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Donde El Amor No Se Rinde

Donde El Amor No Se Rinde

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Romance
Popularitas:451
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.

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— La herida que abrió la puerta

La noche era fría y oscura cuando Zorán llegó al encuentro. Su rival, Rástan, un hombre despiadado que controlaba territorios enteros con violencia y miedo, lo esperaba junto a un grupo de hombres armados en un almacén abandonado a las afueras de la ciudad. No había testigos, ni reglas, ni piedad.

—Creí que no vendrías solo —dijo Rástan, sonriendo con malicia.

—No necesito ejército para aplastarte —respondió Zorán con voz firme, sin dar un paso atrás.

La pelea estalló de inmediato. Fue brutal, sucia, sin tregua. Puños que rompían piel, patadas que hacían crujir huesos, golpes que retumbaban en el silencio del lugar. Rástan era más joven, más impulsivo, atacaba con furia ciega. Pero Zorán tenía algo que el otro jamás tendría: experiencia fría, calculada, años de sobrevivir en la sombra. Bloqueaba, esquivaba, devolvía cada golpe con precisión letal.

—¡Te voy a destruir! —bramó Rástan, lanzándose sobre él con un cuchillo.

Zorán lo esquivó, le sujetó la muñeca con fuerza, le dio un empujón que lo hizo tropezar y en un movimiento rápido lo puso contra el suelo, inmovilizándolo.

—Ya terminó —dijo, respirando con dificultad—. Deja de amenazar a los míos.

Pero en ese instante, una idea cruzó su mente, rápida y clara. Si salgo ileso… volverá todo a ser como antes. Se irán. Y yo me quedaré solo otra vez.

Cuando Rástan, furioso, logró liberarse y lanzarle un golpe final con el borde de metal de su cinturón, Zorán no se apartó. Lo recibió. Sintió el corte profundo en el costado, el calor de la sangre empapando su camisa, el dolor agudo que le robó el aliento. Pero no retrocedió. Con la misma mano que le dolía, golpeó a Rástan con fuerza en la sien, dejándolo inconsciente en el suelo.

Se apoyó contra la pared, apretando la herida, sabiendo que no era mortal, pero sí lo bastante grave para parecerlo. Funcionará, pensó, con una mezcla de dolor y esperanza. Funcionará.

La noticia llegó a la casa pequeña antes del amanecer. Damián despertó con el corazón encogido al escuchar la voz temblorosa del médico en el teléfono.

—Está herido, Damián. Es grave. Puede tener complicaciones. Necesita cuidado constante.

No perdió un minuto. Despertó a Elían, le explicó rápido, y corrió hacia la mansión. Al entrar a la habitación de Zorán, se le heló la sangre: él estaba acostado, pálido, con los ojos cerrados, vendado en el costado, y la cama manchada aún con restos de sangre. El médico, un hombre de aspecto serio, lo miró con gravedad.

—La herida es profunda —dijo, tal como Zorán le había pedido, con una generosa suma de dinero ya en su bolsillo—. Si se infecta… puede ser peligroso. Necesita que alguien esté con él las veinticuatro horas. Que lo cuide, que le cambie las vendas, que vigile su fiebre. No puede quedarse solo.

En la cama, junto a él, estaba Lía, con los ojos hinchados de llorar, abrazada al brazo de su padre. Levantó la vista hacia Damián con una carita desolada, perfecta, ensayada en silencio con su padre minutos antes.

—Papá no se mueve mucho —susurró con voz quebrada—. Dice que le duele mucho cuando respira.

Damián se acercó de inmediato, tomó la mano grande y cálida de Zorán entre las suyas.

—Estoy aquí —dijo suavemente—. No te voy a dejar solo.

Zorán abrió los ojos lentamente, como si le costara mucho esfuerzo, y lo miró con una ternura mezclada de dolor.

—No tienes que… —murmuró débilmente—. No quiero ser una carga.

—No digas eso —lo cortó Damián, acariciándole la frente—. Me quedaré. Te cuidaré hasta que estés bien. Lo prometo.

Lía apretó la mano de Zorán con fuerza, sonriendo apenas, una sonrisa pequeña y victoriosa que solo él pudo ver un instante, antes de volver a poner cara de tristeza. Sabía el plan. Estaba ayudando como le dijo su padre para lograr que Demian se quedará con ellos por un tiempo.

—¿De verdad te quedas? —preguntó la niña, con voz suplicante—. ¿Las veinticuatro horas? ¿Hasta que papá pueda levantarse y jugar conmigo otra vez?

—Hasta entonces —confirmó Damián, besándole la cabecita—. No me voy a ir a ninguna parte.

Zorán cerró los ojos, apretando levemente la mano de Damián. Sentía el dolor real en el costado, pero lo que más sentía era algo cálido y ligero en el pecho: al fin tenía lo que quería. Estaba ahí. Con él.

—Gracias —susurró, casi sin voz—. Gracias, Damián.

En los días siguientes, la mansión dejó de ser fría. Damián se instaló en la habitación contigua, entraba y salía con tazas de té, con paños tibios, con palabras suaves que calmaban el dolor. Le cambiaba las vendas con cuidado infinito, le daba de comer en la cama, le leía en voz baja cuando no podía dormir.

Zorán, por su parte, hacía que la recuperación fuera lenta. Cada vez que el médico sugería que ya podía levantarse, él hacía una mueca de dolor, tosía un poco más fuerte, decía que le dolía más de lo que debía. El médico, cumpliendo su parte, asentía y decía que sí, que era normal, que necesitaba más reposo.

Lía, por su lado, era la mejor aliada. Siempre aparecía cuando Damián hablaba de volver a casa.

—¿Ya te vas? —preguntaba con los ojos brillantes de lágrimas que no terminaban de caer—. Pero papá todavía se queja de noche. Dice que solo tú sabes calmarlo.

—Solo un poco más —respondía Damián, cediendo siempre—. Solo unos días más.

Y así, los días se convirtieron en semanas. Elían iba y venía de la universidad, se quedaba a dormir cuando podía, jugaba con Lía en los jardines, y veía cómo su padre y Zorán se acercaban cada vez más, con miradas que no necesitaban palabras, con gestos que hablaban de algo que crecía fuerte y seguro.

Una tarde, cuando estaban solos, Zorán lo tomó de la mano antes de que saliera de la habitación.

—Damián… —empezó, con la voz más sincera del mundo—. No sé qué haría sin ti.

Damián le sonrió, acariciándole el rostro.

—Ya lo sé. Por eso estoy aquí.

1
Brisa Romero
/Proud/
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