Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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El reencuentro.
El domingo finalmente había llegado.
Después de semanas de tensión, trabajo en la empresa y soportar la presencia de Paula, Sonia sentía que su mente necesitaba un descanso urgente.
Se estiró perezosamente en su cama y miró el techo.
—Después de tanto estrés… creo que merezco un día para mí —murmuró.
Se levantó con pereza.
—Hoy es día de spa.
Sonia conocía un lugar perfecto en las afueras de la ciudad. Era uno de los spas más exclusivos. No solo ofrecía masajes y tratamientos relajantes, sino también muchas áreas recreativas.
Tenía un enorme campo de golf rodeado de jardines, una pista de patinaje muy amplia, clases de bailoterapia, un gimnasio moderno y varias piscinas climatizadas.
Pero lo que más le interesaba a Sonia era otra cosa.
El área de masajes.
Ese lugar tenía salas privadas donde tanto hombres como mujeres podían recibir tratamientos relajantes.
Sonia sonrió con picardía mientras se vestía.
—Ojalá que el masajista sea un hombre guapo… —dijo en voz baja.
Se miró en el espejo y soltó una pequeña risa.
—Y que esté rebueno como a mí me gusta.
Con ese pensamiento divertido salió de la casa rumbo al spa.
El lugar era aún más impresionante de lo que había visto en internet.
Apenas entró, un aroma suave a aceites esenciales y flores frescas la envolvió.
La música relajante sonaba de fondo.
Personas caminaban tranquilamente entre los jardines o se dirigían a las diferentes áreas del lugar.
Sonia suspiró.
—Esto es justo lo que necesitaba.
Se registró en recepción y pidió un masaje relajante.
—En unos minutos la acompañarán a la sala —dijo la recepcionista.
Sonia asintió y caminó hacia la zona indicada.
Lo que no sabía…
Era que alguien la había visto entrar.
En otra parte del spa, cerca del gimnasio, Santiago levantó la mirada justo cuando Sonia pasaba por el pasillo.
Por un momento pensó que estaba imaginando cosas.
Pero no.
Era ella.
La chica de aquella noche.
La mujer que había desaparecido sin despedirse.
Sus labios se curvaron lentamente en una sonrisa.
—Vaya… vaya… —murmuró.
Apoyó los brazos sobre la baranda y la observó caminar.
—Qué coincidencia tan interesante me da la vida.
Durante días había vuelto al mismo antro esperando verla otra vez.
Pero Sonia nunca apareció.
Ahora… el destino la ponía frente a él nuevamente.
Santiago se enderezó.
—No pienso dejar que se me escape otra vez.
Sin hacer ruido comenzó a seguirla a distancia.
La vio dirigirse hacia el área de masajes.
Cuando Sonia entró a una de las salas privadas, Santiago tuvo una idea.
Caminó directamente hacia el joven masajista que estaba preparándose para atenderla.
—Disculpa.
El chico lo miró.
—¿Sí, dígame?
Santiago sacó su billetera.
—La chica que está en esa sala… es mi novia.
El muchacho lo observó con dudas.
—Quiero darle una sorpresa —continuó Santiago sacó algunos billetes y se los ofreció.
—Solo déjame ocupar tu lugar esta vez.
El masajista dudó unos segundos.
Pero el dinero era más que suficiente para convencerlo.
—Está bien… —dijo finalmente.
Santiago sonrió.
—Gracias.
El chico tomó el dinero y salió del área dejándolo solo.
Mientras tanto…
Dentro de la sala…
Sonia estaba acostada boca abajo sobre la camilla de masaje.
Había cerrado los ojos.
La habitación tenía una luz tenue y una música suave que invitaba a relajarse.
Sonia suspiró.
—Ahora sí… paz y tranquilidad.
Esperaba sentir en cualquier momento las manos del masajista.
Y así fue.
Unos segundos después sintió unas manos grandes y firmes comenzar a trabajar lentamente sobre su espalda.
Sonia sonrió.
—Mmm… nada mal…
Las manos se movían suavemente, recorriendo sus hombros y bajando lentamente por su espalda.
El masaje era realmente bueno.
Demasiado bueno.
Entonces, de repente, una voz se acercó a su oído.
—¿Te gusta el masaje… pequeña traviesa?
Sonia abrió los ojos de golpe.
Se giró un poco, sorprendida.
—¿Qué…?
Giró la cabeza.
Y cuando vio quién estaba detrás de ella, casi se levantó de la camilla.
—¡Tú!
Santiago sonrió con diversión.
—Hola otra vez.
Sonia se incorporó rápidamente.
—¿Qué haces aquí?
Lo miró con sospecha.
—¿Me estás siguiendo?
Santiago cruzó los brazos con calma.
—No te creas tan importante.
Sonia frunció el ceño.
—Entonces ¿qué haces aquí?
Santiago la miró fijamente.
—Digamos que se me hace difícil de olvidarte….
Sonia intentó levantarse de la camilla.
—Yo me voy.
Pero Santiago fue más rápido.
Tomó suavemente sus brazos.
—Espera.
—¡Suéltame!
—La última vez desapareciste sin decir nada.
Sonia lo miró desafiante.
—¿Y?
Santiago se inclinó un poco hacia ella.
—No pienso dejar que escapes otra vez, mi pequeña.
Sus rostros estaban muy cerca.
Sonia podía sentir su respiración.
—Eres un arrogante —murmuró.
Santiago sonrió.
Entonces se acercó lentamente a su cuello.
Sonia se tensó.
—¿Qué haces…?
Pero antes de que terminara la frase, Santiago rozó su cuello con los labios.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Sonia.
—Santiago…
Él sonrió ligeramente.
Luego acercó sus labios a su oído.
Y le dio un pequeño mordisco juguetón.
Ese era el punto débil de Sonia.
Su respiración cambió de inmediato.
Sus manos se tensaron sobre la camilla.
Santiago lo notó.
—Así que esto te gusta bandida… —susurró.
Sonia cerró los ojos por un segundo.
—Maldito…
Pero en lugar de apartarse, giró lentamente.
Ahora estaba frente a él.
Sus miradas se cruzaron.
Había una peligrosa de tensión y deseo en el ambiente.
—No deberías hacer eso —dijo Sonia en voz baja.
Santiago levantó una ceja.
—Entonces dime que no te gusta.
Sonia no respondió.
Solo lo miró.
Y en ese momento su resistencia desapareció.
Sin pensarlo más, se inclinó hacia él.
Y lo besó.
El beso comenzó suave… pero rápidamente se volvió intenso.
Santiago rodeó su cintura mientras ella respondía con la misma pasión.
El tiempo parecía detenerse.
Ambos se habían reencontrado de la forma más inesperada.
Cuando finalmente se separaron, Sonia respiraba agitada.
—Esto es una mala idea… —susurró.
Santiago sonrió.
—Tal vez.
Pero volvió a acercarse.
Y Sonia no se apartó.
El destino parecía empeñado en cruzar sus caminos.Y ninguno de los dos estaba dispuesto a resistirse en los placeres que cada uno sentía.