NovelToon NovelToon
Antiguo Amor

Antiguo Amor

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amor-odio / Completas
Popularitas:5.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una sola lágrima

La noche cayó sobre el palacio militar como un manto de plomo. El viento del norte golpeaba las ventanas de madera gastada, colándose por las rendijas y enfriando el ambiente de la alcoba principal. No era una habitación digna de un príncipe; no había cortinas de tela fina, ni incienso aromático, ni braseros de bronce para calentar el aire. Solo había una cama de madera tosca con sábanas ásperas, una mesa de noche crujiente y una sola vela que parpadeaba, proyectando sombras largas y deformes sobre las paredes de piedra desnuda.

Li Xiaowei permanecía de pie en el centro de la habitación. Todavía vestía las túnicas nupciales rojas, pero el traje ahora se sentía como una mortaja. La cinta de seda roja seguía atada fuertemente alrededor de sus muñecas, cortando la circulación y entumeciendo sus dedos. Sus pies, descalzos sobre el suelo de madera fría, habían perdido el calor hacía horas. El dolor en su cuello, donde la espada de Jincheng había dejado una línea de sangre, se había transformado en un ardor sordo. Sin embargo, su rostro se mantenía impasible. Su mirada estaba fija en la llama de la vela, buscando en ese pequeño punto de luz la fuerza necesaria para no quebrarse.

El sonido de unas botas militares resonó en el pasillo exterior. Cada paso era un golpe seco que retumbaba en el pecho de Xiaowei. Cuando la puerta se abrió de golpe, el aire frío entró de golpe, haciendo que la llama de la vela casi se apagara.

Yan Jincheng entró a la habitación. Ya no llevaba la armadura pesada, pero su presencia seguía siendo igual de intimidante. Vestía una túnica interior de color negro que acentuaba la anchura de sus hombros y la rigidez de su postura. Sus ojos estaban rojos y el olor a vino barato combinaba con el aroma a cuero y sudor de su piel. Había estado bebiendo con sus generales, celebrando la caída de la dinastía Li, pero su mirada no reflejaba alegría. Solo reflejaba una furia oscura y acumulada durante cinco años de sufrimiento.

Jincheng cerró la puerta de una patada. El impacto hizo temblar las paredes. Se quedó allí, mirando al príncipe de arriba abajo con una sonrisa amarga y cruel.

—Mírate —dijo Jincheng, con la voz ronca por el alcohol y el frío—. El gran Segundo Príncipe de la dinastía Li, el orgullo de la corte imperial, metido en una habitación de soldados, vestido de rojo y esperando como un regalo. ¿Dónde quedó tu arrogancia, Xiaowei? ¿Dónde están tus palabras refinadas?

Xiaowei no respondió. Ni siquiera parpadeó. Mantuvo la espalda recta, usando su frialdad como la única armadura que le quedaba. Esa falta de reacción enfureció a Jincheng. El general caminó hacia él con pasos rápidos y pesados. El suelo crujió bajo su peso. Cuando estuvo frente al príncipe, extendió una mano grande y áspera, agarrando la cinta de seda roja que unía las muñecas de Xiaowei y tirando de ella con una fuerza brutal.

El tirón hizo que Xiaowei perdiera el equilibrio y chocara directamente contra el pecho duro de Jincheng. Un gemido ahogado escapó de los labios del príncipe, pero apretó los dientes de inmediato para no mostrar debilidad.

—¿Sigues jugando a ser un santo de jade? —susurró Jincheng cerca de su rostro, respirando su aliento caliente sobre la piel pálida de Xiaowei—. Cinco años atrás, tú leíste el decreto de mi destierro sin que te temblara la voz. Me miraste a los ojos mientras los guardias me arrastraban encadenado y no derramaste ni una sola lágrima. Dijiste que yo era un traidor y un peligro para tu precioso imperio. Ahora, mírame. Yo soy el dueño de tu imperio y tú eres mi esclavo.

—Si el General Yan ha venido solo a repetir las mismas quejas del pasado, está perdiendo el tiempo —respondió Xiaowei. Su voz era suave, pero cada palabra sonaba como un trozo de hielo picado—. Lo que pasó hace cinco años fue la voluntad del cielo. Cumplí con mi deber como príncipe. Si ahora debo pagar el precio de perder la guerra, lo haré. Pero no espere que me arrastre ante usted.

El insulto fue directo al orgullo de Jincheng. El general apretó los dientes con tanta fuerza que la cicatriz de su mejilla izquierda se volvió blanca.

