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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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El Expreso de las Sombras

La Gare de Lyon, en París, era un hervidero de vapor gris, silbatos metálicos y el murmullo incesante de una burguesía que se desplazaba con la prisa de quien cree que el tiempo le pertenece. El viaje en el expreso de la medianoche desde Florencia había sido un tránsito de fronteras físicas y místicas. Mientras el tren cruzaba los Alpes, Lucciana había permanecido despierta en su compartimento de primera clase, observando cómo las heladas cumbres alpinas reflejaban la luz de una luna que, a sus nuevos ojos, ya no parecía blanca, sino de un azul cobalto idéntico al fuego que llevaba en las venas.

Al descender al andén parisino, el frío de la capital francesa la recibió con una bofetada de hollín y perfume barato. Lucciana vestía un abrigo largo de paño oscuro con doble botonadura y un sombrero hongo que ocultaba sus facciones. En su mano izquierda, el guante de cuero negro ocultaba la runa que, lejos de enfriarse, parecía latir con una frecuencia distinta, adaptándose al magnetismo de esta nueva ciudad.

—Bienvenue à Paris, Signorina Bianchi —dijo Luca Ferro, apareciendo a su lado entre la multitud de viajeros que bajaban del convoy.

Esta vez, el Diablo vestía como un perfecto flâneur parisino: un abrigo de corte impecable, una bufanda de seda de Lyon y un bastón rematado en una empuñadura de plata que representaba una gárgola sonriente. Caminaba con una soltura que delataba que conocía cada rincón de la ciudad, desde los salones iluminados de la Ópera hasta los burdeles más oscuros de Montmartre.

—El aire aquí es diferente —comentó Lucciana, apretando el paso junto a él hacia la salida de la estación—. Huele a opio, a carbón y a... algo podrido bajo el asfalto.

—Es el aroma del progreso, mi querida restauradora —sonrió Luca, levantando ligeramente el sombrero ante una dama de la alta sociedad que pasó a su lado, quien se estremeció sin saber por qué—. París está obsesionada con la luz eléctrica, pero olvida que cuanta más luz se proyecta, más densas y profundas se vuelven las sombras. Jean-Luc Beaumont vive exactamente en esa frontera.

Un carruaje de caballos negros y vidrios tintados los esperaba en la Place de la Bastille. El cochero, un hombre flaco cuyo rostro permanecía oculto bajo el ala de un sombrero de copa gastado, no pronunció una sola palabra cuando Luca abrió la portezuela para Lucciana.

Una vez dentro, el traqueteo de las ruedas sobre el pavimento de madera de los bulevares parisinos marcó el inicio de la estrategia. Lucciana sacó el pergamino aceitoso del bolsillo de su abrigo. El nombre de Beaumont seguía brillando con ese tono violáceo, pero ahora, bajo el texto en francés, habían aparecido tres líneas manuscritas con tinta roja.

—La galería de Beaumont está en la Rue de Turenne, en pleno corazón de Le Marais —explicó Lucciana, leyendo las notas—. Mañana por la noche celebra una subasta privada. El catálogo oficial incluye obras menores de la escuela holandesa y un par de bocetos atribuidos a Delacroix. Pero la pieza central, la que no figura en los folletos, es la pintura del discípulo de Caravaggio. El Sacrificio de Isaac.

—Un título muy apropiado para un hombre que vendió la cordura de su primogénito —acotó Luca, mirando a través del cristal empañado—. Beaumont sabe que estoy cerca. Ha reforzado los límites mísiticos de su mansión. No puedo cruzar el umbral sin una invitación formal o sin que mi presencia active las alarmas de los ocultistas que lo protegen. Pero tú... tú eres de carne y hueso, Lucciana. Tu marca está oculta tras el velo de tu humanidad.

Lucciana guardó el pergamino y miró fijamente al Diablo. El metrónomo de su pecho, ese latido helado que sustituía a su corazón, dio un vuelco sordo al pensar en el frasco de plata que descansaba en el fondo de su equipaje. Cada hora que pasaba en este mundo era un préstamo que debía pagar con creces.

—¿Cómo planeas introducirme en la subasta? Un marchante de arte parisino no deja entrar a una desconocida italiana a una venta exclusiva de la alta sociedad.

Luca Ferro introdujo la mano en su chistera y, con un movimiento que desafió las leyes de la física, extrajo una tarjeta de invitación de cartulina gruesa con bordes dorados y el sello en lacre de la prestigiosa Société des Beaux-Arts de Paris. El nombre inscrito en letras caligráficas era: Comtesse Lucciana di Santa Croce.

—Te he comprado un título nobiliario temporal y una reputación como coleccionista excéntrica de manuscritos heréticos —dijo el Diablo, extendiéndole la tarjeta con una reverencia burlona—. Mañana serás la invitada de honor. Beaumont estará ansioso por venderte alguna de sus falsificaciones místicas, sin saber que tú vienes a restaurar la verdad de su deuda.

El hotel donde se hospedaron, un edificio de la Belle Époque cerca de la Place Vendôme, era un monumento a la suntuosidad decadente. Lucciana se encerró en su suite, una habitación de techos altos decorados con molduras de yeso y espejos de mercurio que devolvían una imagen de ella cada vez más distante de la joven que solía limpiar lienzos en Florencia.

Colocó el frasco de plata sobre la mesa de noche de caoba. Al rozar el metal con sus dedos descubiertos, una oleada de calor dorado la recorrió, disipando por un momento el frío parisino.

—Matteo... —susurró contra la plata—. Estoy en París. La Hermandad ya no puede tocarte, pero el precio de tu luz es el dolor de otros.

El frasco pulsó dos veces, un latido suave que en su mente se tradujo como una súplica de cautela. Matteo no quería que se convirtiera en un monstruo, pero el monstruo ya se había instalado en su pecho la noche del pacto.

Lucciana caminó hacia el gran ventanal que daba a la calle. Abajo, las farolas de gas parpadeaban bajo la llovizna fina de París. En la acera de enfrente, de pie bajo la sombra de un castaño, una figura la observaba. No era Luca Ferro. Era un hombre joven, vestido con una chaqueta de lona tosca, que sostenía un cuaderno de dibujo bajo el brazo. Al sentir la mirada de Lucciana, el joven levantó la vista. Sus ojos, incluso a la distancia, reflejaron un fulgor púrpura residual que congeló la sangre de la restauradora.

Un miembro de la Hermandad de la Ceniza. O algo peor.

Lucciana retrocedió un paso, cerrando las cortinas de terciopelo de golpe. La Hermandad de Florencia estaba destruida, pero la red de los nigromantes era europea, y las noticias del colapso del pentagrama de carne en la Santa Croce debían haber viajado más rápido que el expreso de la medianoche.

París no iba a ser una simple recaudación de impuestos. Iba a ser un campo de batalla donde los deudores y los cazadores compartían el mismo óleo. Lucciana Bianchi miró su mano izquierda, donde la runa azul comenzó a brillar en la oscuridad de la habitación, lista para el segundo acto.

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Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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