Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 21: El precio de la guerra
Viollet
El regreso a Giosem fue una marcha fúnebre.
Los heridos iban en camillas improvisadas, sus gemidos acompañando el tintineo de los arneses y el paso pesado de los caballos. Los muertos habían sido enterrados en una fosa común junto al paso de Hierro, con una plegaria susurrada por el sacerdote que viajaba con nosotros y un puñado de tierra sobre sus rostros pálidos. No habíamos podido traerlos de vuelta. La guerra no concedía ese lujo.
Rubén cabalgaba a mi lado con el rostro pétreo y la mirada perdida en el horizonte. No hablaba desde que habíamos emprendido el regreso. Sus manos, que sostenían las riendas, estaban manchadas de sangre seca que no era la suya, y en la comisura de sus labios se había instalado una línea de amargura que no lograba disimular.
—Llevas horas sin hablar —dije, acercando mi caballo al suyo.
—No tengo nada que decir.
—Mientes.
Me miró, y por un instante vi el cansancio en sus ojos. No el cansancio físico, que también, sino otro más profundo, más antiguo. El de un hombre que ha visto demasiada muerte y que empieza a preguntarse si toda ella ha servido para algo.
—Perdimos a veintitrés hombres —dijo, con voz ronca—. Veintitrés hombres que confiaron en mí. Que me siguieron al norte porque yo les dije que era necesario. Y ahora están bajo tierra, mientras Grecia y Aldric se ríen de nosotros desde el otro lado de la frontera.
—No se ríen. Huyen. Eso no es una victoria.
—Tampoco es una derrota. Es un empate. Y los empates, en la guerra, son solo derrotas aplazadas.
No supe qué responder. Tenía razón, y eso dolía más que cualquier mentira.
Lars se acercó a nosotros con el caballo troteando.
—Señor, los exploradores han avistado las torres de Giosem. Llegaremos al anochecer.
—Bien —respondió Rubén, sin entusiasmo—. Que un mensajero se adelante para anunciar nuestra llegada. El rey debe saber que Aldric ha huido.
—¿Y Grecia? —preguntó Lars.
—Que sepa también que Grecia sigue libre.
Lars asintió y espoleó su caballo hacia la vanguardia. Yo me quedé mirando a Rubén, buscando en su perfil la respuesta que no se atrevía a darme.
—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunté.
—Lo mismo que siempre. Informar al rey. Reagrupar a los hombres. Planear el siguiente movimiento.
—¿Y si el rey decide no perseguirla?
—Entonces la perseguiré yo solo.
—No estarás solo. Estaré contigo.
Rubén se volvió hacia mí, y por primera vez en todo el día, sus ojos se suavizaron.
—Lo sé —dijo—. Por eso sigo luchando.
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Rubén
El rey nos recibió en el Salón del Consejo con el rostro pálido y las manos temblorosas.
—¿Doscientos hombres? —preguntó, después de que Lars terminara de informar—. ¿Perdieron a veintitrés y Aldric escapó?
—Escapó con Grecia —respondí, manteniendo la voz firme—. Pero no sin antes perder a más de cien de los suyos. No es una victoria, majestad, pero tampoco es una derrota.
—Para mí lo es —dijo el rey, dejándose caer en su trono—. Aldric ha visto que no podemos defender el paso. Volverá. Y la próxima vez, traerá más hombres.
—Entonces nosotros tendremos más hombres la próxima vez.
—¿De dónde los sacaremos? El tesoro de tu esposa no es oro. Son documentos. No se puede pagar a un ejército con papeles.
—No necesitamos pagar a un ejército, majestad. Necesitamos movilizar a los nobles que aún nos son leales. Los que no conspiraron con Orth. Los que no huyeron con Aldric.
El rey enmudeció. Sus dedos tamborilearon sobre el reposabrazos del trono, y en sus ojos verdes vi el mismo miedo que había visto la primera vez que lo enfrenté. El miedo a actuar. El miedo a comprometerse.
—Los nobles no quieren otra guerra —dijo al fin—. Acaban de salir de una.
—Los nobles harán lo que su rey les ordene —respondí, y mi voz fue más dura de lo que pretendía—. O tendrán que responder ante mí.
El rey me miró largo rato. Luego, lentamente, asintió.
—Está bien. Convoque a los nobles para mañana. Les hablaré yo mismo.
—No, majestad. Los convocaré yo. Y les hablaré yo. Usted solo tiene que estar presente y respaldar mis palabras.
—¿Y qué les dirás?
—Les diré la verdad. Que Aldric quiere invadirnos. Que Grecia está con él. Que si no nos unimos, perderemos nuestras tierras, nuestros títulos, nuestras vidas. Y que si nos unimos, podemos ganar.
El rey se quedó en silencio un largo rato. Luego, con un suspiro, se puso de pie.
—Hazlo —dijo—. Pero que no se derrame más sangre de la necesaria.
—Eso no puedo prometérselo, majestad.
El rey me miró con una expresión que no supe interpretar.
—No —dijo—. Supongo que no.
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Viollet
Esa noche, mientras Rubén se reunía con sus capitanes para planear la convocatoria de los nobles, yo me retiré a nuestros aposentos con el diario de mi madre.
Llevaba días sin leerlo. El miedo a encontrar en sus páginas algo que no quisiera ver me había mantenido alejada, pero ahora, con la guerra acechando y Grecia suelta, necesitaba su voz. Necesitaba su fuerza.
Abrí el diario por una página al azar y leí:
“Hoy Viollet cumplió cuatro años. Le regalé una muñeca de trapo que cosí con mis propias manos. Sergio se enfadó, dijo que las muñecas eran para niñas débiles, que él quería una hija fuerte. No entiende que la fuerza no se demuestra con espadas, sino con el corazón. Mi hija será fuerte porque sabrá amar. Eso es lo único que puedo dejarle antes de que me maten.”
