"¡Sofía! ¡Te lo advierto! Si vuelves a lastimar a Valeria, ¡Jamás te lo perdonaré!", fueron las crueles palabras del hombre que amaba, en una advertencia que marcaba el inicio de un capítulo en su vida, lleno de engaños. Arrastrada a una conspiración, destrozada por quien una vez cuidó en su enfermedad. Manipulada, humillada y herida de las formas menos pensadas, lo único que quería era desaparecer sin dejar rastro alguno. Cuando al fin logra escapar de aquel infierno, Matías; el hombre que tanto se encargó de maltratarla injustamente, se quiebra: jamás pensó que aquella mujer que lo separó de su primer amor, hiciera que la culpa lo enloqueciera y el arrepentimiento por sus acciones, aunque llegara tarde, lo quemara por dentro. Tres meses después, el destino los cruzó nuevamente: Sofía regresó transformada, protegida por un poder mucho mayor que el de su esposo. Ahora, trabajando como planificadora de bodas, logró al final alcanzar el empoderamiento que necesitaba para defenderse de las personas que tanto daño le hicieron. Matías, quien creyó en la historia de quien debía ser su esposa en un principio, no solo la reconoció al instante, sino que su mundo se desordenó al ver a una mujer distinta a quien recuerda. Mientras su esposa avanza, el está atrapado entre el arrepentimiento, el deseo de reparar el daño que cometió, y la verguenza por haber sido el quien casi la lleva al borde de la muerte.
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Capítulo 21
El sol de la tarde se filtraba por los ventanales del Atelier de Bodas Elegancia, iluminando los muebles antiguos y los arreglos florales que Sofía Costa había supervisado personalmente. La tensión del encuentro anterior todavía flotaba en el aire. Valeria López, con los ojos llorosos y el rostro enrojecido, se levantó abruptamente del sillón y, sin decir palabra, empujó a Matías Reyes y salió corriendo de la sala de reuniones. Sus tacones resonaban sobre el suelo de mármol mientras sus lágrimas marcaban su frustración y humillación.
Sofía, de pie cerca de la entrada, observó la escena con frialdad. La manera en que Valeria huía, culpando al mundo y a todos menos a sí misma, solo reforzaba la certeza de Sofía de que no había motivo para perder tiempo con esa mujer. Con un suspiro contenido, se giró hacia Luz Marina, que la esperaba a pocos metros.
—Lamento que esto haya arruinado la reunión —dijo Sofía, con una voz calmada y firme—. No era mi intención que afectara el trabajo del atelier.
Luz Marina, con una leve sonrisa comprensiva, negó con la cabeza:
—No te preocupes, Sofía. De hecho, yo tampoco soporto la arrogancia de Valeria. Sabía que colaborar con ella sería problemático, y hoy lo confirmé. Tú hiciste lo correcto.
Sofía asintió ligeramente, pero no pudo evitar que su mirada se dirigiera un momento hacia la puerta por donde Valeria había salido, imaginando la mezcla de orgullo y odio que debía consumirla.
Mientras tanto, afuera del atelier, Valeria había logrado detener a Matías a pocos metros de la calle. Con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada, lo miró fijamente:
—¿Por qué estás del lado de ella? ¿Olvidas que me tuvo encerrada dos años y te engañó con su enfermedad falsa? ¿Ella me golpeó y tú no hiciste nada? ¿Todavía tienes lugar en tu corazón para mí?
Matías se quedó en silencio unos segundos, observando cómo Valeria se aferraba a su brazo, buscando protección y consuelo. Sin embargo, algo en la forma en que ella lloraba ya no lo conmovía del mismo modo que antes. La joven brillante y risueña que recordaba de hace diez años parecía haberse desvanecido, reemplazada por una mujer que manipulaba la emoción para buscar control. Con voz firme, casi exasperada, respondió:
—¿Y qué quieres que haga, Valeria?
Valeria apretó los dientes y sollozó, abrazándolo con fuerza, esperando que él reaccionara a su favor. Sin embargo, mientras Matías la sostenía, su mirada se desvió inconscientemente hacia la puerta del atelier. Allí, en el umbral, Sofía observaba toda la escena con una serenidad que contrastaba con la tensión de los amantes. Tras un breve instante, se giró y caminó por la acera, elegante y segura, desapareciendo entre la multitud de la ciudad.