—¿Tu deber? —escupió Jincheng con desprecio—. ¡Tu deber fue enviarme a morir a las estepas congeladas! Pasé noches enteras comiendo nieve, viendo a mis hombres morir de hambre y congelamiento, todo mientras tú dormías en camas suaves y bebías té caro. Cada cicatriz en mi cuerpo tiene tu nombre escrito, Xiaowei. Y esta noche, voy a empezar a cobrar cada una de ellas.

Sin la menor pizca de delicadeza, Jincheng empujó a Xiaowei hacia la cama. El cuerpo delgado del príncipe golpeó el colchón duro con un impacto seco. Antes de que Xiaowei pudiera incorporarse, Jincheng se subió a la cama, atrapando las piernas del príncipe con su propio peso y aprisionando sus muñecas atadas contra la madera de la cabecera.

La diferencia de fuerza era abrumadora. Xiaowei sintió que el aire abandonaba sus pulmones bajo la presión del cuerpo del general. Jincheng usó su mano libre para desgarrar la parte superior de la túnica nupcial roja. El sonido de la tela rompiéndose rompió el silencio de la noche. La piel del pecho de Xiaowei quedó expuesta al aire helado de la habitación, provocándole un escalofrío violento.

Jincheng bajó la mirada y se detuvo un segundo. En el pecho pálido del príncipe, justo encima del corazón, se veían marcas tenues: cicatrices de antiguos azotes que Xiaowei había ocultado cuidadosamente bajo sus ropas durante años. Eran las huellas del castigo que la Princesa Xue'er le había infligido en privado por intentar defender al general en el pasado. Pero en su ceguera de odio, Jincheng no las entendió. Pensó que eran marcas de alguna otra indulgencia de la corte.

—Veo que tu vida en el palacio no fue tan pura como pretendes —se burló Jincheng, clavando sus dedos con fuerza en los hombros del príncipe, dejando marcas moradas sobre la piel blanca—. ¿Quién te hizo esto, Xiaowei? ¿O es que te gusta el dolor?

Xiaowei giró la cabeza hacia un lado, negándose a mirarlo. Las lágrimas amenazaban con salir de sus ojos, pero las retuvo con una fuerza de voluntad sobrehumana. El dolor físico de los dedos de Jincheng enterrándose en su carne no era nada comparado con la agonía de saber que el hombre que amaba, el hombre por el que había sacrificado su propia reputación y su felicidad, lo miraba con tanto asco.

—No te atrevas a ignorarme —rugió Jincheng.

Agarró a Xiaowei por el mentón con una brutalidad salvaje, obligándolo a mirarlo. Luego, bajó la cabeza y lo besó.

No fue un beso de amor. Fue una agresión. Jincheng mordió los labios del príncipe con rabia, buscando destruirlo, buscando forzar una respuesta, una súplica, cualquier señal de sumisión. El sabor metálico de la sangre no tardó en inundar la boca de ambos. Xiaowei mantuvo los ojos abiertos, fijos en los de Jincheng. No se movió, no devolvió el beso y tampoco luchó por apartarse. Se limitó a recibir la violencia como si su cuerpo fuera solo una cáscara vacía. Su alma se había retirado a un rincón oscuro de su mente, el único lugar donde Jincheng no podía tocarlo.

Al ver que el príncipe no se quebraba, la frustración de Jincheng alcanzó su punto máximo. Soltó el mentón de Xiaowei y comenzó a desatar con brusquedad el resto de sus ropas, tratándolo con la misma rudeza con la que un soldado limpia su espada después de la batalla. No hubo palabras amables, no hubo caricias. Separó las piernas del príncipe y sin una preparación previa se hundió poco a poco en él. Cada movimiento del general era tosco, humillante y doloroso. Sabía que estaba lastimando el cuerpo frágil del príncipe, pero se obligaba a sí mismo a continuar, repitiéndose internamente que este era el castigo justo para el traidor que arruinó su vida.

Al no obtener el llanto que deseaba, mordió con fuerza desde los hombros hasta el abdomen y lo que más le frustraba era que el príncipe no estaba erguido. Tomó el pene de Xiaowei con fuerza y lo movió de arriba abajo, aún así, nada.

La noche se convirtió en una sucesión de horas interminables de dolor físico y degradación para Xiaowei. Jincheng tomó lo que quería por la fuerza, usando su cuerpo como un arma para reclamar su victoria sobre la dinastía Li. El príncipe soportó cada embestida, cada agarre violento y cada palabra despectiva en silencio. Lo único que se escuchaba en la habitación era la respiración agitada de Jincheng y el crujido de la cama de madera. Xiaowei sangraba.

