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Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: Fuego cruzado

A las siete y veinticuatro de la mañana, el silencio de la planta cuarenta y dos solo era interrumpido por el ronroneo regular de la cafetera de émbolo y el zumbido del aire acondicionado.

Gabriela Novak depositó una carpeta de piel negra sobre el escritorio de roble de Matteo Castelli. La alineó a noventa grados exactos respecto a la esquina izquierda de la alfombrilla del ratón, colocó una copia impresa del desglose de telemetría de Balocco justo al lado y dejó una taza humeante de espresso con leche de avena a sesenta y cinco grados sobre el posavasos térmico.

Eran las siete y veinticinco en punto cuando cerró la puerta de cristal tras de sí y tomó asiento en su puesto de recepción.

Para ese miércoles, su vestuario parecía haber sido rescatado del fondo de un baúl olvidado en un hospicio de Silesia: una falda plisada de paño pesado en color tabaco quemado que le cubría las pantorrillas, combinada con una blusa de cuello cisne en beige apagado bajo un cárdigan de punto grueso con botones de madera gigantescos y coderas rectangulares. Sus gafas de carey dominaban el tercio superior de su rostro y su cabello oscuro estaba recogido en el moño tirante de todos los días, sin un solo milímetro fuera de lugar.

El pitido del ascensor privado anunció la llegada del director ejecutivo a las siete y treinta y un minutos.

Matteo Castelli cruzó el pasillo con la mandíbula apretada y la corbata de seda gris perfectamente ajustada bajo un traje a medida de raya diplomática en azul marino. Tenía los ojos ligeramente enrojecidos por haber pasado la noche revisando los tiempos de vuelta de Balocco hasta las cuatro de la madrugada, buscando desesperadamente un error de cálculo en las correcciones de su asistente.

No había encontrado ninguno. Cada décima ganada en la pista piamontesa respondía con una precisión escalofriante a las fórmulas de la chica.

Matteo se detuvo frente al mostrador de recepción, clavándole una mirada cargada de una sospecha densa y sombría:

—Seis minutos de retraso en mi café, Novak.

Gabriela ni pestañeó. Levantó la muñeca para mostrar un reloj de esfera cuadrada y correa de cuero desgastado:

—Su café fue servido en su escritorio a las siete y veinticinco, señor Castelli. Seis minutos de retraso es el tiempo que usted tardó en subir desde el garaje subterráneo porque se quedó discutiendo con el encargado de seguridad sobre los registros de cámaras perimetrales.

Matteo se tensó de pies a cabeza. Los ojos avellana se le oscurecieron:

—¿Ahora también controla mis conversaciones con el personal de seguridad?

—No controlo sus conversaciones, señor Castelli; controlo el impacto de sus distracciones en la agenda matutina —respondió ella, abriendo una hoja de cálculo con la frialdad de un cirujano—. El informe de Balocco está sobre su mesa con las firmas de validación de Marcozzi. A las nueve tiene la sesión extraordinaria con el comité de finanzas para aprobar los presupuestos de mecanizado y a las diez y media la llamada con el consorcio aeroespacial de Zúrich.

Matteo apoyó ambas manos sobre el mostrador, inclinándose hacia adelante hasta que su presencia física invadió el espacio con ese calor autoritario que desprendía como un radiador encendido:

—Dígame algo, Novak... El informe de seguridad de Monza menciona que la policía municipal interrogó anoche a dos mecánicos de Navigli buscando el taller de la Panigale negra. ¿No tiene nada que comentar al respecto?

Gabriela levantó la vista despacio, acomodándose las gafas con el dedo índice. Detrás de los cristales gruesos, sus ojos verdes sostenían la mirada del italiano con una quietud tan profunda y desprovista de culpa que a Matteo se le erizó el vello de los brazos:

—Comento que la policía municipal de Milán gasta recursos públicos persiguiendo sombras en lugar de patrullar las zonas de carga del puerto seco, señor Castelli. Y que su obsesión con esa motocicleta empieza a rayar en la patología clínica. Si necesita un canal de desahogo para su frustración deportiva, le sugiero una hora extra de simulador en lugar de interrogar a su secretaria sobre el tráfico nocturno de Lombardía.

Matteo abrió la boca para descargar una réplica letal, pero el timbre del ascensor ejecutivo volvió a sonar, rompiendo la tensión en la recepción.

Las puertas correderas se abrieron para dar paso a Christian Vance.

