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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

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capitulo 10

El olor a combustible quemado parecía haberse filtrado por los conductos de ventilación de la mansión, impregnando hasta las sábanas de seda de mi habitación. No era solo el olfato; era una sensación aceitosa que sentía en la punta de la lengua cada vez que intentaba tragar. Habían pasado apenas unas horas desde que la lancha de Julián se convirtió en una bola de fuego naranja sobre el espejo negro del mar, y el silencio que había quedado en Aethelgard era mucho más violento que la propia explosión.

Me levanté de la cama sin haber pegado ojo. El reloj de la mesilla marcaba las seis de la mañana, pero la luz que entraba por el ventanal era gris, sucia, como si el cielo también se hubiera rendido. Me dolía el cuerpo, un dolor sordo en las articulaciones que no sabía si era por la onda expansiva en el muelle o por la tensión de mantener los músculos rígidos durante toda la noche, esperando que la puerta se abriera.

Bajé al salón principal con la esperanza de encontrar café, o quizás una prueba de que lo de anoche había sido una pesadilla colectiva. Pero allí estaban ellos. Marcus, sentado en el sofá de cuero blanco con una botella de whisky abierta antes del amanecer; Lucía, ovillada en un sillón, mirando fijamente sus manos vacías. La opulencia del entorno —las molduras bañadas en oro, las obras de arte de vanguardia, el suelo de mármol pulido— ahora se sentía como el decorado de un teatro abandonado. Éramos actores que habían olvidado su guion en medio de una función que se había vuelto sangrienta.

—¿Nadie va a decir nada? —pregunté, y mi voz sonó como el crujido de una rama seca en mitad de un cementerio.

Marcus levantó la vista. Tenía los ojos inyectados en sangre y una sombra de barba que le daba un aire de náufrago peligroso.

—¿Qué quieres que diga, Elena? —su voz era un gruñido—. ¿Que Julián está muerto? ¿Que nos han encerrado en una jaula de oro con un puto mago sádico que sabe cuánto dinero tenemos en las cuentas de Suiza?

—Sabía lo de su fundación —susurró Lucía sin levantar la cabeza—. Lo soltó como si nada. Como si estuviera leyendo el periódico.

Me acerqué a la cafetera automática, una máquina de diseño italiano que costaba más que mi primer coche. Al pulsar el botón, el sonido del molinillo me hizo dar un respingo. Estábamos todos al límite. Cada ruido era una amenaza, cada sombra un verdugo. Mientras el aroma del café llenaba el espacio, recordé el proyector en mi habitación. Las imágenes de la carretera. La lluvia. Mi cara de terror.

No les había dicho nada a los demás. No todavía. Si el anfitrión estaba jugando a dividirnos, revelar que él tenía pruebas visuales de "aquella noche" era darle la victoria. Pero el peso del secreto me estaba hundiendo los hombros. Miré a Marcus. Él también estaba en aquel coche. Él fue quien dijo que no podíamos parar, que nuestras carreras se acabarían antes de empezar si alguien veía la matrícula. Lucía iba en el asiento de atrás, llorando, tapándose los oídos mientras el sonido del impacto todavía rebotaba en el metal. Éramos cómplices de un fantasma que ahora, diez años después, había decidido cobrarse el alquiler de nuestra libertad.

—Tenemos que salir de aquí —dije, dándome la vuelta con la taza caliente entre las manos—. A pie. Cruzar el bosque hasta la otra punta de la isla. Tiene que haber algo, una torre de radio, una casa de guardas, lo que sea.

—¿No viste lo de anoche? —Marcus soltó una carcajada seca y carente de humor—. La lancha explotó en cuanto se alejó un kilómetro. Esta isla es un sistema cerrado. Estamos en un puto laboratorio y ese hijo de puta tiene el dedo en el interruptor.

—No podemos quedarnos aquí sentados esperando a que nos llame para la cena para soltar el siguiente secreto —insistí, sintiendo cómo una chispa de rabia empezaba a quemar el miedo—. Julián intentó huir por el agua y falló. Quizás por tierra haya una oportunidad.

Me fijé en el reloj de arena que presidía la mesa del comedor. Era un objeto extraño, de cristal soplado y arena negra, que el servicio —o lo que fuera que operaba la casa— ponía allí cada mañana. La arena caía con una lentitud desesperante. Se había convertido en nuestro tótem particular, la medida exacta de nuestra agonía.

Lucía se levantó por fin. Parecía una muñeca de porcelana a punto de hacerse añicos.

—Elena tiene razón. No puedo estar más tiempo en esta habitación. Siento que las paredes me escuchan.

Marcus dudó, miró su botella y luego a nosotros. Finalmente, se puso de pie con un suspiro pesado.

—Está bien. Pero si acabamos saltando por los aires porque pisamos una mina antipersona de lujo, os juro que os perseguiré en el infierno.

Salimos por la parte trasera, la que daba a la piscina infinita que parecía fundirse con el océano. El agua estaba inusualmente quieta, como un espejo de mercurio. Cruzamos el césped perfectamente segado y nos adentramos en el linde del bosque. En cuanto los árboles se cerraron sobre nosotros, la temperatura bajó varios grados. No era un bosque natural; los árboles estaban demasiado alineados, las especies demasiado seleccionadas para crear una estética de jungla controlada. Pero bajo esa apariencia de jardín botánico, el terreno empezaba a volverse hostil.

Caminamos durante lo que me parecieron horas. El suelo estaba cubierto de una alfombra de hojas muertas que amortiguaba nuestros pasos, creando un silencio opresivo. De vez en cuando, un pájaro gritaba desde las copas de los árboles, un sonido metálico y estridente que nos hacía detenernos en seco.