Cerré el diario y lo apreté contra mi pecho. Mi madre. Una mujer que había muerto por negarse a doblegarse. Una mujer que me había legado algo más valioso que cualquier tesoro: la verdad.
—¿Viollet?
La voz de Rubén me arrancó de mis pensamientos. Estaba en la puerta, con la camisa desabrochada y el cabello oscuro húmedo por la ducha.
—Estoy aquí —dije, dejando el diario sobre la mesa.
—Te noto rara.
—Solo pienso.
—¿En qué?
—En mi madre. En lo que diría si viera todo esto. La guerra, Grecia, el rey…
—¿Y qué crees que diría?
—Que luchemos. Que no nos rindamos. Que el amor es más fuerte que el odio.
Rubén se acercó a mí y me tomó entre sus brazos.
—Tu madre era una mujer sabia —dijo, besándome la coronilla.
—Lo era. Y yo fui demasiado estúpida para darme cuenta antes.
—No fuiste estúpida. Fuiste una niña a la que le mintieron. Eso no es tu culpa.
—Pero ahora soy una mujer. Y ya no me mienten.
—No —Rubén me apretó contra él—. Porque yo no voy a mentirte nunca. Pase lo que pase.
Alcé la cabeza y lo miré a los ojos.
—¿Ni siquiera para protegerme?
—Sobre todo para protegerte. Las mentiras duelen más que las verdades. Ya lo aprendí.
Lo besé, y el beso fue suave, casi tímido, pero en él había una promesa más profunda que cualquier palabra.
—Te amo —dije contra sus labios.
—Te amo más —respondió.
—Eso es imposible.
—Entonces empatamos.
Sonreí, y por un momento, el miedo desapareció.
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Rubén
La convocatoria a los nobles fue un éxito a medias.
Los que asistieron —unos treinta de los cincuenta que habían sido invitados— escucharon mis palabras con caras de póker y manos crispadas sobre las empuñaduras de sus espadas. Hablé de la amenaza de Aldric, de la necesidad de unidad, del sacrificio de los veintitrés hombres que habían caído en el paso de Hierro. Algunos asintieron. Otros miraron al suelo. Unos pocos se levantaron y se fueron antes de que terminara.
—No es suficiente —dijo Lars, mientras recogíamos los mapas al final de la reunión—. La mitad de los nobles que vinieron lo hicieron por miedo a usted, no por lealtad al rey.
—El miedo también es una forma de lealtad —respondí.
—El miedo es una forma de cobardía. Y los cobardes huyen cuando las cosas se ponen difíciles.
—Entonces nos aseguraremos de que las cosas no se pongan tan difíciles que quieran huir.
Lars negó con la cabeza, pero no insistió.
Viollet estaba esperándome en la puerta, con el cabello recogido en una trenza y la daga al cinto.
—¿Cómo fue? —preguntó.
—Como esperaba. Algunos vendrán. Otros no. Los que no, ya sabré cómo tratarlos.
—¿Matándolos?
—Si es necesario.
Viollet me miró, y en sus ojos violetas vi una mezcla de orgullo y preocupación.
—No te conviertas en lo que juraste destruir —dijo.
—No voy a convertirme. Pero tampoco voy a dejar que la cobardía de unos pocos nos cueste la vida a todos.
Viollet asintió y me tomó de la mano.
—Entonces empecemos. Porque no tenemos tiempo que perder.
Viollet
Los días siguientes fueron un torbellino.
Rubén se reunió con los capitanes, los herreros, los armeros, los proveedores. Lars organizó las levas de soldados en las aldeas. Yo me encargué de los espías, de las cartas, de los mensajeros que viajaban de un lado a otro del reino con noticias de Aldric.
Y mientras tanto, Grecia seguía libre.
Cada noche, cuando por fin nos retirábamos a nuestros aposentos, Rubén y yo nos abrazábamos en la cama y nos contábamos nuestros miedos. Él temía no ser capaz de proteger a sus hombres. Yo temía que Grecia volviera para arrebatarme todo lo que había construido.
—No va a volver —decía él.
—Volverá. Siempre vuelve.
—Entonces estaremos listos.
—¿Y si no lo estamos?
—Entonces moriremos luchando. Pero juntos.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su pecho. El latido de su corazón era un tambor que marcaba el ritmo de mi existencia.
—No quiero morir —dije.
—No vas a morir.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo no voy a dejarte.
Y en sus palabras, encontré la fuerza para seguir.
Rubén
Una semana después de la convocatoria, recibimos noticias de la frontera.
Aldric había reunido un ejército de siete mil hombres y estaba avanzando hacia el paso de Hierro. Grecia iba con él, según los espías, vestida con una armadura negra y montada en un caballo blanco.
—Siete mil —dijo Lars, con el rostro pálido—. Nosotros apenas tenemos cuatro.
—Cuatro mil hombres bien entrenados pueden vencer a siete mil mercenarios —respondí, aunque no lo creía del todo.
—¿Y si no pueden?
—Entonces habremos perdido.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de implicaciones que no necesitaban ser dichas.
—Tengo un plan —dije, señalando el mapa sobre la mesa—. Pero necesito que confíes en mí.
—Siempre confío en usted, señor.
—Entonces escúchame.
Y mientras hablaba, trazando líneas rojas sobre el pergamino con el dedo, supe que esta sería la batalla de nuestras vidas.
La que ganaríamos.
O la que nos mataría.
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Gracias por leer 😊❤️
Recuerden apoyarme 👍🏻
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