"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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Sal y Madrugada
A las cinco de la mañana, Jurubirá no es un paraíso de postal; es un gigante oscuro que ruge. El frío de la madrugada se mete en los huesos y el olor a pescado fresco y combustible inunda el aire. Pablo llegó al muelle con una chaqueta deportiva que se veía demasiado nueva y unas botas que aún brillaban.
Allí estaba Julio Garcés, preparando los anzuelos con una destreza que parecía un baile. Aurora ya estaba sobre la lancha, revisando el motor con las manos manchadas de grasa.
—Vaya, el señorito sí tiene palabra —dijo Aurora, levantando la vista y dedicándole una sonrisa de medio lado que Pablo no supo cómo interpretar—. Suba, Rossi. Y agárrese duro, que el mar hoy no tiene ganas de visitas diplomáticas.
Pablo subió a la embarcación de madera, que se mecía violentamente. Julio le dio un asentimiento silencioso con la cabeza. No hubo discursos, ni planes de negocios. Solo el rugido del motor y el choque de la quilla contra las olas mientras se alejaban de la costa.
Dos horas mar adentro, el sol empezó a salir, tiñendo el agua de un naranja sangriento. Pablo estaba pálido, luchando contra el mareo, observando cómo Julio y Aurora trabajaban en una sincronía perfecta. No hablaban; se entendían con la mirada. Cada vez que lanzaban la red, sus músculos se tensaban con una fuerza que Pablo no había visto en los gimnasios de Madrid.
—¿Siente eso, Pablo? —gritó Julio sobre el ruido del viento—. Ese es el motor de este pueblo. Si usted pone sus hoteles ahí donde lanzamos la atarraya, nos quita la comida. No es que seamos tercos, es que no sabemos vivir de otra forma.
Pablo miró sus manos finas, comparadas con las de Julio, que estaban llenas de cicatrices y callos. Por un momento, el orgullo de los Rossi se sintió pequeño ante la inmensidad del océano.
—Mi padre dice que el mundo cambia y que hay que adaptarse —logró decir Pablo, sujetándose de la borda.
—Adaptarse no es lo mismo que rendirse, muchacho —replicó Julio, tirando de la cuerda con fuerza—. Mire a esa muchacha. —Señaló a Aurora, que peleaba con un pez grande—. Ella podría estar en la ciudad, pero prefiere el olor a sal. ¿Usted cree que ella sería feliz en una recepción de esas que usted hace en España?
Pablo miró a Aurora. El sol le daba de frente, resaltando su fuerza y una belleza salvaje que ninguna de las mujeres que conocía en Madrid, ni siquiera Beatriz, poseía. Aurora lo miró de vuelta y, por un segundo, la burla desapareció de sus ojos. Vio a un hombre que, a pesar de estar mareado y fuera de su elemento, no se había rendido.
De regreso en tierra firme, cerca del mediodía, Pablo bajó de la lancha con las piernas temblorosas y la ropa empapada de agua salada. Bertha los esperaba en la orilla con una jarra de jugo de melón frío.
—Tome, don Pablo —dijo Bertha, entregándole un vaso con una amabilidad genuina—. Hoy se ganó el almuerzo. No cualquiera aguanta una faena con Julio a la primera.
—Gracias, doña Bertha —respondió Pablo, bebiendo el jugo como si fuera el elixir más caro del mundo.
Sofía se acercó corriendo, con un cuaderno en la mano.
—¡Señor Pablo! ¡Mire lo que dibujé! Es el barco donde usted vino, pero le puse velas de colores. ¿Verdad que en Europa los barcos son más bonitos?
Pablo miró el dibujo y luego miró hacia el horizonte.
—A veces lo más sencillo es lo más bonito, Sofía —dijo él, y por primera vez, sus palabras no sonaron a una frase hecha.
Aurora pasó por su lado, cargando una caja de pescado.
—Váyase a descansar, Rossi. Mañana tenemos que ir a la zona de los manglares. Si de verdad quiere el proyecto, tiene que conocer lo que va a destruir antes de poner la primera piedra.
Esa tarde, Pablo se sentó en el balcón de la posada. Tenía los brazos quemados por el sol y le dolía cada músculo del cuerpo. Abrió su computadora para enviar el reporte diario a Alessandro, pero se quedó con el cursor parpadeando en la pantalla blanca. ¿Cómo explicarle a su padre que el "progreso" se veía muy distinto desde una lancha de madera a las seis de la mañana?