—¿Habéis notado que no hay insectos? —susurró Lucía de repente.

Tenía razón. No había mosquitos, ni moscas, ni el zumbido constante que acompaña a cualquier bosque en primavera. Solo el viento moviendo las ramas con un ritmo que empezaba a parecerme demasiado constante, casi artificial.

De pronto, Marcus, que iba en cabeza, se detuvo.

—Mirad eso.

Frente a nosotros, el sendero desaparecía ante una verja de alambre de espino de tres metros de altura. No era una simple valla de propiedad; tenía sensores de movimiento y pequeñas cámaras de seguridad que giraban lentamente, siguiendo nuestros movimientos con un "clic" rítmico. Detrás de la valla, la vegetación se volvía salvaje, impenetrable.

—"Zona Prohibida" —leyó Marcus en un cartel de metal pulido, con la misma tipografía elegante que el menú de la cena—. Parece que el anfitrión no quiere que veamos el patio trasero.

Me acerqué a la verja. Al tocar el metal, sentí una vibración sorda, un hormigueo eléctrico que me recorrió el brazo. No estaba electrificada para matar, pero enviaba un mensaje claro: "Sé que estás aquí".

—Elena, vámonos —pidió Lucía, agarrándome del brazo—. Esas cámaras... se están moviendo todas hacia ti.

Miré hacia arriba. Era cierto. Las cuatro cámaras del poste más cercano habían convergido en mi rostro. Sentí una náusea repentina. No era solo vigilancia; era una mirada íntima, cargada de una intención malévola. En ese momento, un altavoz oculto entre la maleza emitió un pitido corto y agudo.

"La curiosidad es un rasgo admirable, Elena", dijo la voz del anfitrión, esta vez sonando mucho más nítida, como si estuviera caminando a nuestro lado. "Pero en Aethelgard, los límites no son sugerencias. Son necesidades. Vuelvan a la villa. El almuerzo se servirá en treinta minutos y odiaría que se perdieran el segundo plato. Julián era el entrante, pero el plato principal requiere... una preparación más delicada".

—¡Hijo de puta! —gritó Marcus hacia los árboles—. ¡Da la cara! ¡Si quieres matarnos, hazlo ya!

"Nadie va a morir hoy, Marcus. Al menos, no físicamente. El cuerpo es solo un envase. Lo que me interesa es lo que hay dentro. Elena, el proyector de tu cuarto tiene más carrete del que crees. ¿No te da curiosidad ver cómo termina la película?".

Me quedé helada. Los ojos de Marcus y Lucía se clavaron en mí.

—¿De qué proyector habla? —preguntó Marcus, estrechando los ojos—. ¿Qué película, Elena?

—Nada —mentí, aunque sentía que la cara me ardía—. Solo está intentando que nos enfrentemos. Es lo que quiere. Dividirnos para que seamos más fáciles de quebrar.

—Tú sabes algo —insistió Marcus, dando un paso hacia mí. Su desesperación se estaba convirtiendo en agresividad—. Llevas toda la mañana rara. Si tienes información y no la compartes después de ver lo que le pasó a Julián...

—¡He dicho que nada! —le grité, y el eco de mi voz se perdió entre los árboles sintéticos.

Un trueno lejano resonó en el cielo, a pesar de que no había nubes de tormenta. El clima de la isla parecía reaccionar al humor del anfitrión. Empezó a llover de golpe, una lluvia fina, fría y persistente que calaba hasta los huesos en cuestión de segundos.

Empezamos a desandar el camino hacia la mansión. Ya no caminábamos juntos; Marcus iba varios metros por delante, Lucía se había quedado rezagada, limpiándose las lágrimas que se mezclaban con el agua de lluvia, y yo iba en medio, sintiendo el peso del sobre negro en mi bolsillo y la imagen de mi propio rostro en la pared de mi habitación.

Al llegar a la villa, la puerta principal se abrió sola, invitándonos a entrar en aquel refugio que ya solo era una prisión de cinco estrellas. En el vestíbulo, el cronómetro rojo seguía descontando segundos con una frialdad matemática.

**54:12:05**

Fui directa a mi habitación. Necesitaba ver ese proyector otra vez, necesitaba saber qué más tenía. Pero al entrar, el dispositivo ya no estaba bajo la cama. En su lugar, sobre la colcha perfectamente estirada, había un objeto pequeño.

Un reloj de arena idéntico al del comedor, pero este tenía una etiqueta atada con un cordel de seda roja. Con manos temblorosas, desaté el nudo y leí la nota. La caligrafía era exquisita, de una elegancia de otra época.

*"El tiempo se agota para todos, pero para ti, Elena, el cristal ya ha empezado a agrietarse. A las 8:00 PM, en el salón de música. Trae el sobre. No querrás que los demás vean la versión extendida de tu gran éxito".*

Miré por el ventanal hacia el muelle. Todavía flotaban algunos restos de la lancha de Julián, meciéndose en el agua como recordatorios de lo que sucede cuando intentas romper las reglas de Aethelgard. Sentí una soledad inmensa. Estaba rodeada de gente que conocía desde hacía años, pero nunca me había sentido tan aislada. En esta isla, el lujo era el envoltorio de un juicio sumario, y yo era la acusada principal de un crimen que ya no podía seguir ocultando tras vestidos caros y sonrisas de éxito.

El segundero del reloj de arena negro empezó a caer. Tac. Tac. Tac. Cada grano era un pedazo de mi vida que se desvanecía, y la noche, la terrible noche del séptimo capítulo, apenas estaba empezando a extender sus alas sobre nosotros.

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