Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XII El sabor de la libertad
Punto de vista de Isabella
El sol se filtraba por las cortinas raídas de la pequeña cabaña que Felipe había alquilado en la costa, lejos de las miradas juiciosas de la élite de la ciudad. El aire no olía a perfumes caros ni a desinfectante de oficina; olía a sal, a pino y al café barato que él estaba preparando en la cocina.
Me estiré en la cama, sintiendo la aspereza de las sábanas de algodón. No eran de mil hilos, pero por primera vez en mi vida, no sentía que el peso de mi apellido me aplastara el pecho al despertar.
—¿Despierta, mi amor? —Felipe entró en la habitación con dos tazas humeantes. Su sonrisa era cálida, genuina, desprovista de las segundas intenciones que siempre encontraba en los hombres de mi círculo.
—Todavía no puedo creer que lo hiciéramos —susurré, sentándome y dejando que él me rodeara con sus brazos.
—Lo hicimos, Isa. Eres libre. Nadie sabe dónde estamos.
Me acurruqué en su pecho, escuchando el latido de su corazón. Felipe era todo lo que mi padre despreciaba: un hombre sencillo, un músico con más sueños que ceros en su cuenta bancaria, pero con una nobleza que Alexander Volkov jamás entendería. Sin embargo, a pesar de la paz, una pequeña punzada de ansiedad me recorría el estómago.
La libertad tenía un precio que yo nunca había tenido que pagar: la incomodidad.
Esa tarde, salimos a caminar por el pueblo cercano. Yo llevaba un vestido sencillo que Elena me había dejado, tratando de pasar desapercibida. Me dolían los pies; no estaba acostumbrada a caminar tanto sin el soporte de unos buenos zapatos o la comodidad de un chofer esperándome a la vuelta de la esquina. El calor era sofocante y el restaurante donde almorzamos no tenía aire acondicionado, solo un ventilador viejo que movía el aire caliente de un lado a otro.
—¿Estás bien? —preguntó Felipe, notando mi cara de fastidio cuando vi una mosca rondando nuestra mesa.
—Sí, claro —mentí, forzando una sonrisa—. Es solo que... es diferente a lo que estoy acostumbrada.
—Es real, Isa. Esto es la vida real —dijo él, tomándome la mano—. Sin máscaras, sin contratos de compromiso, sin tu padre gritando órdenes.
Lo miré y sentí una oleada de culpa. Él lo había dejado todo por mí, y yo estaba aquí quejándome internamente por la falta de lujos. Pero no podía evitarlo. Una parte de mí, la que fue criada entre algodones, empezaba a extrañar la eficiencia del servicio, la suavidad de la seda y, extrañamente, la adrenalina de los juegos de poder.
Mientras comíamos, vi un periódico viejo sobre una mesa vecina. La portada mostraba una foto borrosa de "Isabella Castillo" (Elena) entrando a la mansión de los Volkov. El titular hablaba de la "Boda del Siglo".
Sentí un escalofrío. Elena estaba allí, viviendo mi vida, enfrentándose a Alexander, mientras yo estaba aquí, comiendo un pescado frito en un plato de plástico. ¿Sería ella capaz de aguantar? ¿O Alexander terminaría por romperla?
—¿En qué piensas? —insistió Felipe, su mirada llena de adoración.
—En que espero que el sacrificio valga la pena —respondí, aunque en mi mente, la imagen de Alexander Volkov, con su mirada gris y su arrogancia infinita, apareció de repente, haciéndome preguntar si mi escape era un acto de valentía o una cobardía que alguien más tendría que pagar con sangre.
Punto de vista de Elena
El espejo me devolvía la imagen de una novia perfecta, pero por dentro me sentía como un soldado caminando hacia el frente de batalla. El vestido era una obra maestra de encaje francés y seda, con una cola que parecía no tener fin; una cárcel de lujo diseñada para que el mundo viera lo que Armando Castillo era capaz de comprar con su propia sangre.
