✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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No hay tiempo
El sur de Aethelgard ya no parecía parte del imperio. A medida que el batallón de la general Kaelith avanzaba, la tierra fértil se transformaba en un suelo grisáceo, agrietado y cubierto por una fina capa de polvo que los soldados llamaban ceniza. El cielo aquí siempre estaba encapotado por nubes negras que tapaban el sol, creando una penumbra perpetua que congelaba los huesos.
Kaelith cabalgaba al frente de su columna de quinientos hombres. Llevaba la visera de su casco levantada, permitiendo que el aire gélido le azotara el rostro. No había dormido en los días que duró el trayecto desde la capital. Cada vez que cerraba los ojos, el olor a rosas de cristal y la cercanía de los labios de Lysandra la despertaban de golpe, recordándole el vacío en el pecho.
—General —Mael se emparejó con ella a lomos de su caballo—. Estamos a menos de una hora del Río de Ceniza. Los exploradores no han regresado. Eso no me gusta nada.
—A mí tampoco, Mael —respondió Kaelith, ajustando las correas de su escudo—. Ordena a la retaguardia que encienda las antorchas, pero mantengan las llamas bajas. No quiero que seamos un faro en mitad de la llanura.
—¿Crees que el fuerte del sur ya esté completamente destruido?
—Si el enemigo cruzó el río, el fuerte ya no existe. Solo nos queda contenerlos en el cañón antes de que lleguen a los campos de cultivo.
La columna avanzó en un silencio tenso. El único sonido era el golpeteo de los cascos de los caballos y el tintineo de las armaduras. La niebla del sur empezó a espesarse, volviéndose tan densa que Kaelith apenas podía ver a diez metros de distancia. Era una niebla extraña, pesada y con un ligero olor a azufre.
De repente, un caballo relinchó con fuerza en la parte trasera de la formación.
—¡Mantengan la línea! —gritó Mael, girando su montura.
Antes de que pudiera terminar la frase, un grito desgarrador cortó el aire. No era un grito humano. Era un chillido agudo, como el de un metal oxidado siendo arrastrado por el suelo.
—¡Emboscada! —rugió Kaelith, desenvainando su espada de acero con un movimiento limpio. La hoja brilló con un tenue fulgor rúnico—. ¡Formación en círculo! ¡Protejan los flancos!
De la niebla negra surgieron las primeras criaturas de Umbralia. Eran bestias del tamaño de un lobo, pero sus cuerpos parecían hechos de humo denso y huesos expuestos. Sus ojos brillaban con un fuego violento de color morado. Se arrojaron contra los soldados de la vanguardia con una velocidad sobrehumana.
Una de las bestias saltó directamente hacia el pecho del caballo de Kaelith. La general, reaccionando por puro instinto militar, espoleó a su montura hacia un lado, esquivando las garras por milímetros. Con un movimiento de su brazo derecho, descargó su espada sobre el cuello de la criatura. El acero cortó el hueso y la bestia se disolvió en un charco de ceniza negra que siseó al tocar la tierra.
—¡Ballesteros, disparen a los ojos! —ordenó Kaelith, mientras guiaba a su caballo hacia el centro de la pelea.
El caos se apoderó del camino. Los soldados de Aethelgard luchaban con valentía, pero por cada criatura que caía, dos más salían de la niebla. El choque de las espadas y los gritos de los heridos creaban una atmósfera ensordecedora.
Mael luchaba a pocos metros de ella, derribando a un monstruo que intentaba atacar a un soldado caído.
—¡Son demasiados, Kaelith! —gritó Mael, con el rostro salpicado de sangre oscura—. ¡Esta no es una patrulla normal! ¡Es una vanguardia de asalto!
Kaelith bloqueó las garras de otra bestia con su escudo. El impacto fue tan fuerte que sintió una vibración dolorosa en todo el brazo izquierdo. Empujó con el escudo, desestabilizando a la criatura, y le atravesó el cráneo con la espada.
Mientras recuperaba el aliento, Kaelith notó algo extraño. La niebla no se estaba disipando; se estaba concentrando en un punto específico de la llanura, formando un remolino oscuro. En el centro del remolino, una figura alta y delgada permanecía inmóvil. No era una bestia. Era un chamán de Umbralia, cubierto con una túnica de harapos negros, sosteniendo un bastón de madera retorcida que brillaba con la misma luz que los ojos de los monstruos.
El chamán alzó el bastón y una ráfaga de energía oscura golpeó la primera línea de los soldados imperiales, derribando a una decena de hombres como si fueran muñecos de paja. Las armaduras de metal empezaron a corroerse al contacto con esa magia.
—Si no matamos al invocador, nos desgastarán hasta que no quede nadie —pensó Kaelith, con los dientes apretados.
Miró hacia la capital, recordando las palabras de Lysandra: "Gana tiempo para mí". Kaelith no iba a morir en ese camino aburrido, no antes de volver a ver los ojos verdes de su princesa. La adrenalina sustituyó al cansancio.
