Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
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Capítulo 3: El choque en la torre de cristal
A las cinco y media de la mañana, el viento helado del lago Michigan cortaba como una cuchilla sobre Lake Shore Drive.
Gabriela Hayes no sentía el frío. Inclinó el chasis de su Ducati Panigale V4 negra hasta que la rodillera de cuero casi rozó el asfalto en la curva de Oak Street, sintiendo los doscientos catorce caballos de fuerza empujando bajo su cadera en un rugido sordo y visceral. La adrenalina le limpiaba los pulmones; sobre dos ruedas no había consejos de administración, no había árboles genealógicos ni herencias multimillonarias que pesaran sobre sus hombros. Solo existían el equilibrio, el punto de contacto de los neumáticos y la velocidad pura.
Frenó con suavidad frente a la rampa subterránea de la torre corporativa de Hayes Global Industries, en pleno corazón de Chicago.
Se quitó el casco integral de fibra de carbono y sacudió una melena castaña con reflejos cobrizos que le caía en ondas salvajes sobre los hombros. A sus veintisiete años, Gabriela tenía la estatura estilizada de una nadadora de fondo, pómulos altos y unos ojos de un verde avellana tan penetrantes que solían desconcertar a los ejecutivos veteranos de Wall Street. Pero detrás de su rostro de portada de revista había una mente forjada en un doble grado de Ingeniería Mecánica y Finanzas en Wharton, con honores que nadie le había regalado.
Subió al ático en el ascensor privado. En el vestidor contiguo al despacho presidencial, se despojó del mono de cuero térmico, se duchó en diez minutos y se puso un traje sastre azul marino de corte milimétrico que resaltaba sus curvas sin perder un ápice de autoridad.
A las siete y cuarto, las puertas del despacho principal se abrieron con un chasquido rotundo.
Arthur Hayes, un patriarca de sesenta años con cabello plateado y la mandíbula cuadrada de los magnates del acero del Medio Oeste, arrojó una carpeta de piel sobre la mesa de juntas.
—Diez meses, Gabriela. No te estoy pidiendo una opinión; te estoy dando un calendario de transición. En diez meses me retiro al rancho de Montana y tú asumes la presidencia ejecutiva de Hayes Global.
Gabriela no se inmutó. Terminó de servirse un espresso doble, se sentó en el extremo opuesto de la mesa y apoyó los antebrazos sobre el caoba.
—Dije dos años, papá. Y la respuesta sigue siendo no.
Arthur se pasó una mano por las sienes, conteniendo un bufido de exasperación:
—Tienes tres maestrías, conoces las patentes de turbinas mejor que los ingenieros de planta y llevas cinco años auditando nuestras subsidiarias. ¿Qué demonios pretendes demostrar trabajando dos años más fuera de la cabecera?
—Pretendo demostrar que puedo sostener una estructura corporativa sin que el apellido Hayes me limpie el camino antes de que dé el primer paso —replicó ella, con una calma que desarmaba la furia de su padre—. En cualquier empresa de este país, desde Nueva York hasta Seattle, los directores van a adivinar quién soy en el primer apretón de manos. Me van a sonreír con condescendencia, me van a perdonar los errores porque juegan al golf contigo y no voy a saber jamás si mis decisiones funcionan por mérito propio o por el peso de tus acciones. Necesito fango real, papá. Un entorno hostil donde nadie me deba pleitesía.
—¡Es absurdo! —bramó Arthur—. ¿Dónde vas a encontrar un entorno hostil que esté a la altura de tu capacidad sin que sospechen quién eres?
—En Milán, por ejemplo.
Una voz desconocida, teñida de un acento italiano elegante y profundo, interrumpió la discusión desde la puerta abierta de la antecámara.
Arthur y Gabriela se giraron al unísono.
Giancarlo Castelli permanecía de pie en el umbral, impecablemente vestido con un abrigo de paño camel sobre un traje cruzado, con su maletín de cuero en la mano y una expresión de asombro fascinado en el rostro. Había llegado media hora antes de la cita para la cumbre de turbinas aeroespaciales y había escuchado el intercambio a través del cristal entornado.
