Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 11
El gran salón de la mansión Smith se había transformado en un tribunal implacable. Las pesadas cortinas de terciopelo negro cubrían los ventanales, bloqueando la luz del exterior y dejando que el espacio se iluminara únicamente con el parpadeo lúgubre de antorchas y cirios. En la tarima principal, sentados sobre altos sitiales de caoba, los ancianos del consejo observaban con rostros de piedra. A su lado, la matriarca Karen permanecía de pie, con la mandíbula rígida y los ojos consumidos por el dolor y la sed de venganza.
James ocupaba el asiento central de liderazgo, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas cubriendo su boca. Su mente era un campo de batalla silencioso, desgarrada entre el peso de las pruebas y la duda punzante que las palabras de Serena le habían sembrado en el calabozo.
Las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par con un chirrido seco.
Dos guardias hicieron su entrada, flanqueando a Serena. La chica caminaba con dificultad, arrastrando las pesadas cadenas de hierro que aprisionaban sus muñecas y tobillos. Su vestido marfil seguía manchado con la sangre seca de Jacob, un recordatorio macabro que hizo que varios miembros del consejo fruncieran el ceño con repugnancia.
Al fondo del salón, de pie entre los invitados y los miembros de menor rango de la manada, se encontraba el padre de Serena. Su rostro era el retrato vivo de la derrota: la piel grisácea, los hombros vencidos y una desesperación silenciosa devorándole las entrañas desde el momento en que se dio cuenta de que su hija iba a ser ejecutada por un crimen que no cometió. El peso de la culpa por haberla abandonado cobardemente la noche anterior lo estaba quemando por dentro.
El patriarca del consejo, un lobo anciano de barbas blancas y voz cavernosa, se puso de pie e hizo señas para que se guardara silencio.
—Serena —resonó la voz del anciano por todo el salón, solemne y definitiva—. Las pruebas son concluyentes y el clamor de la manada exige justicia. Te encuentras acusada de romper la ley sagrada de la sangre al quitarle la vida al Alfa menor, Jacob Smith. ¿Tienes algo que decir antes de que el consejo dicte sentencia y se ordene tu ejecución al amanecer?
Serena levantó la vista, con los ojos anegados en lágrimas pero sosteniendo la mirada con dignidad. Abrió los labios para repetir lo que había sostenido desde el primer segundo, dispuesta a gritar su inocencia ante los jueces...
—¡Esperen! ¡Deténganse! —un grito desesperado y ronco rompió el silencio del salón.
La multitud se abrió con murmullos de sorpresa mientras el padre de Serena se abría paso a empujones entre la gente, avanzando tambaleándose hasta quedar al pie de la tarima principal, con el pecho agitado y las manos temblando.
—Padre... —susurró Serena, con los ojos abiertos de par en par, sintiendo que el corazón se le detenía en el pecho.
El anciano del consejo lo miró con el ceño fruncido.
—Identifícate. Estás interrumpiendo un juicio sagrado de la manada.
El hombre tragó saliva, obligándose a sostener el peso de las miradas de todos los presentes, especialmente la de la matriarca Karen y la de James, quien se enderezó lentamente en su asiento con una expresión de profunda perplejidad.
—Soy yo... el padre de Serena —respondió el hombre con la voz quebrada pero forzando una firmeza desesperada—. Ella no lo hizo. No mató al Alfa.
Un murmullo escandalizado recorrió el salón como un fuego salvaje.
—¿De qué estás hablando, insensato? —exclamó Karen, dando un paso al frente con furia contenida—. ¡La chica fue encontrada con las manos ensangrentadas junto al cuerpo!
El padre de Serena cerró los ojos un instante, asumiendo el sacrificio con una agonía silenciosa.
—Fui yo... Yo maté a Jacob —mintió con voz temblorosa, señalando el cuerpo ausente del Alfa—. Discutimos por el futuro de mi hija, por el desprecio con el que su familia nos trataba... Perdí la cabeza, lo atacé en la oscuridad del sendero y huí. Mi hija llegó después, intentó salvarlo y por eso sus manos se mancharon de sangre. ¡Ella es inocente! ¡Mátenme a mí, pero déjenla ir!
—¡Papá, no! ¡Por supuesto que no! —estalló Serena, rompiendo en un llanto desesperado mientras tiraba de sus cadenas e intentaba abalanzarse hacia él, siendo detenida bruscamente por los guardias—. ¡Estás mintiendo! ¡Tú serías incapaz de hacer algo así! ¡Nosotros no fuimos, papá! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Mírame, por dios, no digas tonterías delante de todos!
Los gritos desgarradores de Serena resonaban contra los muros, rebotando en el pecho de James, quien observaba la escena con la mandíbula tensa hasta el límite.
En la primera fila de la audiencia, Selma contuvo la respiración, con los nudillos blancos de tanto apretar su bolso negro, sintiendo un sudor frío recorrer su espalda ante el giro inesperado.
El patriarca del consejo miró al hombre con sospecha y luego a Serena, que seguía forcejeando y suplicando entre lágrimas.
—Una confesión tan repentina y conveniente no borra la sangre, forastero —sentenció el anciano con frialdad—. Si ambos participaron en la conspiración...
—¡Basta! —rugió James.
Su voz, impregnada con la autoridad natural y feroz del nuevo Alfa, retumbó en cada rincón de la mansión, apagando de golpe todos los murmullos. James se puso de pie, descendió los escalones de la tarima con paso firme y se detuvo justo frente al padre de Serena, mirándolo de hito en hito con una sospecha helada congelada en sus ojos dorados.