El piloto británico vestía un impecable traje gris de tres piezas cortado con la precisión desahogada de Savile Row, un pañuelo de seda blanco asomando por el bolsillo superior y un abrigo de cachemira abierto sobre los hombros. En la mano izquierda sostenía un paquete cilíndrico envuelto en papel de seda azul marino con el sello dorado de Fortnum & Mason.

—¡Buenos días a la fortaleza del titanio! —saludó Vance en inglés, con esa voz arrastrada y aristocrática que parecía llenar cualquier estancia con una insolencia encantadora—. Veo que el humor matutino de Castelli sigue compitiendo con el de un oso con dolor de muelas.

Christian ignoró por completo a Matteo, dio tres pasos largos hacia el mostrador de Gabriela y se detuvo frente a ella con una reverencia impecable, dejando el paquete de Fortnum & Mason sobre el escritorio con una suavidad deliberada:

—Señorita Novak. Una pequeña muestra de gratitud británica por haberme ahorrado tres décimas en Balocco ayer por la tarde. Es una mezcla privada de té Earl Grey con flores de azahar de los almacenes reales de Londres. Me aseguré de que no contenga polen de lirio ni azúcares refinados para no ofender sus impecables estándares biológicos.

Gabriela contempló la caja con una leve inclinación de cabeza, y por primera vez en tres semanas, una comisura de sus labios se curvó en una sonrisa casi imperceptible, pero genuinamente divertida:

—Un detalle sumamente considerado, señor Vance. A diferencia de las costumbres locales, veo que en las islas británicas todavía entienden la diferencia entre un soborno institucional y una muestra de diplomacia deportiva. Se agradece el gesto.

Matteo se quedó inmóvil a dos metros de distancia, sintiendo que la sangre le subía por el cuello en una llamarada de combustión espontánea.

La misma mujer que había arrojado sus orquídeas de ochocientos euros al contenedor de compostaje por «violación del artículo veintitrés del código ético»... ¿acababa de aceptar una caja de té de Christian Vance con una sonrisa educada?

—Vance —la voz de Matteo sonó como el crujido de una barra de hierro al romperse bajo una prensa hidráulica—. Esta es una planta ejecutiva de trabajo, no un salón de té victoriano. Si vienes a revisar la adenda del túnel de viento, pasa a mi despacho. Y deje de molestar a mi personal con ridiculeces de la monarquía inglesa.

Christian se giró despacio, apoyando un codo sobre el mostrador de Gabriela con una pose de calculada indolencia, mirándolo con una diversión tan venenosa que Matteo tuvo que apretar los puños en los bolsillos para no perder el control:

—Tranquilo, Matteo. La señorita Novak no es solo «tu personal»; es la única razón por la que tu coche no terminó en la grava de la curva seis ayer por la tarde. Deberías aprender a ser más agradecido con la gente talentosa.

Christian volvió a mirar a Gabriela, bajando el tono a un registro confidencial que Matteo escuchó con dolorosa claridad:

—Por cierto, señorita Novak... Me quedo en Milán hasta el viernes para revisar la telemetría del Aston Martin. Estaba pensando que después de la jornada laboral de hoy podríamos cenar en un sitio discreto cerca de Brera para discutir algunos detalles sobre los vórtices del alerón delantero. Sin contratos de por medio, solo una conversación civilizada entre dos personas que entienden de física aplicada.

El silencio que cayó sobre la recepción fue tan denso que pareció absorber la luz de las ventanas.

Matteo dio dos pasos agigantados hacia adelante, interponiendo su torso entre Christian y el mostrador de Gabriela con una violencia sorda que hizo crujir las tablas del suelo:

—La señorita Novak no tiene disponibilidad en su agenda para cenas de asesoría técnica fuera del contrato de la empresa, Christian.

Vance enarcó una ceja dorada, sin inmutarse ante la proximidad física del italiano:

—¿Desde cuándo eres el tutor legal de tu asistente, Castelli? Creí que su contrato estipulaba un horario administrativo, no un régimen de reclusión feudal. Si la señorita Novak decide cenar con un colega de la industria, me parece que es una decisión que escapa a tus competencias ejecutivas. A menos, claro... que el director ejecutivo tenga motivos personales para ponerse nervioso.

Christian remató la frase con una mirada cargada de intención, deslizando los ojos hacia el fondo del pasillo mientras articulaba mentalmente la palabra Horizonte.