—¡Mael! ¡Toma el mando de la defensa! —gritó Kaelith, fijando su vista en el chamán—. ¡Voy a cortar la cabeza de esa serpiente!
—¡Es una locura, vas sola! —intentó protestar su segundo, pero Kaelith ya había espoleado a su caballo.
La general arremetió con fiereza, abriéndose paso entre la masa de monstruos. Su caballo, un semental negro entrenado para la guerra, pisoteó a dos bestias que intentaron frenarlo. Kaelith cortaba a diestro y siniestro, su espada se movía con una precisión letal nacida de años de entrenamiento.
El chamán de Umbralia se percató de su avance. Emitió un susurro sibilante y apuntó su bastón directamente hacia ella. Una bola de fuego oscuro salió disparada en su dirección.
Kaelith esperó hasta el último segundo. Justo cuando el proyectil iba a impactar, se descolgó del estribo de su caballo, pegando su cuerpo al costado del animal. El fuego oscuro pasó rozando su capa, quemando los bordes de la tela.
A pocos metros del objetivo, Kaelith volvió a incorporarse sobre la silla, saltó del caballo en movimiento y rodó por el suelo de ceniza para amortiguar la caída. Se levantó de inmediato, con la espada en alto.
El chamán intentó canalizar otro hechizo, pero Kaelith fue más rápida. Con un grito de rabia, lanzó un golpe ascendente que cortó el bastón de madera en dos. La magia estalló, provocando una onda de choque que arrojó a ambos hacia atrás.
Kaelith golpeó la tierra con fuerza, perdiendo el casco en el impacto. Su cabello oscuro quedó libre, pegándose a su frente sudorosa. Aturdida por la explosión y con un corte sangriento en la ceja, vio cómo el chamán, debilitado pero aún vivo, sacaba una daga de hueso de entre sus ropas y se abalanzaba sobre ella.
La general rodó hacia un lado justo a tiempo. La daga se clavó en la tierra gris. Aprovechando el impulso, Kaelith agarró el brazo del enemigo, giró sobre su propio cuerpo usando una técnica de combate cuerpo a cuerpo y lo inmovilizó contra el suelo. Sin dudarlo, hundió su espada en el pecho de la túnica negra.
El chamán soltó un último suspiro de aire putrefacto. Al morir, el fuego de sus ojos se apagó, y con él, un grito de agonía colectivo resonó en toda la llanura.
Kaelith se levantó a duras penas, apoyándose en su espada. A su alrededor, las bestias de humo comenzaron a deshacerse, perdiendo la magia que las mantenía unidas. En pocos segundos, la niebla pesada empezó a disiparse, dejando ver el campo de batalla cubierto de ceniza, cuerpos y heridos.
Mael corrió hacia ella, con la espada aún en la mano y la respiración agitada.
—¿Estás bien, general? —preguntó, inspeccionando el corte en su rostro.
—Estoy viva —dijo Kaelith, limpiándose la sangre de la ceja con el dorso de la mano—. ¿Cuántos hombres perdimos?
—Treinta muertos y el doble de heridos —respondió Mael, con tono sombrío—. Pero logramos mantener la posición. Si no hubieras matado a ese maldito, ninguno de nosotros habría visto el amanecer.
Kaelith miró hacia el sur. Ahora que la niebla mágica se había ido, a lo lejos se alcanzaban a ver las ruinas humeantes del fuerte del sur y, detrás de ellas, el cauce del Río de Ceniza. Pero lo que vio la hizo palidecer.
En la otra orilla del río, miles de antorchas moradas brillaban en la oscuridad. No era un grupo pequeño. Era el ejército principal de Umbralia, y estaban construyendo puentes flotantes para cruzar con toda su fuerza.
—No han venido a hacer una escaramuza, Mael —susurró Kaelith, sintiendo un frío real en el estómago—. Vienen con todo su ejército. La boda en la capital se supone que es en semanas, pero a este ritmo, estas criaturas romperán nuestras líneas en menos de cinco días.
Mael la miró con desesperación.
—Tenemos que enviar un mensajero al palacio de inmediato. Tienen que acelerar los planes o enviar al ejército del norte ya mismo, aunque la boda no se haya celebrado.
Kaelith miró la herida en su mano, la cicatriz del pasado, y luego miró hacia la dirección de la capital. Lysandra creía que tenía el control del tablero, pero el enemigo acababa de cambiar las reglas del juego.
—No hay tiempo para mensajeros —dijo Kaelith, con los ojos fijos en las miles de luces del enemigo—. Voy a escribir el informe. Mael, prepara a los hombres que queden en pie. No nos vamos a retirar. Vamos a fortificar el paso del cañón. Si esas cosas quieren llegar a la princesa, tendrán que pasar por encima de mi cadáver.
La adrenalina de la batalla comenzó a descender, dejando paso a un dolor sordo en sus músculos y a una certeza terrible: la guerra había comenzado, y el tiempo para salvar a Lysandra —y a sí misma— se estaba agotando mucho más rápido de lo esperado.
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