En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
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Capítulo 07
Thera arqueó una ceja, genuinamente interesada.
—Lyra siempre ha sido impaciente. Pero un accidente real deja demasiados cabos sueltos. Si Helios muere, el Norte se dividirá. Habrá guerra civil, y eso arruinará tus planes de heredar un reino intacto.
—No quiero heredar un reino, Thera. Quiero verlo transformado —Atraeus se acercó a ella, rompiendo la distancia de seguridad—. Quiero que me ayudes a manipular los hilos para que, cuando Helios caiga, la Reina sea la principal sospechosa, y el pueblo pida a gritos un salvador que no tenga el apellido de los tiranos actuales.
Thera se rió, un sonido seco y melodioso.
—Buscas un milagro, Atraeus. O un demonio.
—Busco a Thera —dijo él, colocando una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de ella—. Dicen que puedes predecir el resultado de una batalla solo con mirar cómo vuelan los cuervos. Dime, ¿qué ves en mis cuervos?
Thera no retrocedió. Al contrario, puso una mano en el pecho de Atraeus, sintiendo el latido constante y poderoso de su corazón. Había una tensión eléctrica entre ambos, una atracción nacida no solo de la carne, sino del reconocimiento mutuo de dos depredadores en un bosque lleno de presas.
—Veo que eres un hombre que juega con fuego mientras camina sobre un lago congelado —susurró ella, su rostro a escasos centímetros del suyo—. Veo que tu odio te hace fuerte, pero tu pasado te hace vulnerable. Si quieres mi ayuda, no bastará con oro. Quiero acceso a tus archivos. Quiero saber quién eres en realidad, Atraeus Kade.
—Eso es un precio muy alto, Thera —murmuró él, su mano bajando desde la pared hasta la nuca de ella, sus dedos enredándose en su cabello corto y oscuro.
—Soy una mujer de gustos caros —replicó ella, desafiándolo con la mirada.
Atraeus la atrajo hacia sí con una brusquedad que le cortó la respiración. Sus labios se encontraron en un beso que fue una declaración de guerra. No había la sumisión que encontraba en Marcella, ni la urgencia de Isolda. Con Thera, era una lucha por el dominio. Ella le mordió el labio inferior, saboreando una gota de su sangre, mientras él la apretaba contra su cuerpo, sintiendo la inteligencia vibrante que parecía emanar de cada poro de su piel.
La levantó sobre la mesa, apartando los mapas y los pergaminos con un movimiento violento del brazo. Los documentos que contenían los destinos de miles de personas cayeron al suelo, ignorados. En ese momento, solo existía el choque de sus voluntades.
Atraeus desabrochó la túnica de Thera, revelando una piel pálida marcada por pequeñas cicatrices de experimentos pasados. No dijo nada, pero sus manos, usualmente tan controladas, se movieron con una avidez nueva. Thera lo guio, sus piernas envolviendo su cintura, sus uñas hundiéndose en su espalda a través de la fina seda de su camisa.
—Demuéstrame que eres más que un fantasma de los muelles —jadeó ella entre besos, su voz cargada de un deseo que intentaba enmascarar con cinismo.
Atraeus la tomó allí mismo, sobre la mesa donde se planeaban las caídas de los reyes. Fue un acto de comunión oscura, una alianza sellada con sudor y jadeos reprimidos. Cada movimiento de Atraeus era calculado pero intenso, buscando no solo el placer, sino la rendición de la mente más brillante de Vesperia. Thera, por su parte, le devolvía cada embestida con una fuerza igual, sus ojos ámbar fijos en los de él, como si intentara descifrar los secretos que él guardaba tras sus muros de acero.
En el clímax, cuando el placer amenazaba con hacerle perder el control que tanto valoraba, Atraeus sintió por un instante que no estaba solo en su cruzada. Thera era el espejo de su propia ambición, la pieza que no sabía que le faltaba.
Cuando finalmente se separaron, el silencio de la biblioteca volvió a instalarse, roto solo por sus respiraciones agitadas. Thera se arregló la túnica con una calma asombrosa, aunque sus mejillas aún estaban encendidas.
—Acepto —dijo ella, recuperando su tono profesional mientras recogía un pergamino del suelo—. Me uniré a tu red. Pero recuerda esto, Atraeus: si alguna vez intentas usarme como usas a Marcella o a tus matones, te destruiré antes de que Helios tenga tiempo de parpadear.
Atraeus se terminó de vestir, observándola con una mezcla de admiración y cautela.
—No esperaría menos de ti, Thera. Mañana empezaremos el trabajo de verdad. Necesito que analices los movimientos de la casa Voran. La Reina ha puesto sus ojos en su hija más joven. Si podemos provocar un matrimonio arreglado que sea un desastre para la corona, tendremos nuestra primera gran victoria.
Thera asintió, una chispa de malicia estratégica brillando en sus ojos.
—Un matrimonio arreglado... El veneno favorito de la nobleza. Me gusta. Dejaré que los Voran crean que han ganado la lotería real, mientras nosotros preparamos la soga.
Atraeus la vio salir de la biblioteca, su figura fundiéndose con las sombras. La red ya no era solo un conjunto de hilos sueltos; ahora tenía una tejedora. Se acercó a la ventana y miró hacia el palacio, cuyas luces brillaban en la distancia como joyas en el cuello de un cadáver.
—El solsticio de invierno se acerca, Helios —susurró, mientras una pequeña chispa de magia azulada bailaba entre sus dedos antes de apagarse—. Y esta vez, no habrá nadie para salvarte de la oscuridad que tú mismo creaste.
Con Thera a su lado y los nobles descontentos en su bolsillo, Atraeus sabía que el siguiente paso era el más peligroso: interferir directamente en los linajes de la corte. El capítulo de los susurros había terminado; ahora comenzaba el de las dagas ocultas tras las sonrisas de boda.