Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.
Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.
Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.
Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.
¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?
NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cap. 1 - Mancillada
—Cami, ya nos vamos. Tú te encargas de dejar todo limpio, ¿sí?
—Sí, claro.
Camila limpió cada oficina con esmero. El reloj marcaba las 18:37. Todos los empleados se habían ido ya; solo quedaba ella. Barrió cada rincón con cuidado, ordenó y pasó el trapo por cada escritorio, recogió la basura que había quedado sobre las mesas y la fue echando en una bolsa grande. Después lavó los platos y los vasos que el personal había dejado sucios.
Era su rutina de todos los días: asegurarse de que las oficinas quedaran limpias y agradables para que la gente pudiera trabajar. Sí, era empleada de limpieza. Llevaba casi dos meses en ese puesto. El trabajo era pesado, pero tenía que aguantar; necesitaba cada centavo.
El edificio tenía varias decenas de pisos. La empresa de desarrollo de software donde trabajaba ocupaba solo cuatro; el resto se rentaba a otras compañías. Ella y otros cinco compañeros se encargaban de limpiar esos cuatro pisos. Pero como era la nueva, los demás siempre le cargaban más trabajo, igual que ese día.
Mientras los demás se iban a casa, a ella le tocaba quedarse a limpiar todas las oficinas. Fue piso por piso, sin prisa y sin saltarse nada, hasta que llegó al último, donde estaba la oficina del director general.
Le sorprendió un poco ver la luz encendida en el despacho. *¿El señor Montenegro todavía no se ha ido? ¿Qué hace aquí a estas horas, si su secretaria y su asistente ya se fueron?* ¿Y ella qué debía hacer? ¿Esperar a que él se marchara para limpiar, o dejarlo para la mañana siguiente?
A decir verdad, en los dos meses que llevaba en la empresa nunca había visto a su director de cerca. Solo lo había alcanzado a ver de lejos, y apenas de pasada. Pero, según sus compañeros de limpieza, el señor Montenegro era guapo y frío. Mantenía una distancia enorme con sus subordinados y solo trataba con la gente que consideraba importante. Alguien como Camila no tenía la menor posibilidad de cruzar palabra con él.
Se quedó un buen rato ahí parada, indecisa. Al final, después de pensarlo mucho, decidió esperar.
Desde el otro lado de la puerta oyó a su jefe hablando en voz alta. Para un hombre tan frío y sereno como el señor Montenegro, escucharlo así resultaba algo fuera de lo común. Parecía que estaba discutiendo con alguien, y entonces…
¡CRASH!
De pronto se oyó algo que se hacía añicos, y luego otro estrépito. Camila se quedó helada. El valor se le fue al suelo de golpe. El señor Montenegro estaba furioso de verdad; era evidente que estaba de pésimo humor. No era buen momento para entrar a limpiar.
Decidió irse a casa y dejar esa oficina para el día siguiente. Se dio la vuelta bruscamente y…
¡CRASH!
Tiró la maceta que estaba sobre el escritorio de la secretaria. Se agachó a toda prisa y empezó a recoger los pedazos uno por uno, con las manos temblorosas, rezando para que el director, enojado como estaba, no hubiera oído el ruido.
—¡¿Quién anda ahí?!
¡Pum! El corazón le dio un vuelco.
Escuchó que la puerta se abría y unos pasos que se acercaban. Despacio, muerta de miedo, giró la cabeza, y en efecto: el hombre ya estaba de pie detrás de ella, imponente.
Sus compañeros tenían razón: el señor Montenegro era guapísimo. Medía alrededor de un metro ochenta y cinco, tenía un cuerpo musculoso y unas facciones muy masculinas, una mezcla de rasgos latinos y europeos que le daba un aire exótico. La nariz recta, los labios delgados y muy sensuales. Y los ojos… los ojos la miraban con una furia tremenda. Por donde se le viera, aquel hombre tan atractivo parecía estar borracho. Su cuerpo despedía un fuerte olor a alcohol.
—¡¿Tú quién eres?!
—S-soy… s-soy… soy de limpieza, señor…
—¡¿Qué haces aquí?!
—Eh… este… e-estaba limpiando las oficinas, señor…
—Estabas escuchando mi conversación, ¿verdad?