El abuelo de Alexander y Armando estaban urgidos por que esta unión se realizara. Para ellos, no era una boda; era una fusión de empresas, un apretón de manos legalizado por la iglesia.
—Te ves... aceptable —la voz de Armando me sacó de mis pensamientos. Estaba parado en la puerta de la suite nupcial, observándome con esa frialdad que me hacía desear que Elena Fernández nunca hubiera cruzado su camino.
—Gracias, padre —respondí, forzando la palabra. Cada vez que lo llamaba así, sentía que traicionaba a mi verdadero padre, pero no podía flaquear ahora.
—Recuerda, Isabella: una vez que digas "sí", el apellido Volkov será tu escudo, pero yo sigo siendo quien sostiene la espada. No me avergüences.
No respondí. Simplemente tomé el ramo de orquídeas blancas con dedos rígidos.
El trayecto hacia el altar de la catedral fue un borrón de luces de cámaras y murmullos. La iglesia estaba abarrotada de la élite de la ciudad, gente que me miraba buscando algún rastro del escándalo que siempre acompañaba a Isabella. Caminé del brazo de Armando, sintiendo cómo cada paso me alejaba más de mi madre y de mi humilde vida.
Al final del pasillo, Alexander me esperaba.
Si el día que lo conocí me pareció imponente, hoy era letal. El esmoquin negro le sentaba como una segunda piel y su postura era la de un hombre que estaba a punto de cerrar el negocio más difícil de su vida. Cuando Armando le entregó mi mano, sentí el frío de su piel contra la mía. Alexander no me miró con amor; me miró con una advertencia.
—Estás temblando —susurró él mientras nos arrodillábamos ante el altar.
—Es el frío de esta iglesia, Alexander. O tal vez es tu cercanía —respondí en el mismo tono bajo
—Ahorra tus frases de novela, Isabella. Solo firma el acta y tratemos de que esto sea lo menos doloroso posible.
La ceremonia transcurrió como en un sueño febril. El sacerdote hablaba de amor y fidelidad eterna, palabras que sonaban a burla en medio de nuestra farsa. Cuando llegó el momento de los votos, sentí un nudo en la garganta.
—Yo, Alexander Volkov, te tomo a ti, Isabella Castillo...
Su voz era firme, segura, sin una sola grieta. Él sabía lo que estaba haciendo. Cuando fue mi turno, miré hacia la primera fila. Vi a Miranda, la madre de Isabella, secándose una lágrima; vi al abuelo Dimitri sonriendo con satisfacción. Y por un segundo, imaginé a mi propia madre en la cama de aquel hospital, luchando por su vida.
—Yo, Isabella... —mi voz falló por un microsegundo, pero recuperé el control—, te tomo a ti, Alexander, como mi esposo.
El intercambio de anillos se sintió como el cierre de unas esposas. Alexander deslizó el diamante en mi dedo y yo hice lo mismo con su alianza de oro.
—Puede besar a la novia —anunció el sacerdote.
Alexander se acercó. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo, mi corazón latía con una gran intensidad y podía sentir un ligero temblor en mis piernas, el beso fue rápido, una presión de labios gélida y sin ningun sentimiento, pero por un instante, cuando sus ojos grises se volvieron a clavaron en los míos a tan poca distancia, vi algo más que desprecio. Vi una chispa de curiosidad, una duda que se negaba a morir.
—Bienvenida a mi infierno, señora Volkov —susurró contra mis labios antes de separarse.
Salimos de la iglesia bajo una lluvia de pétalos y flashes. El contrato estaba sellado. Ahora era propiedad de los Volkov ante Dios y ante los hombres. La tercera guerra mundial apenas estaba por comenzar, y yo no tenía más armas que mi ingenio y un corazón que, a pesar de todo, se negaba a dejar de latir por la verdad.
ojalá no bajen la Guardia