Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.
¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?
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capitulo 3
Miró a Marcos. Él me mira a mí. En ese instante, la sospecha nace como una hiedra venenosa entre nosotros. ¿Qué le ha dicho a los demás? ¿Qué ha negociado él para llegar hasta aquí?
—Elena, yo no... —empieza a decir él, pero el suelo bajo nuestros pies vibra de nuevo.
Un panel en la pared se desliza hacia un lado, revelando un monitor que antes no estaba allí. En él, vemos la habitación de Víctor. El hombre está gritando, golpeando las paredes, pero no hay sonido. Es una película muda de terror. De repente, el suelo de su habitación empieza a inclinarse. No es una ilusión. La ingeniería de la isla está moviendo los módulos de las suites como si fueran piezas de un cubo de Rubgy.
Salgo corriendo al pasillo, pero el corredor que me llevó a la habitación de Marcos ya no está. En su lugar hay una caída al vacío que da directamente al mar embravecido, cien metros más abajo. La isla se está reconfigurando. Nos están separando físicamente, aislándonos en pequeñas cajas de lujo mientras el sistema se prepara para el siguiente nivel del juicio.
Escucho un grito a mi izquierda. Es Clara. Su habitación está siendo desplazada hacia el ala este del complejo. Veo su cara pegada al cristal de la puerta mientras su suite se desliza por unos raíles silenciosos hacia la oscuridad del bosque interior de la isla.
—¡Elena! —grita Marcos desde detrás de mí, pero cuando me giro, una mampara de cristal blindado ha caído entre nosotros.
Estoy sola en un tramo de pasillo de apenas cinco metros. A un lado, el vacío y el océano. Al otro, la habitación de Marcos, ahora inaccesible. Detrás, una pared sólida de hormigón que acaba de emerger del suelo.
Me pego al cristal que me separa del abismo. La lluvia golpea con tanta fuerza que parece que va a romper la transparencia. Entonces, algo golpea el cristal desde el exterior. Un objeto pequeño, atado a un hilo de pescar de nylon casi invisible.
Es una llave. Una llave antigua, de hierro, que cuelga justo frente a mis ojos, balanceándose violentamente con el viento de la tormenta. En el metal de la llave hay una etiqueta de papel plastificado con una sola palabra escrita en rojo: *SÓTANO*.
El monitor que hay a mi espalda se enciende de nuevo. Ya no muestra a Víctor. Muestra un cronómetro en cuenta atrás. Quedan diez minutos. No sé para qué, pero el tic-tac electrónico empieza a resonar por los altavoces con una intensidad que me hace doler los dientes.
Miro hacia abajo, hacia la llave. Si quiero alcanzarla, tengo que sacar el brazo por una pequeña ranura de ventilación que se ha abierto en la base del ventanal, un espacio apenas lo suficientemente ancho para mi mano. El problema no es el espacio. El problema es que, bajo la ranura, el viento sopla con la fuerza de un huracán y el metal de la estructura parece estar electrificado.
Siento una punzada de pánico que me nubla la vista. Mi vida ha sido una serie de decisiones cobardes, de silencios comprados y verdades omitidas. Pero aquí, en este trozo de pasillo que se siente como un ataúd de cristal, la cobardía ya no me sirve de escudo.
Extiendo la mano hacia la ranura. El frío me corta la piel al instante. El rugido del mar allá abajo es un recordatorio constante de mi propia fragilidad. Estiro los dedos, rozando apenas el papel de la etiqueta. La llave se balancea, alejándose de mí cada vez que creo que la tengo.
—Vamos, Elena... —me susurro a mí misma, con los dientes apretados—. Solo una vez. Haz algo bien solo una puta vez.
Mis dedos se cierran sobre el metal frío y áspero. Tiro con fuerza, sintiendo cómo el hilo de nylon me corta el dorso de la mano, pero no suelto. La tengo. Meto el brazo de nuevo hacia dentro, temblando, y miro la llave en mi palma ensangrentada.
En ese momento, el cronómetro llega a cero.
El silencio que sigue es absoluto, roto solo por el sonido de mis propios jadeos. Entonces, la pared de hormigón que tenía detrás empieza a abrirse, pero no hacia el pasillo que conocía. Se abre hacia una escalera de caracol que desciende en espiral hacia las profundidades de la roca, hacia un lugar donde la luz de Aethelgard no llega.
Desde abajo, llega un eco. No es la voz del anfitrión. Es el sonido de alguien golpeando un metal rítmicamente. *Clang. Clang. Clang.* El mismo ritmo que mis ansiolíticos contra el mármol. El mismo ritmo que mi corazón contra las costillas.
Empiezo a bajar. Cada escalón está húmedo y huele a salitre y a algo más antiguo, a hierro oxidado. La llave me quema en la mano. Sé que estoy bajando a la boca del lobo, que los demás probablemente estén atrapados en sus propias versiones de esta pesadilla, y que el hombre de la máscara de espejo me está esperando en algún lugar de esta oscuridad.
Al llegar al final de la escalera, me encuentro frente a una puerta de madera pesada, un anacronismo total en este palacio de alta tecnología. Es la única puerta en toda la isla que tiene una cerradura de las de antes. Introduzco la llave. Gira con un gemido metálico que parece un grito de agonía.
Empujo la puerta y lo que veo al otro lado me obliga a taparme la boca para no gritar. No es una habitación de tortura, ni una celda. Es una recreación exacta, hasta el más mínimo detalle, del salón de la casa de Julián López tal como estaba hace diez años. Los mismos muebles, las mismas fotos en las estanterías, incluso el mismo olor a café recién hecho y tabaco de pipa.
En el centro de la habitación, sobre una mesa camilla, hay un magnetófono antiguo. La cinta está girando.
Me acerco, hipnotizada por el horror de la nostalgia. La voz que sale de los altavoces no está distorsionada. Es una voz joven, llena de vida, una voz que no he escuchado en una década excepto en mis peores pesadillas.
—Hola, Elena —dice la voz de Julián—. Sabía que vendrías. Sabía que serías la primera en bajar. Porque de todos ellos, tú siempre fuiste la que tenía los ojos más llenos de fantasmas.
Doy un paso atrás, tropezando con una silla que cruje bajo mi peso. La habitación parece cerrarse sobre mí. Las fotos de Julián en las paredes parecen seguir mis movimientos.
—No estás muerto —susurro, aunque sé que es imposible. Yo vi cómo su pecho dejaba de moverse. Yo vi cómo sus ojos se volvían vidriosos bajo la lluvia.
—Oh, estoy muy muerto, Elena —responde la cinta, como si pudiera oírme—. Pero la muerte es solo una perspectiva. En Aethelgard, los muertos somos los únicos que decimos la verdad. ¿Quieres saber qué pasó realmente después de que te marcharas? ¿Quieres saber quién de tus "amigos" regresó al coche cuando tú ya estabas lejos?
Mi respiración se corta. Marcos nos dijo que nadie volvió. Nos dijo que el coche se incendió poco después.
—Escucha con atención, Elena —dice la voz de Julián, y su tono se vuelve oscuro, cargado de una malevolencia que me hiela el alma—. Porque la historia que te contaron es la mentira que te ha mantenido viva. Y ahora, es hora de que esa mentira muera contigo.
Un ruido detrás de mí me hace girar en redondo. La puerta por la que entré se ha cerrado de golpe y no hay rastro de la cerradura por este lado. Estoy atrapada en el pasado de un muerto, mientras el presente de la isla empieza a desmoronarse sobre mi cabeza.