita a mano:
“Esto aún no termina.”
El aire se volvió pesado.
La amenaza no había muerto con Esteban.
Alguien más observaba.
El miedo verdadero
Esa noche Gabriela no pudo dormir.
Por primera vez desde el ataque, el miedo apareció con fuerza real. No el miedo del momento, sino el que permanece después, cuando todo debería haber terminado.
Cada sonido del edificio la hacía sobresaltarse.
Cada sombra parecía moverse.
Comprendió algo aterrador.
La guerra había cambiado su mente.
Cuando regresó al hospital al amanecer, León notó inmediatamente algo distinto.
—¿Qué pasó?
Ella dudó, pero finalmente le mostró la fotografía.
El rostro de León se endureció.
—Pensé que habíamos acabado con esto.
—Yo también.
El silencio entre ambos ya no era de alivio.
Era de advertencia.
Una promesa diferente
León respiró profundo.
—Entonces cambiaremos las reglas.
Gabriela lo miró.
—¿Cómo?
—Esta vez no vamos a esperar el próximo ataque. Vamos a encontrar quién queda detrás… y terminarlo nosotros.
Ella sostuvo su mirada.
Antes, esa idea la habría aterrorizado.
Ahora solo sentía determinación.
—Juntos —dijo.
León asintió.
—Siempre juntos.
Sus manos se entrelazaron con fuerza.
Porque las cicatrices no solo recordaban el dolor.
También recordaban por qué seguían luchando.
Esa noche, mientras la ciudad continuaba su rutina ajena a todo, Gabriela comprendió algo definitivo:
Sobrevivir no significaba que todo hubiera terminado.
Significaba que apenas comenzaba una nueva batalla.
Y esta vez…
ella ya no era la mujer que necesitaba ser salvada.
Era alguien dispuesto a luchar.
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