Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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CAPÍTULO 20: Las piezas se mueven
Unos días después de la mudanza de Kael, Mira llegó a su nueva habitación con el rostro encendido por la emoción y el nerviosismo.
—Tienes que escuchar esto —dijo nada más cerrar la puerta.
Kael dejó a un lado el libro que estaba leyendo —uno de geografía que el Emperador le había prestado— y la miró con atención.
—Cuenta.
—Nerea —comenzó Mira, sentándose en el borde de la cama nueva—. Resulta que es la encargada de preparar las infusiones de todas las concubinas. Todas las tardes, a la misma hora, ella misma las hace y las distribuye.
Kael sintió un escalofrío. Todas. No solo Lyra.
—¿Estás segura?
—Completamente, mis amigas en la cocina lo confirman. Y hay más: a veces la han visto recibir paquetes de una mujer con velo, pero no saben quién es.
Kael asintió, procesando. La imagen de Sera entregando algo a Nerea en el patio de servicio encajaba perfectamente.
—Necesitamos una muestra —dijo—, de lo que sea que use. Si podemos conseguir aunque sea un resto del paquete o de las hierbas…
Mira dudó, pero asintió.
—Lo intentaré peero va a ser peligroso. Si me descubren…
—Lo sé, por eso quiero que tengas mucho cuidado. No te arriesgues más de la cuenta.
Mira sonrió, agradecida.
—Por ti, Kael, haría cosas más arriesgadas.
Cuando se fue, Kael se quedó pensando. La pieza clave estaba ahí: Sera tenía acceso a todas las concubinas a través de Nerea. Si estaba añadiendo algo a las infusiones, eso explicaba la infertilidad generalizada. Pero necesitaba pruebas.
Esa misma tarde, en los aposentos de Lyra, la atmósfera era tensa.
La concubina favorita había fingido una jaqueca para quedarse a solas. Desde su lugar junto a la ventana, tras una cortina apenas descorrida, observaba el momento en que le traían el té.
La criada entró con la bandeja, como siempre. Era Elara, una de las sirvientas asignadas a su servicio desde hacía tiempo. No era Alba, su doncella personal, la que había llegado con ella desde el norte, pero llevaba los suficientes meses en sus aposentos como para que sus gestos le resultaran familiares.
Por eso notó algo extraño.
Las manos de Elara temblaban ligeramente al dejar la taza sobre la mesa. Su mirada evitaba el lugar donde Lyra solía estar, como si supiera que no había nadie y aún así temiera ser descubierta.
Lyra contuvo la respiración.
La muchacha miró a un lado y otro, asegurándose de que nadie la veía, y entonces, con un movimiento rápido, sacó un pequeño frasco de entre sus ropas y vertió unas gotas en la infusión. Luego guardó el frasco, enderezó la bandeja y salió con paso apresurado.
Lyra no se movió. Esperó a que los pasos se perdieran en el pasillo, luego salió de su escondite y tomó la taza. La olió, nada extraño, pero su instinto le decía que aquello era la respuesta a su debilidad. Vertió la mayor parte del té en un frasco de cristal que guardó en un cajón cerrado con llave, derramó el resto en una maceta y dejó la taza vacía sobre la mesa.
Luego llamó a Alba.
—Quiero que vigiles a Elara —dijo, describiendo la escena que acababa de presenciar—. Síguela cuando salga de sus tareas, averigua con quién se reúne, a quién le informa. Pero con mucho cuidado, no debe notarlo.
Alba inclinó la cabeza y desapareció.
Lyra se sentó, agotada, pero con una determinación nueva. Alguien estaba detrás de esto y lo iba a descubrir.
En sus aposentos, Sera paseaba de un lado a otro, la información que tenía era valiosa, pero inútil si no sabía cómo usarla. Si ella misma acusaba a Kael de haber planeado los encuentros, Ethan no le creería. Pensaría que era una artimaña más de su esposa política para eliminar a una amenaza. Necesitaba que la información llegara a oídos de Ethan de otra forma, alguien de confianza, alguien que no despertara sospechas.
El encargado de las tareas, pensó, ese hombre gordo y desconfiado que llevaba los registros de las asignaciones. Si Ethan preguntaba, podría confirmar que Kael había solicitado esos lugares y horarios. Pero ¿cómo hacer que Ethan preguntara?
Se detuvo frente al espejo, sus ojos ámbar brillando con frialdad.