Matteo sintió el lazo de la apuesta estrangulándole el juicio. La furia, los celos salvajes y la humillación territorial le nublaron la vista: la idea de Gabriela sentada frente a Vance en un restaurante de Brera, sonriendo con esa boca sin pintar y hablando de coches de carreras con el piloto que pretendía arrebatarle su máquina más preciada, era una pesadilla intolerable.

Se giró hacia Gabriela con los ojos avellana encendidos en una promesa de guerra total:

—Novak. Responda usted misma. Dígale al señor Vance cuáles son sus prioridades operativas para esta noche.

Gabriela levantó la cabeza despacio. Miró a Christian Vance, luego miró a Matteo Castelli —cuyas fosas nasales vibraban por la respiración agitada y cuyos hombros parecían a punto de reventar las costuras de la raya diplomática— y sostuvo el silencio durante tres segundos que se sintieron como una eternidad.

Acomodó las gafas de carey sobre el puente de su nariz con una lentitud exasperante:

—Agradezco profundamente la invitación, señor Vance —dijo ella en un inglés impecable, modulado en seda pura—. Pero temo que esta noche debo declinar. El señor Castelli tiene la alarmante costumbre de extraviar expedientes fiduciarios cuando se queda solo en el edificio después de las seis, y mi deber como asistente es asegurarme de que no firme la bancarrota de su propia empresa por un arrebato de orgullo mal gestionado.

Christian soltó una carcajada tan rotunda que dos analistas del pasillo asomaron la cabeza con cautela.

—¡Sublime! —bramó Vance, aplaudiendo una sola vez con los guantes de piel—. Rechazado con elegancia diplomática y con un insulto técnico al jefe incluido en el paquete. Castelli, te juro que voy a mandar a hacer una placa de bronce con su nombre en el paddock de Silverstone.

Matteo no se rió.

No había el menor rastro de triunfo en su rostro, a pesar de que ella había rechazado la propuesta del británico. La respuesta de Gabriela lo había dejado en su lugar habitual: el de un niño caprichoso que necesitaba vigilancia constante para no romper los juguetes de la compañía.

—A mi despacho, Christian —gruñó Matteo en un tono que no admitía réplicas, agarrando a su amigo por el brazo con fuerza de tornillo y arrastrándolo hacia la puerta de cristal—. Ahora mismo.

—Hasta luego, señorita Novak —se despidió Vance, dejándose llevar con una sonrisa triunfal mientras le guiñaba un ojo a la asistente—. Disfrute del té. Es cosecha de primavera.

La puerta de cristal se cerró con un chasquido hermético.

A través del panel polarizado, Gabriela vio a Matteo arrojar una carpeta sobre la mesa y comenzar a gesticular con violencia frente al ventanal, mientras Christian se dejaba caer en el sofá de cuero con las piernas cruzadas, riéndose a mandíbula batiente de la desesperación del italiano.

Gabriela bajó la vista hacia la lata de té de Fortnum & Mason.

Una sonrisa pequeña, afilada y cargada de una satisfacción peligrosa se dibujó en sus labios mientras abría la consola de mensajería cifrada interna conectada con el subsótano dos:

> G. Novak: Vance acaba de invitarme a cenar en recepción delante de Castelli.

> C. Bennett: ¡DIME QUE NO! ¿En serio? ¿Y qué hizo el dios del trueno de Lombardía?

> G. Novak: Casi se le revienta la carótida derecha. Se puso blanco, luego rojo y se interpuso entre los dos como si fuera a empezar una pelea de bar en mitad de la oficina.

> C. Bennett: ¡JAJAJAJA! ¡Está que arde, Gaby! Los celos de ese hombre están superando el límite de revoluciones del motor. Vance lo está toreando con la apuesta de Horizonte y Matteo está cayendo como un novato en la primera curva.

> G. Novak: Rechacé la cena, por supuesto.

> C. Bennett: Obvio. Pero el mensaje ya entró: sabe que no eres de su propiedad y sabe que otros hombres con billetera y talento al volante están viendo debajo de esa lana gris. Por cierto... moví la Ducati.

> G. Novak: ¿A dónde?

> C. Bennett: Al taller secundario en Porta Romana. Los sabuesos de Castelli estuvieron vigilando el callejón de Navigli toda la noche. Ese tipo no duerme buscándote, Gaby. Ten cuidado hoy. Después del numerito de Vance, Matteo va a entrar a tu escritorio buscando sangre.