Cuando el primer rayo de sol gris de la mañana comenzó a filtrarse por la ventana, la tormenta terminó.

Jincheng se apartó y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda al príncipe. Su respiración se fue normalizando poco a poco. El efecto del alcohol había desaparecido, dejando en su lugar un vacío extraño y una pesadez en el estómago que no lograba comprender. Miró sus propias manos, que estaban manchadas con pequeños rastros de la sangre del cuello y de los labios de Xiaowei. Debería sentirse feliz. Había consumado su venganza. Había humillado al príncipe en su propia cama. Sin embargo, el triunfo se sentía como ceniza en la boca.

Se giró lentamente para mirar al hombre que yacía a su lado.

Xiaowei estaba inmóvil, acurrucado de lado sobre las sábanas desordenadas. Las túnicas rojas de la boda estaban hechas jirones a su alrededor, como pétalos de una flor destrozada por el granizo. Sus muñecas seguían atadas por la cinta de seda, que ahora estaba empapada de sudor y sangre. Su piel estaba llena de marcas moradas y rojas, testimonios de la violencia de la noche. Tenía los ojos entornados, fijos en la nada, y su respiración era tan débil que apenas se notaba el movimiento de su pecho. No lloraba. Su rostro tenía la misma fijeza fría y muerta del jade.

Jincheng sintió una punzada repentina y agudísima en el centro del pecho, un eco de un sentimiento que creía muerto. Por un instante, el impulso de extender la mano, desatar las muñecas del príncipe y pedir disculpas cruzó por su mente. Pero el orgullo del general y el recuerdo de los cinco años de exilio volvieron a levantar un muro de piedra en su corazón.

Se levantó de la cama de un salto, se vistió rápidamente con sus ropas militares y se colocó la espada en la cintura. No volvió a mirar a Xiaowei. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y habló con una voz fría y distante, intentando convencerse a sí mismo de su propio poder:

—A partir de hoy, limpiarás los aposentos y servirás la comida de mis oficiales. Tu vida como príncipe ha terminado, Xiaowei. Acostúmbrate a tu nuevo lugar.

La puerta se cerró con un golpe seco, dejando a Xiaowei solo en la luz gris del amanecer.

Cuando el silencio volvió a reinar, una sola lágrima, pesada y ardiente, rodó finalmente por la mejilla pálida de Xiaowei, perdiéndose en la tela rota de su traje de bodas. No lloraba por el dolor de su cuerpo, sino por la certeza de que el joven brillante que alguna vez amó se había perdido para siempre en la nieve del norte.

1
Idalmis Piña
esperemos que mejores después de esos masajes tu salud del cuerpo, la espiritual está muy lastimada .
Skay P.: ¡Claro que sí, amor!🤭
total 1 replies
Idalmis Piña
el perdón que anhelas, nunca llegará general .
Idalmis Piña
en realidad es muy difícil perdonarlo .
Idalmis Piña
comandante como reparar tanto sufrimiento .?
Idalmis Piña
al fin su corazón se hablando comandante, pero el corazón y el cuerpo del principe están muy lastimados .
Idalmis Piña
La culpa se hará cargo de ti .
Idalmis Piña
veremos, general
Adeb Acuña
me encantó /Sob/
Adeb Acuña
me encantó
Skay P.: ¡Gracias mi Chickis! Revisa el perfil para más historias 😘😘
total 1 replies
pryz
Nada que decir más que excelente
pryz: Te lo mereces belleza
total 2 replies
pryz
Me encanto, aunque le hizo daño jamás lo traicionó y apesar de todo lo amaba, ninguna queja
Skay P.: ¡Gracias, mi Chickis!💋
total 1 replies
pryz
Oye pero si ya tiene su marido, que emperatriz de la onde, ministros babosos
pryz
Sufre, te lo mereces por no investigar antes de dañar😈
pryz
En tu cara perra, te lo mereces por tatar mal al niño
Skay P.: ¡Uuf! 🤭
total 1 replies
pryz
Espero con ancias que te pudras en el dolor y sin derecho a perdón 😈 😊
pryz
Desgraciado ahora si preguntas pero rapidito le creiste a la bruja
pryz
Solo deseo que esa bestia bruta no quede con mi niño
pryz
Pobre de mi niño, mal nacido general me caes mal ojalá se te caiga el pitó
pryz
Este general me cae mal
pryz
Empieza pisando duro /Angry/
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play