La noche de quince años debía ser simplemente una celebración inolvidable, llena de música, alegría y sueños. Sin embargo, todo cambia cuando una conexión inesperada surge entre la festejada y su elegante chambelán.
Entre ensayos, bailes, miradas discretas y momentos compartidos, nace un sentimiento que ninguno de los dos esperaba. Lo que parecía una simple amistad comienza a convertirse en algo mucho más profundo, poniendo a prueba sus emociones y enseñándoles que el amor puede aparecer en los momentos más inesperados.
Pero no todo será fácil. Los rumores, las diferencias y los desafíos de la vida pondrán a prueba aquello que sienten. ¿Será suficiente para mantenerse unidos o terminará siendo solo un hermoso recuerdo?
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Capítulo 19: El final de la quinceañera
Después de la gran coreografía, los aplausos no terminaban. Los invitados seguían felicitándome mientras los fotógrafos tomaban las últimas fotografías de la presentación.
Yo todavía estaba emocionada por todo lo que había ocurrido.
Los chambelanes también estaban felices porque la coreografía había salido exactamente como la habíamos ensayado.
Poco después, el maestro de ceremonias pidió la atención de todos los invitados.
—Damas y caballeros, ha llegado el momento del brindis en honor a nuestra quinceañera, Ariana Salazar.
Todos tomaron sus copas.
Las luces se hicieron un poco más suaves.
Mi papá, Juan Pablo Salazar, se acercó al micrófono.
Durante unos segundos observó el salón lleno de familiares y amigos.
Luego me miró y sonrió.
—Ariana, parece que fue ayer cuando aprendiste a caminar. Hoy te vemos convertida en una señorita inteligente, amable y llena de sueños. Tu mamá y yo estamos muy orgullosos de ti.
Muchas personas comenzaron a aplaudir.
Mi mamá, Adriana Mejía, tenía los ojos llenos de emoción.
—Deseamos que todos tus sueños se hagan realidad y que nunca pierdas esa alegría que te caracteriza.
Todos levantaron sus copas.
—¡Por Ariana!
—¡Salud!
El sonido de las copas llenó el salón.
Después llegó uno de los momentos más esperados.
El corte de la torta.
La enorme torta de varios pisos fue llevada al centro del salón.
Las luces se concentraron sobre ella.
Era hermosa.
Las flores moradas decoraban cada nivel y las pequeñas luces hacían que pareciera una obra de arte.
Los invitados comenzaron a cantar.
—¡Cumpleaños feliz!
Yo sonreía sin parar.
Junto a mis padres tomé el cuchillo decorativo.
Entre los tres realizamos el primer corte.
Los aplausos volvieron a llenar el salón.
Luego los meseros comenzaron a repartir las porciones de torta entre los invitados.
Poco después llegó la cena.
Las mesas se llenaron de platos y bebidas.
Los invitados disfrutaban la comida mientras conversaban sobre la fiesta y la coreografía.
Muchos se acercaban a felicitarme.
Otros comentaban lo bonito que había quedado el salón.
La celebración continuó durante varias horas.
Después de la cena comenzó nuevamente la música.
Y ahí fue cuando la verdadera fiesta tomó fuerza.
Primero sonaron canciones modernas.
Luego vinieron los éxitos de moda.
La pista de baile comenzó a llenarse rápidamente.
Melissa fue una de las primeras en salir a bailar.
Saúl no tardó en acompañarla.
Carlos, Carolina, Jordy, Jordana, Tomás, Tatiana, Jhon, Sofía, Andrés y Salome también se unieron.
Yo no me quedé sentada.
Era mi fiesta.
Así que salí a disfrutarla.
Las risas no faltaban.
Las fotografías tampoco.
La alegría estaba por todas partes.
Más tarde comenzaron a sonar ritmos más tradicionales.
La música de tambora puso a bailar a muchos invitados.
Incluso algunos familiares que decían estar cansados terminaron en la pista.
La energía era increíble.
Las personas cantaban.
Bailaban.
Aplaudían.
Y disfrutaban cada momento.
Pero el momento más divertido llegó casi al final de la fiesta.
El DJ tomó el micrófono.
—¡Todo el mundo a la pista porque llegó la hora de la lambada!
Los invitados comenzaron a reír y a correr hacia la pista.
La música empezó a sonar.
En pocos segundos la pista estaba completamente llena.
Jóvenes, adultos y familiares bailaban juntos.
Nadie quería quedarse sentado.
Las risas se escuchaban por todo el salón.
Mi papá incluso terminó bailando.
Mi mamá también.
Verlos disfrutar así me hizo muy feliz.
La fiesta estaba llegando a su final, pero nadie parecía tener ganas de que terminara.
La música continuó sonando.
Una canción tras otra.
La pista seguía llena.
Las luces brillaban.
Las flores decoraban cada rincón.
Y el ambiente seguía siendo mágico.
Finalmente, cerca del final de la noche, comenzaron las despedidas.
Los invitados se acercaban para abrazarme.
—Gracias por invitarnos.
—Que Dios te bendiga.
—Que cumplas muchos años más.
Yo agradecía cada palabra.
Cuando las últimas personas comenzaron a marcharse, observé el salón por última vez.
Las mesas.
Las luces.
La pista de baile.
Las flores.
Todo aquello que había imaginado durante tanto tiempo.
Entonces sonreí.
Mis quince años habían sido mucho más hermosos de lo que alguna vez soñé.
Y aunque la fiesta había terminado, los recuerdos de aquella noche permanecerían para siempre en mi corazón.