>

Gabriela cerró la ventana de chat, guardó la lata de té en el cajón inferior bajo llave y volvió a tomar su regla metálica milimetrada con una calma absoluta.

Cinco minutos después, la puerta de cristal del despacho principal se abrió de golpe.

Christian Vance salió al pasillo colocándose sus gafas de sol con una sonrisa perezosa, se despidió de Gabriela con una inclinación de cabeza militar y se dirigió hacia el ascensor sin mirar atrás.

En el umbral del despacho, Matteo Castelli permanecía de pie.

Se había quitado la americana; la camisa blanca estaba remangada hasta los antebrazos y el primer botón desabrochado dejaba entrever la tensión salvaje de su garganta. Caminó hacia el mostrador de recepción con pasos lentos, pesados y calculados, como un depredador que finalmente ha decidido cerrar el cerco sobre su presa.

Se detuvo frente a ella. Apoyó ambos puños sobre la madera, cerniéndose sobre su rostro hasta que apenas quince centímetros de aire caliente los separaban.

Sus ojos avellana ardían en una tormenta oscura, visceral y desprovista de cualquier protocolo corporativo:

—¿Por qué aceptó el té de Vance, Gabriela?

El uso de su nombre de pila volvió a vibrar en el aire como una herida abierta.

Gabriela levantó la vista despacio, sosteniéndole la mirada a través de las gafas de carey sin que su pulso se acelerara un solo milímetro:

—Porque fue un obsequio protocolario sin segundas intenciones financieras ni insinuaciones de dormitorio, señor Castelli. Algo que usted parece incapaz de procesar.

Matteo soltó una risa áspera, gutural, bajando la cabeza hasta que sus labios casi rozaron la curva de la mandíbula de ella. Su perfume amaderado y el calor denso de su piel envolvieron a Gabriela en una trampa sensorial sofocante:

—¿Cree que Vance no tiene segundas intenciones? —susurró él, y su voz rasposa le acarició la nuca con una violencia íntima que le encendió la piel—. Christian es un cazador, Novak. En la pista y fuera de ella. Ve una pieza difícil y no para hasta cobrarla. Pero se equivoca en una cosa...

Matteo deslizó una mano sobre el mostrador, apoyando los dedos a escasos milímetros de la mano de ella:

—Esta carrera no la va a ganar él. Si alguien va a derribar este maldito muro de lana y averiguar quién es usted en realidad... voy a ser yo. Aunque tenga que quemar este edificio entero para conseguirlo.

Gabriela sintió el impacto de sus palabras golpeándole el pecho con la fuerza de un bólido fuera de control, pero su blindaje no cedió.

Inclinó el rostro hacia arriba, sosteniéndole la mirada verde contra el avellana a una distancia tan ridículamente corta que sus respiraciones se mezclaron en el aire:

—Quemar el edificio sería un delito tipificado en el código penal italiano, señor Castelli —susurró ella con una serenidad letal—. Y le aseguro que sus manos no tienen la fuerza suficiente para mover un solo milímetro de este muro. Ahora retírese; son las nueve menos cinco y el comité de finanzas no tolera las rabietas de su director ejecutivo.

Matteo sostuvo su mirada durante tres segundos interminables, con las pupilas dilatadas y el pecho subiendo y bajando con una furia hambrienta, antes de enderezarse despacio con una sonrisa oscura que prometía incendiar el mundo antes de darse por vencido:

—Nos vemos a las seis de la tarde, señorita Novak —sentenció él en un murmullo antes de girar sobre sus talones—. Porque hoy no se va a ir a su casa hasta que me explique personalmente cada una de las líneas del contrato de Mónaco.

Entró a su despacho y cerró la puerta con un golpe seco, dejando a Gabriela sola frente a su pantalla, con el corazón latiéndole en la garganta y la certeza absoluta de que la guerra en la torre de Milán acababa de cruzar la línea de no retorno.

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Corina Galantti
cuánta adrenalina! una novela muy interesante! me encantó. BENDICIONES ESCRITORA
Corina Galantti
otro capítulo repetido! es un garrón!
Mary Garbolino
me canso.que repitan tanto.prefiero dejar de leerla
Mary Garbolino
odio que repitan los capitulos
Corina Galantti
una pena que repitan capítulos!
Flor Perez
no puede ser que hayan repetido dos capítulos seguido, ahí les encargo porque si sigue así la novela tendré que abandonarla , ya que
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