Dieciocho años han pasado desde que un collar de luna y un león de ónix sellaron un destino en la terraza de la Torre Vane. Lo que comenzó como una conexión infantil en medio de una guerra de mafias, se ha transformado en algo mucho más oscuro y complejo.
Aria Vane ya no es la bebé que buscaba refugio en los brazos de Eithan Smirnov. Ahora es una mujer con la inteligencia gélida de su padre, Killian, y la belleza indomable de su madre, Elara. Pero para Eithan, el heredero de la Bratva italiana, ella sigue siendo su única prioridad, su "Luna". Y el León está listo para reclamar su trono.
Tercera parte de:
__Mis hijos hackearon al CEO
__Heredero del pecado
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Capítulo Final: El Rugido de los Herederos
La cena de gala para celebrar la nueva alianza con los clanes del norte estaba en su apogeo. La mesa de roble de la mansión crujía bajo el peso de la porcelana y el cristal. Killian presidía la mesa con una elegancia feroz, mientras Ethan mantenía su mano firmemente entrelazada con la de Aria.
—Un brindis —dijo Killian, levantando su copa de cristal—, por la sangre que nos une y por los enemigos que ya no existen.
Pero el destino tenía otros planes. Justo cuando los invitados levantaban sus copas, un sonido sordo y líquido interrumpió el silencio solemne. Aria se puso rígida, sus ojos se abrieron como platos y miró hacia abajo, donde un charco de agua empezaba a mojar la alfombra persa.
—Papá... Ethan... —susurró Aria con una calma que aterraba—. Rompí bolsa. Y creo que los niños tienen mucha prisa por conocer a su abuelo.
El pánico que siguió fue digno de una comedia de enredos. Killian tiró la copa al suelo, Ethan saltó de la silla tirando los cubiertos y los invitados al banquete se apartaron como si hubiera estallado una granada.
—¡CÓDIGO AZUL! —gritó Killian—. ¡Evans, arranca el helicóptero! ¡Edans, bloquea las calles! ¡Román, trae el maletín de emergencia y mi pistola de la suerte!
—¡Killian, olvida la pistola y agarra el bolso del bebé! —le gritó Elara, manteniendo la cordura mientras ayudaba a Aria a levantarse.
Ethan cargó a Aria en sus brazos, ignorando los protocolos. Salieron de la mansión a toda prisa hacia el convoy de camionetas blindadas. Killian se puso al volante de la primera, con Ethan y Aria en el asiento de atrás.
—¡Agárrate, Smirnov! —rugió Killian, pisando el acelerador a fondo—. ¡Si esos niños nacen en mi tapicería de cuero italiano, te juro que te cobro la limpieza!
—¡Solo maneja, Killian! —gritó Ethan, mientras Aria apretaba su mano con una fuerza que amenazaba con romperle los huesos.
El hospital fue tomado por la fuerza. Los hombres de la Bratva bloquearon las entradas mientras las enfermeras corrían para llevar a Aria a la sala de partos. Killian intentó entrar, pero Elara lo detuvo en seco con una sola mirada.
—Este es el momento de Ethan y Aria, Killian. Quédate aquí y trata de no dispararle a las máquinas de café.
Después de horas de tensión, gritos y un Killian caminando por el pasillo como un tigre enjaulado, el silencio del hospital fue roto por un grito agudo, fuerte y decidido. Y segundos después, otro igual de potente.
Ethan salió al pasillo, todavía con la bata azul puesta, con el rostro bañado en lágrimas y una sonrisa de absoluta victoria.
—Son dos niños —dijo Ethan, su voz quebrándose de la emoción—. Dos pequeños leones.
La habitación se llenó rápidamente de la familia. Aria estaba en la cama, cansada pero radiante, sosteniendo a los dos pequeños envueltos en mantas de seda azul. Los bebés tenían el cabello oscuro de los Smirnov y, cuando uno de ellos abrió los ojos por un segundo, se pudo ver el brillo plateado de los Vane.
Damián se acercó, mirando a sus nietos con un orgullo que no cabía en su pecho. Mijail, Dimitri, Román y los gemelos se asomaron con una reverencia silenciosa.
Killian se acercó lentamente. El hombre que había hecho temblar a ejércitos enteros temblaba ahora al tomar a uno de los bebés en sus brazos. El pequeño agarró con fuerza el dedo índice de Killian.
—Miren esto... —susurró Killian, su voz áspera volviéndose dulce—. Tiene el agarre de un tirador. Este es Leonidas Vane-Smirnov. Y el que tiene Ethan es su hermano, Alexander.
—Bienvenidos a la familia, cachorros —dijo Ethan, rodeando a Aria con su brazo mientras miraba a sus hijos—. Nueva York es vuestra.
La paz finalmente reinaba. Mientras los bebés dormían plácidamente en brazos de sus abuelos, Aria miró a Ethan.
—Entonces... ¿cuándo nos casamos oficialmente? —preguntó ella con una sonrisa pícara.
—El año que viene, Luna —respondió Ethan, besando sus labios—. Ahora tenemos dos prioridades más importantes. Además, necesitamos que tus hermanos se asienten un poco... presiento que ellos serán los próximos en darnos dolores de cabeza.
En la esquina, Evans y Edans intercambiaron una mirada cómplice mientras Vera y Nadia les guiñaban un ojo. La Dinastía del León y la Luna había cerrado su capítulo, pero una nueva historia, cargada de tecnología, misterio y un romance prohibido, estaba empezando a gestarse en las sombras para los gemelos Vane.
La Dinastía era eterna. El legado estaba a salvo. Y por primera vez en su vida, Killian Vane no gritó, porque sabía que el futuro del imperio estaba en las mejores manos.
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A la tarde sale la novela de los gemelos Edans y Evans. Lo que estaban esperando así que estén atentas