En un mundo dominado por hombres, la legendaria maestra de artes marciales Mei Ling reencarna como un joven en la antigua Dinastía del Dragón. Ocultando su verdadera identidad femenina y su vasta experiencia, Mei Ling, ahora Huang Yi, debe navegar en una sociedad machista mientras se enfrenta a un carismático y sarcástico General, librando batallas internas y externas para sobrevivir, honrar a su familia y forjar un camino hacia la igualdad, todo mientras guarda un secreto que podría costarle la vida.
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3 El Precio de la Autoridad y el Encuentro en la Noche
La primera luz del amanecer apenas se filtraba por las rendijas de mi ventana cuando me levanté. El eco de la humillación del General Feng Shang resonaba en mi mente, una pequeña victoria personal que me infundía una extraña energía. Me vestí con la ropa de un simple aldeano y me dirigí a la montaña, no sin antes asegurarme de que mi espacio dimensional estuviera a mi alcance. Cazar se había convertido en una rutina matutina, un rito que mantenía mis habilidades afiladas y mi cuerpo en forma. Con un arco de bambú y flechas con puntas afiliadas —una de las muchas herramientas que había traído de mi vida anterior—, conseguí un par de faisanes y un conejo, suficientes para alimentar a la numerosa casa.
De regreso, me detuve junto a un arroyo para cortar leña. El hacha, también del espacio dimensional, era ligera y afilada, y cada golpe liberaba una frustración acumulada. El crujido de la madera al ceder era una melodía que me tranquilizaba. Al volver a la residencia, el sol ya asomaba por el horizonte, y el aroma de la carne asada y las hierbas frescas no tardó en impregnar el aire. Preparé un festín: faisán con salsa agridulce, conejo estofado con raíces silvestres, arroz con vegetales de la huerta, y té de jazmín para todos.
El aroma atrajo a varios soldados que se acercaban al comedor, entre ellos un hombre robusto con una cicatriz cruzando su ceja, uno de los que no había presenciado mi duelo con Mu Yu. Su mirada despectiva se posó en mí.
"Vaya, mocoso", espetó con una carcajada ronca, su voz como papel de lija. "Si quieres sorprender, te levantaste en la madrugada y ya preparaste tanta comida. Creo que sería mejor contratarte de chef. Servirías más para cocinar en el campo militar con ese pequeño cuerpo tuyo. No creo que sirvas para mucho."
Le respondí con una sonrisa que no llegó a mis ojos, pero que, esperaba, transmitiera toda la acidez que sentía. "Quizás solo sirva para cocinar", dije, cruzándome de brazos. —Un hombre real no le teme a ninguna tarea, ni siquiera a las que los débiles asocian con la 'debilidad femenina'. Que subestime mi valor por la cocina es su error, no el mío.— "Pero tú, por lo que veo, para lo único que sirves es para recoger caca de perro con tu lengua. Me pregunto si tendrías éxito en esa carrera."
El soldado, cuyo nombre supe más tarde que era Lao Hu, el cuarto al mando de Feng Shang, se puso lívido. Sus ojos se entrecerraron, y su mano se fue instintivamente al sable que pendía de su cadera. "¡Mocoso insolente! ¿Me estás amenazando? ¡Te voy a dar una lección que no olvidarás!"
Mi sonrisa se amplió, pero mi voz se mantuvo fría como el acero. "Así pues, adelante. Te estoy esperando. Pero que el duelo sea a muerte, ¿qué te parece? Ahora que el General ha salido a llevar a sus hijos al pueblo, como es un duelo a muerte, no te culpará. ¿O acaso el gran Lao Hu teme un poco de justa 'enseñanza' de un 'mocoso'?" pense—Aquí se define quién tiene el poder. No seré pisoteada, ni por su tamaño ni por su machismo arcaico. Soy más que un cuerpo, soy una mente y un espíritu indomable.—
Lao Hu, un hombre de honor rústico y orgullo fácil de herir, cayó de lleno en la trampa. "¡Muy bien, mocoso insolente! ¡Que así sea!"