El corazón de Matías se aceleró al verla alejarse. Un sentimiento desconocido, mezcla de irritación y ansiedad, lo recorrió de pies a cabeza. Cada paso que Sofía daba parecía retumbar en su mente, recordándole lo imposible de controlar aquello que ya no le pertenecía.
Valeria, sintiendo que su posición se desmoronaba, cerró los puños y murmuró con rabia apenas contenida:
—Hace diez años yo era su primer amor… ahora también puedo sacarte de su vida.
Mientras tanto, Sofía recibió una llamada en su teléfono móvil. Era la Directora Rosa, quien la invitaba a encontrarse para obtener información sobre la familia de Nicolás Márquez. Sofía escuchó con atención y, después de concertar el encuentro, guardó el teléfono y continuó su camino.
No mucho después, Matías apareció nuevamente frente a ella, deteniendo el tráfico peatonal con su presencia imponente. Bajó del coche y la miró con los ojos llenos de inquietud y frustración.
—¿Por qué has regresado? —preguntó con voz firme—. Desapareciste hace tres meses y ahora apareces aquí sin previo aviso.
Sofía lo miró de manera directa, sin un ápice de temor, y respondió con voz clara:
—No tengo un propósito que necesites conocer, y aunque lo tuviera, no te incumbe.
Matías dio un paso más cerca, la tensión en sus hombros era palpable. Cada palabra de Sofía parecía desafiarlo, encendiendo un fuego de ira que no podía controlar. Finalmente, levantó la voz, advirtiéndola:
—Eres mi esposa, perteneces a la familia Reyes. Si quieres conservar un mínimo de decoro, no deberías comportarte de forma tan… pública y escandalosa. Tu manera de actuar está manchando la reputación de la familia.
Sofía lo observó, arqueando ligeramente una ceja, y replicó con frialdad:
—¿Reputación? ¿Recuerdas cómo me trataste cuando aún estábamos casados? Nunca pensaste en la reputación de nadie cuando protegías a Valeria y me encerrabas en un sótano. Entonces, ¿de qué hablas ahora?
Matías se quedó en silencio, sorprendido por la contundencia de la respuesta. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un golpe de conciencia atravesarle el pecho. La manera en que había actuado, justificando su favoritismo hacia Valeria y los abusos que Sofía sufrió, se le presentó en toda su magnitud. Un dolor agudo le atravesó el corazón al recordar cada injusticia: las noches que la ignoró, las humillaciones que le infligió y la impotencia que la acompañó.
Sofía, sin apartar la mirada, continuó con voz firme:
—Si realmente te preocupa la familia Reyes, empieza por hacer lo correcto. Deja de intentar controlarme y respeta mi vida. Todo lo que ocurrió en el pasado no puede cambiar el presente ni mi derecho a decidir.
Matías tragó saliva, intentando digerir la fuerza de sus palabras. Nunca había enfrentado a Sofía en igualdad de condiciones, nunca había sentido que su autoridad fuera cuestionada con tal claridad. Por primera vez, comprendió que su conducta anterior no solo había sido injusta, sino que había generado en ella una fuerza y determinación que ahora eclipsaba cualquier resentimiento que él pudiera albergar.
Sofía giró sobre sus talones y se alejó, dejando atrás un silencio pesado y cargado de significado. Matías se quedó inmóvil, observando cómo se alejaba, consciente de que, desde aquel instante, el control que creía tener sobre su familia, su matrimonio y su mundo había cambiado irrevocablemente.
La reputación de los Reyes ya no estaba definida por el miedo o la obediencia de otros, sino por la integridad y el poder de elección de una mujer que había decidido reclamar su vida y su dignidad. Sofía Costa, al retomar su independencia y su voz, había redefinido el verdadero significado del honor familiar: no se trata de proteger apariencias, sino de respetar y reconocer a quienes han sido injustamente silenciados.
Mientras la silueta de Sofía desaparecía en la distancia, Matías se quedó de pie, con el corazón palpitando y la mente confusa. Por primera vez, comprendió que su mundo había cambiado para siempre, y que cualquier intento de retomar lo que había perdido ya no dependía solo de su voluntad.