—Giancarlo... —carraspeó Arthur, recobrando la compostura de inmediato y levantándose para estrechar la mano del italiano—. Discúlpanos. Estábamos resolviendo una disputa doméstica menor. Pasa, por favor.
Giancarlo no miró a Arthur; clavó sus ojos oscuros en Gabriela, evaluando la postura firme de la joven, el fuego analítico de su mirada y esa rigidez de hombros que denotaba a alguien acostumbrado a no ceder un solo palmo de terreno.
—Una disputa doméstica que acaba de darme la idea más brillante de los últimos cinco años, querido Arthur —dijo Giancarlo, soltando una risa seca y cansada mientras tomaba asiento—. Señorita Hayes, perdóneme por entrometerme, pero si usted busca un entorno hostil donde nadie conozca su apellido y donde cada hora de trabajo sea una batalla campal... creo que la providencia la puso en mi camino esta mañana.
Gabriela enarcó una ceja, midiendo al recién llegado con cautela:
—¿A qué se refiere, señor Castelli?
Giancarlo soltó un suspiro pesado, apoyando los codos en la mesa y frotándose el puente de la nariz con una frustración que parecía drenarle diez años de vida.
—Me refiero a mi hijo. Matteo. Director ejecutivo de Castelli Automotive en Milán.
Arthur soltó un bufido de reconocimiento:
—Ah, el piloto. He leído sobre él en la prensa europea. Dicen que es un genio con la aerodinámica de los motores y una pesadilla andante para cualquiera que trabaje bajo su mando.
—Un genio insoportable, arrogante y desquiciado —corrigió Giancarlo con una amargura visceral—. Matteo cree que el universo gira alrededor de su telemetría. Es implacable, metódico hasta la neurosis y tiene un humor que hace renunciar a ingenieros con treinta años de carrera porque una coma está fuera de lugar. Pero ese no es su peor defecto.
Giancarlo miró a Gabriela directamente a los ojos:
—Su peor defecto es su ego. Matteo está convencido de que las mujeres carecen de capacidad analítica para los negocios. Dice que son emocionales, inestables y que cualquier secretaria que entra a su oficina lo hace únicamente con el objetivo de acostarse con él. Y lo peor de todo... es que las idiotas que hemos contratado hasta ahora le han dado la razón.
Gabriela sintió que una llamarada de desprecio puro le encendía la sangre bajo la piel.
—¿Las despide después de llevárselas a la cama? —preguntó ella, con una frialdad que cortó el aire.
—A los quince días —admitió Giancarlo con vergüenza ajena—. Dice que una vez que cruzan esa línea pierden la concentración y cometen errores en la agenda. Esta mañana despidió a la sexta en lo que va de año. Recursos Humanos está al borde de una huelga, el consejo directivo me exige una solución y mi hijo se burla en mi cara diciendo que ninguna mujer en este planeta tiene el cerebro para aguantarle el ritmo sin caer rendida a sus encantos.
Gabriela se recostó despacio en su sillón, entrelazando los dedos sobre la madera. Una sonrisa gélida, calculadora y peligrosamente hermosa comenzó a dibujarse en sus labios.
—Un déspota misógino con delirios de grandeza y adicción a inflarse el ego en boxes.
—El mismísimo diablo con traje de tres piezas —asintió Giancarlo, y de pronto sus ojos brillaron con una astucia salvaje—. Arthur, tú necesitas que tu hija se foguee durante un año en el infierno sin que nadie la trate con privilegios. Y yo necesito un misil teledirigido que le borre la sonrisa idiota a mi hijo y le demuestre que hay mujeres capaces de manejar su empresa con una mano mientras con la otra lo mandan al demonio.
Arthur parpadeó, perplejo:
—Espera un momento, Giancarlo. No voy a mandar a mi única heredera a servirle café a un mujeriego en Italia...
—No sería la heredera de Hayes Industries, papá —interrumpió Gabriela, y su voz sonó tan rotunda que ambos hombres guardaron silencio—. Sería una asistente extranjera. Un contrato temporal de un año. Sin recomendaciones de la embajada, sin contactos familiares y con un sueldo administrativo común.