—N-no… no, señor…
—¡No me mientas! ¡Ven acá!
Max la agarró de la mano y la arrastró hasta su despacho. Luego la aventó sobre el sofá.
¡Paf!
Camila cayó con fuerza sobre los cojines. Antes de que entendiera lo que pasaba, Max ya estaba encima de ella, inmovilizándola con su peso. Con una mano le sujetó ambas muñecas; con la otra le apretó la cara.
—¡Oye, tú! ¡¿Cómo te atreves a botarme?!
Max empezó a desvariar. Tenía los ojos rojos y desenfocados. Entonces le tapó la boca con la suya y le devoró los labios sin piedad, mientras con la mano le mantenía la cara fija para que no pudiera esquivar el beso.
Camila intentó gritar, pero no le salía la voz. Trató de zafarse, pero él era demasiado fuerte. Jamás se imaginó que algo así pudiera pasarle. Su jefe estaba borrachísimo; se notaba en el aliento y en que la estaba confundiendo con otra persona.
Se retorció y trató de patearlo, pero fue inútil. Tenía el cuerpo atrapado; no había forma de escapar.
Empezó a llorar. Las lágrimas le corrían una tras otra por las comisuras de los ojos. Max seguía besándola, le chupaba los labios con fuerza y se los mordía. Era un beso brutal, lleno de rabia.
Sus manos empezaron a recorrerla. Le jaló la blusa con tanta violencia que los botones saltaron y quedaron regados por todas partes. La miró con ojos turbios, en los que ardían el deseo y la ira, y se le echó encima como una fiera.
—¡A-auxilio! ¡Auxiliooo! ¡Señooor, por favor, suélteme, señor!
Camila trataba de gritar, pero la voz se le quebraba en la garganta. Estaba desesperada. Ya presentía que algo terrible iba a pasarle, y lo único que podía hacer era pedir ayuda a gritos.
Max le tapó la boca con la mano y siguió adelante. Impaciente, le arrancó la ropa a la fuerza; en cuanto lo consiguió, la soltó un instante para quitarse la suya. Camila aprovechó ese momento para levantarse y correr hacia la puerta. Pero antes de alcanzar la manija, él la atrapó por detrás y se la echó al hombro.
—¡Señor! ¡Suélteme! ¡No me viole, señor! ¡Por favor, señor!
Camila gritaba y suplicaba. Tenía el rostro desencajado por el pánico y las lágrimas le corrían a raudales. Max no le hizo caso. El deseo lo había cegado y ya no pensaba con claridad. Lo único que tenía en la cabeza era castigar a esa mujer, someterla. ¡Que supiera lo que se sentía ser abandonado!
—¡Cállate, mujer! ¿No es esto lo que querías? ¡¿Eh?! ¡Pues ahora atente a las consecuencias! ¡No hay una sola mujer en este mundo que pueda botar a Maximiliano Montenegro!
La volvió a aventar contra el sofá y se le echó encima. La cubrió con todo su cuerpo y la aplastó con su peso, decidido a doblegar a aquella mujer tan menuda.
Otra vez le devoró la boca, sin darle oportunidad de defenderse, mientras sus manos la recorrían por todas partes. Luego empezó a acomodarse sobre ella.
—Señor, por favor, suélteme. Yo solo soy una empleada, señor. Se lo suplico…
Camila ya sollozaba sin control. La voz se le iba apagando de tanto llorar y el cuerpo se le agotaba de tanto forcejear. Débilmente le golpeaba el pecho con los puños, sin causarle el menor efecto.
Max siguió sin escucharla. El deseo lo tenía completamente ciego; ya le daba igual con quién se estaba acostando. Lo único que necesitaba era desahogar sus ganas en ese mismo instante. Y, de una sola embestida, tomó posesión de su cuerpo.
Camila soltó un grito de dolor. Max le cubrió la boca con la suya y siguió empujando dentro de ella con brutalidad, haciéndola temblar de dolor. Ya no podía defenderse; solo le quedaban las lágrimas que seguían escurriéndole por las comisuras de los ojos. Su mirada se volvió apagada, vacía. La habían mancillado.