Se lanzó sobre mí con un deseo asesino en sus ojos, su sable desenvainado silbando en el aire. Pero su furia era ciega. Esquivé su primer golpe con la ligereza de una pluma, mi cuerpo girando con una agilidad felina. Sus movimientos eran potentes, sí, pero predecibles. Deslicé mis pies por el suelo, un paso aquí, un giro allá, como una mariposa danzando alrededor de un oso enfurecido. Su sable chocaba contra el aire vacío una y otra vez, y cada golpe fallido aumentaba su frustración. Mis movimientos eran velocísimos, casi un borrón para el ojo inexperto. En el instante en que su guardia se abrió, mientras él se tambaleaba tras un ataque demasiado amplio, mis dedos se movieron con la rapidez de un rayo. Le clavé una aguja finísima, apenas visible, en un punto vital del cuello, justo debajo de la oreja. El veneno, extraído de una rara planta que cultivaba en mi espacio dimensional, no era letal, pero paralizaba los músculos y causaba una parálisis temporal y extrema debilidad, así como una salivación incontrolable. El hombre cayó al suelo, su cuerpo temblaba incontrolablemente y la baba brotaba de su boca, sus ojos, llenos de terror y confusión, clavados en mí.
Me acerqué a él, con una mirada impasible. "No decías que ibas a darme una lección, gran Lao Hu? Qué patético. Verás, no solo soy experto en artes marciales, también soy experto en venenos. Mi habilidad más letal son las agujas venenosas. ¿Qué te parece? ¿Aún crees que solo sirvo para la cocina?" —Que lo graben en sus mentes: la fuerza no es solo músculo. La astucia, el conocimiento y la voluntad son armas más mortales que cualquier espada.—
Justo en ese momento, el crujido de un carruaje y las risas infantiles resonaron desde la entrada. El General Feng Shang acababa de llegar con los niños, y lo vio todo desde la entrada. Sus ojos, antes llenos de una serena autoridad, ahora chispeaban con una furia fría.
"¡Huang Yi! ¿Qué significa esto?" Su voz tronó, y por un momento, me sentí como una niña regañada.
Sin inmutarme, me agaché, saqué mi sable y lo puse en la garganta de Lao Hu. "Ya que esto fue un duelo a muerte, lo acabaré contigo ahora mismo." Mi espada brilló, lista para el golpe final. —No hay vuelta atrás. Debo imponer respeto, forjar mi propio camino en este mundo que intenta doblegar a quienes no cumplen sus estrechas expectativas. Mi autoridad será inquebrantable.—
"¡Detente, mocoso!" la voz del General era un rugido, y un paso rápido lo trajo hasta mi lado. "No puedes matar a un soldado así por así. Además, es uno de mis mejores hombres, es necesario en el campo de batalla. ¡Perdónale la vida por esta vez!"
Levanté mi mirada hacia él, mis ojos encontrando los suyos. "Está bien, General. Le perdonaré la vida. Pero soy muy rencoroso. Y quiero uno de sus dedos como pago. Como vicegeneral, debo hacer cumplir las normas. Si no muestro autoridad, sus hombres no me van a respetar. ¿Cómo voy a ocupar el puesto de mi padre si no me toman en serio? Es mi deber enseñarles que deben respetarme."
El General dudó, la ira luchando con una renuente aprobación en su rostro. Sus hombres lo miraban, expectantes. Su autoridad estaba en juego tanto como la mía. Finalmente, asintió con un movimiento imperceptible.
Con frialdad, sin una pizca de remordimiento, la punta de mi sable se movió. Lao Hu gritó, un sonido ahogado por la parálisis, mientras uno de sus dedos caía al suelo. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el jadeo de los demás soldados. Sus rostros estaban pálidos, sus ojos muy abiertos. Nunca habían visto tal crueldad en un "jovencito".