Gabriela se inclinó hacia Giancarlo, fijando sus ojos verdes en el patriarca italiano:
—Tengo tres condiciones, señor Castelli.
—Las que usted quiera —respondió el italiano sin dudar.
—Primero: confidencialidad absoluta. Si su hijo o cualquier miembro de su junta directiva descubre mi verdadera identidad antes de que se cumpla el plazo de trescientos sesenta y cinco días, rescindo el acuerdo y mi padre cancela la provisión de turbinas para sus aviones. Segundo: voy a llevar conmigo a mi propia analista de sistemas, mi mejor amiga, contratada en el departamento de soporte técnico de su torre. Necesito a alguien de mi total confianza dentro del edificio.
Giancarlo asintió de inmediato:
—Hecho. ¿Y la tercera?
Gabriela sonrió con una malicia que habría hecho temblar a los mecánicos de Monza:
—La tercera es sobre su hijo. Si él cree que todas las mujeres caemos ante su estúpido perfil de piloto seductor... me voy a asegurar de que ni siquiera intente mirar hacia mi escritorio. Voy a hacer que se atragante con su propia soberbia sin tocarle un solo pelo.
Cuarenta y ocho horas después, en un apartamento de ladrillo visto en el barrio de Lincoln Park, dos maletas abiertas descansaban sobre la alfombra entre montañas de ropa.
Chloe Bennett, una pelirroja menuda con gafas de pasta, experta en ciberseguridad y la única persona en la tierra capaz de decirle a Gabriela Hayes que estaba completamente loca, sostenía una percha con una expresión de horror genuino.
—Dime que esto es una broma de mal gusto, Gaby —dijo Chloe, agitando un suéter de lana gruesa en tono marrón tabaco que parecía haber sido diseñado para un bibliotecario de la era soviética—. Tienes un cuerpo que parece esculpido por encargo y vas a meterte en este saco de papas para trabajarle a un playboy italiano.
—Ese es el punto exacto, Chloe —respondió Gabriela, terminando de empacar tres pares de pantalones rectos, holgados y de pinzas en colores gris marengo y azul marino apagado—. Matteo Castelli tiene un radar biológico programado para cazar asistentes que usan faldas tubo y tacones de diez centímetros. Si le pongo una minifalda delante, pasará el primer mes intentando convencerme de subir a su ático. Si le pongo un muro de lana acrílica, ropa dos tallas más grande y una libreta de notas, no verá a una mujer: verá a un electrodoméstico que le organiza los vuelos a Tokio.
Gabriela se plantó frente al espejo del vestidor.
Se recogió el cabello en un moño bajo, tirante y severo, sin un solo mechón suelto. Se colocó un par de gafas de montura de carey pesada con cristales sin graduación que le reducían visualmente el tamaño de los ojos y le ocultaban la curva elegante de las cejas. Sin una gota de maquillaje, con el rostro limpio y neutral, y enfundada en una camisa abotonada hasta el último ojal bajo una rebeca informe, la radiante heredera de Chicago había desaparecido por completo.
En su lugar quedaba la señorita Gabriela Novak: una eficiente, discreta e invisible asistente de administración general.
Chloe soltó una carcajada limpia desde la cama:
—Santo cielo... Si tu padre te viera ahora mismo, te donaría a un convento. ¿Y de verdad crees que vas a aguantar a ese tipo un año entero sin partirle una grapadora en la cabeza? Giancarlo dijo que tiene el humor de un perro rabioso.
Gabriela tomó su bolso de cuero gastado y lo colgó de su hombro, mirándose en el cristal con una calma que rozaba lo aterrador:
—He bajado pendientes de montaña a doscientos kilómetros por hora en una moto de pista, Chloe. Un piloto engreído con traje caro y complejo de emperador no me dura ni tres curvas. Mañana aterrizamos en Milán... y vamos a enseñarle al señor Castelli cómo se conduce una empresa de verdad.