Necesito que la duda se siembre. Una conversación casual, un comentario inocente, algo que haga que Ethan quiera comprobarlo por sí mismo —Sonrió, pero era una sonrisa peligrosa—. Y cuando lo haga, cuando sepa que todo fue una estrategia… entonces veremos quién ríe último.
Dos días después, el Emperador volvió a llamar a Kael a sus aposentos. La excusa era seguir hablando de los mapas del norte, de la guerra inminente; pero ambos sabían que había algo más.
Cuando Kael entró, Ethan ya lo esperaba junto a la chimenea. La luz de las llamas bailaba en su rostro, acentuando sus facciones.
—Siéntate —dijo, señalando el sillón frente a él.
Kael obedeció, con esa gracia tranquila que ya le era tan familiar. Llevaba una túnica verde oscura, sencilla, y el cabello suelto cayendo sobre los hombros.
Hablaron de la guerra, de los preparativos, de las rutas de suministro. Kael ofreció algunas ideas basadas en sus lecturas, y Ethan lo escuchó con atención. Pero en algún momento, la conversación se desvaneció.
Ethan lo miró. Esos ojos grises, esa boca, esa piel pálida. Sintió el deseo crecer, caliente, urgente, su aroma de vino amenazó con desbordarse. Apretó los puños, luchando por controlarse.
Kael lo notó. Vio la tensión en su mandíbula, la forma en que sus ojos se oscurecían.
—Majestad —dijo en voz baja—. ¿Se encuentra bien?
Ethan tragó saliva. La pregunta lo desarmó.
—Kael —su nombre sonó ronco—. Necesito preguntarte algo.
—Lo que sea.
—Aquella vez… cuando estuvimos tan cerca. Tú no te apartaste. ¿Por qué?
Kael sintió el calor subir a sus mejillas. Una vergüenza que no era fingida.
—Porque… porque no quería —respondió, bajando la vista—. No quería apartarme.
Ethan levantó una mano y, con una lentitud que delataba su lucha interna, rozó los dedos de Kael. El contacto fue leve, pero a ambos les recorrió un escalofrío.
—¿Y ahora? —susurró, acercando su rostro al de Kael—. ¿Quieres apartarte ahora?
Kael negó con la cabeza, apenas un movimiento. Sus ojos se encontraron.
Ethan deslizó los dedos desde la mano de Kael hasta su muñeca, luego hasta su brazo, y finalmente hasta su rostro. Tocó su mejilla con una suavidad que contrastaba con la intensidad de su mirada, Kaael no se movió, solo lo miró, los labios entre abiertos. Ethan se inclinó más, hasta que sus labios estuvieron a punto de rozarse.
—¿Y esto? —preguntó, con la voz rota—. ¿Quieres esto?
Kael no respondió con palabras. Cerró los ojos.
Ethan lo besó.
Fue suave al principio, un roce apenas, como si temiera romper algo frágil, pero el deseo contenido durante días se desbordó en un instante. El beso se volvió exigente, hambriento, profundo. Las manos de Ethan se enredaron en el cabello de Kael, atrayéndolo más cerca, mientras la lengua exploraba su boca con una urgencia que no podía controlar. Kael respondió con la misma intensidad, sus manos aferrándose a la túnica de Ethan, perdiéndose en el calor de ese momento.
Cuando por fin Ethan se separó, jadeante, apoyó su frente contra la de Kael.
—No quiero que esto sea por obligación —dijo, con voz ronca—. Tú eres mi concubino, podrías pensar que es tu deber… pero no quiero eso. Quiero que sea porque tú lo eliges.
Kael abrió los ojos, grises y brillantes. Su voz tembló, pero fue firme.
—Sé lo que soy, Majestad, un concubino de séptimo rango, y sé que mi deber es complacerle. —Hizo una pausa, sosteniendo su mirada—. Pero no es por eso, n es por obligación. Estoy aquí porque quiero. Porque lo elijo.
Ethan lo miró un instante, y entonces sus labios se curvaron en una sonrisa, una sonrisa genuina, de las que rara vez se permitía. Sin decir nada, volvió a inclinarse y lo besó de nuevo.
Esa noche, en sus aposentos, Sera sonreía frente al espejo. Había hablado con el encargado de tareas, le había hecho las preguntas adecuadas, insinuado las cosas correctas. Pronto, muy pronto, la información llegaría a oídos de Ethan. Y entonces veremos si ese omega sigue pareciendo tan inocente.
Apagó las velas y se acostó, satisfecha.
Pero no sabía que, en una modesta habitación al otro lado del palacio, un omega de ojos grises sonreía en la penumbra, mientras el recuerdo de un beso le ardía en los labios.
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