Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
NovelToon tiene autorización de Betsy Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El castillo que la reclamaba
Las puertas del castillo se abrieron antes de que Darian llegara a las escalinatas. Náyrel, todavía entre sus brazos, levantó la cabeza y contempló las torres negras que se elevaban sobre la montaña, recortadas contra un cielo cubierto de nubes plateadas. La fortaleza parecía construida con la misma oscuridad que habitaba en las pesadillas: murallas interminables, ventanales estrechos y estandartes que ondeaban sin que soplara el viento. Sin embargo, lo que más la inquietó fueron las figuras que aguardaban en la entrada. Hombres y mujeres vestidos con ropas elegantes inclinaron la cabeza cuando Darian se acercó, pero sus miradas se desviaron inmediatamente hacia ella. Algunos parecían sorprendidos; otros, aterrados. Una mujer anciana dejó caer el bastón que sostenía al distinguir el cabello blanco de Náyrel. La joven no entendía aquella reacción, aunque comprendió que su llegada significaba mucho más de lo que Darian le había explicado.
—¿Quién es ella, mi señor? —preguntó un guardia.
Darian ni siquiera se detuvo.
—Mi invitada.
Náyrel soltó una risa incrédula.
—¿Invitada? ¡Me has cargado durante medio bosque sin preguntarme siquiera si quería venir!
El soberano bajó los ojos hacia ella. Su expresión continuaba siendo imperturbable, como si sus protestas fueran un inconveniente menor.
—Puedes explicárselo personalmente a todos cuando estés instalada.
—No pienso instalarme en ninguna parte.
—Entonces tendrás que conformarte con una habitación temporal.
—¡Eres insoportable!
—Me lo han dicho antes.
La respuesta la desconcertó tanto que dejó de protestar durante unos segundos. Darian aprovechó el silencio para cruzar el vestíbulo principal, donde una enorme lámpara de cristal oscuro iluminaba un suelo de mármol negro. Retratos de antiguos gobernantes cubrían las paredes y, sobre una escalera de piedra, había un ventanal circular que mostraba una luna tallada en plata. Náyrel sintió que la marca de su muñeca comenzaba a calentarse de nuevo. Se removió inquieta y observó el símbolo grabado en el ventanal: una luna rodeada por siete estrellas. Era idéntico al dibujo que aparecía en las páginas más antiguas de su cuaderno, aquellas que nunca había logrado descifrar. Antes de que pudiera examinarlo mejor, Darian la llevó por una galería y se detuvo frente a una puerta de madera oscura.
—Esta será tu habitación.
—¿Y qué te hace pensar que voy a quedarme?
—La puerta está abierta. Puedes entrar caminando o puedo llevarte hasta la cama. Tú decides.
Náyrel le lanzó una mirada furiosa y se deslizó de sus brazos en cuanto él la dejó en el suelo. Entró por su propio pie, únicamente para demostrarle que no necesitaba que la cargara, y se volvió hacia él con el mentón en alto. La habitación era más grande que toda su cabaña. Tenía una cama con dosel, una chimenea encendida, cortinas color plata y un balcón que daba a los jardines del castillo. Sobre una mesa había agua fresca, pan, frutas y una jarra de infusión de hierbas. Junto a la ventana descansaba una cesta con plantas medicinales cuidadosamente seleccionadas. Náyrel reconoció varias que solo crecían en las zonas más profundas del bosque.
—¿Cómo conseguiste esto? —preguntó, olvidándose por un instante de su enfado.
—Pedí que prepararan la habitación.
—Estas plantas no se encuentran en los jardines de un castillo.
—Kael las consiguió.
—¿Y cómo sabía cuáles utilizo?
Darian guardó silencio un momento.
—Te observé mientras recogías tus provisiones.
Náyrel sintió que un escalofrío le recorría la espalda. No le gustaba imaginar que aquel hombre hubiera estado siguiéndola antes de presentarse frente a su cabaña.
—¿Cuánto tiempo llevas vigilándome?
—Lo suficiente para saber que apenas comes cuando estás preocupada y que utilizas más magia de la que tu cuerpo puede soportar.
—No vuelvas a observarme de esa manera.
Darian la miró con una seriedad que borró cualquier rastro de humor.
—Entonces deja de ponerte en peligro.
—No eres mi dueño.
—No he dicho que lo sea.
—Pero actúas como si lo fueras.
Por primera vez desde que lo conocía, Náyrel consiguió que él no tuviera una respuesta inmediata. Darian desvió la mirada hacia la ventana y se ajustó uno de los guantes. Su silencio la irritó todavía más que cualquier orden.
—Quiero volver a mi casa —insistió ella.
—No esta noche.
—No puedes retenerme aquí.
—Hay algo ahí fuera que puede encontrarte ahora que tu marca ha despertado. Hasta que sepa qué es, no abandonarás estas murallas.
—¿Y si no acepto?
Darian se acercó a la puerta.
—Puedes odiarme todo lo que quieras, Náyrel. Pero seguirás viva para hacerlo.
Salió antes de que ella pudiera responder y cerró la puerta tras de sí. El sonido del cerrojo hizo que Náyrel corriera hacia la entrada, pero descubrió que no estaba cerrada con llave. Tiró del picaporte y salió al pasillo, donde dos guardias permanecían a varios metros de distancia. Ambos se enderezaron al verla.
—Necesito salir —dijo ella.
Los guardias intercambiaron una mirada.
—Lo sentimos, señora. Tenemos órdenes de no dejarla abandonar el castillo.
—Entonces apartaos.
Ninguno se movió.
Náyrel alzó una mano y una corriente de aire recorrió el pasillo. Las antorchas se apagaron simultáneamente. Aprovechando la oscuridad, echó a correr por la galería, descendió una escalera y atravesó una puerta lateral que daba a los jardines. La noche la recibió con una ráfaga helada. Por fin había encontrado una salida y, aunque no conocía los alrededores, estaba decidida a alejarse antes de que Darian pudiera detenerla.
No llegó muy lejos.
Al cruzar el primer arco de piedra, una barrera invisible se encendió frente a ella. La energía plateada se extendió por el aire y la obligó a retroceder. Náyrel apoyó ambas manos contra aquella pared mágica, intentando abrir una brecha, pero su poder rebotó sobre la superficie y le recorrió los brazos como una descarga. Cayó de rodillas, respirando con dificultad.
—Te advertí que no utilizaras tu magia sin comprender lo que te sucede.
La voz de Darian surgió detrás de ella.
Náyrel cerró los ojos, furiosa consigo misma por haber permitido que la encontrara tan pronto. Él se agachó a su lado, le tomó cuidadosamente la muñeca y examinó la marca, que ahora brillaba como una pequeña estrella.
—¿Qué me está pasando? —preguntó ella, esta vez sin ocultar el temor.
Darian contempló el símbolo durante unos segundos. Cuando finalmente levantó la mirada, su rostro había perdido toda expresión.
—Eso es precisamente lo que necesito averiguar.
Y, desde lo alto de la torre más antigua, la campana volvió a sonar.
Esta vez, Náyrel escuchó una voz que no provenía de Darian ni de ninguno de los habitantes del castillo.
Una voz femenina, antigua y lejana, que susurró su nombre.