hace 500 años "Kathall" sufrió tras la última guerra santa donde muchos murieron. En especial, Re'Xhuz el titan de la muerte quien fue derrotado por la primobestia "Fenixsera" pero algo de su esencia quedo vagando en el mundo. Esencia que se introduce en el cuerpo de una humana, siendo esta su cuna mientras se prepara para volver y así iniciar otra guerra santa.
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Capítulo 2: El Suspiro de la Profetisa y la Ira de la Diosa
El cielo sobre Cendolia no volvió a ser azul tras la noche del Valle Luz de Luna. Un velo grisáceo, como ceniza en suspensión, comenzó a cubrir el horizonte mientras la furia de una diosa despechada se manifestaba.
La Agonía de los Reinos
Sanir, la Diosa de la Naturaleza, no era una entidad de paz absoluta; era el equilibrio, y el equilibrio había sido profanado en su propio lecho. Su respuesta fue un grito que no se oyó con los oídos, sino con las raíces y la sangre.
En la Ciudad Élfica de Neressis, el desastre fue silencioso pero devastador. Los elfos, acostumbrados a sentir el pulso de la madre tierra como un latido constante bajo sus pies, experimentaron de pronto el "Gran Vacío". Las esporas luminiscentes que iluminaban las calles se apagaron de golpe. Los árboles milenarios, cuyas ramas tejían sus hogares, empezaron a endurecerse, perdiendo su flexibilidad y su magia, convirtiéndose en madera muerta y quebradiza. El Gran Druida Erfren cayó de rodillas al suelo, sintiendo cómo su conexión con la naturaleza se cortaba como un hilo de seda bajo un hacha; Neressis ya no era una extensión del bosque, sino un cementerio de madera blanca.
En el Reino de Belandria, la ira de Sanir tomó una forma más cruel: la hambruna. En un solo amanecer, los campos de trigo dorado que rodeaban la capital se pudrieron, volviéndose negros y viscosos. Los pozos de agua cristalina se tornaron amargos y salobres, y el ganado, preso de un pavor sobrenatural, huyó hacia las montañas o cayó fulminado. El Rey Cornelius observó desde su balcón cómo su próspero reino se marchitaba en cuestión de horas. La naturaleza le había dado la espalda a la humanidad.
Orcariaz: La Garra del Imperio Negro
Mientras el resto de Cendolia se hundía en el caos, en el noreste se alzaba Orcariaz, la capital del Imperio Negro. Era una ciudad construida con obsidiana y hierro frío, incrustada en las faldas de un volcán inactivo. Sus torres terminaban en puntas afiladas que parecían querer rasgar el cielo, y el aire allí siempre sabía a metal y azufre.
En lo más profundo de sus mazmorras, donde el eco de los torturados se perdía en paredes que goteaban salitre, se encontraba Calanthe, la Profética.
Calanthe era una figura que inspiraba un temor reverencial incluso encadenada. Miembro de las 7 de Zalem, poseía una belleza marchita pero poderosa. Su cabello, blanco como la escarcha, caía en desorden sobre sus hombros, y sus ojos carecían de pupilas; eran dos esferas de plata líquida que miraban constantemente hacia lo que aún no había sucedido. Sus dedos, largos y finos, trazaban símbolos invisibles en el aire húmedo de su celda.
La puerta de hierro pesado se abrió con un estruendo. Thaneus, el gobernante del Imperio Negro, entró en la estancia. Era un hombre imponente, de armadura oscura grabada con runas de guerra y una capa de piel de lobo negro. Su rostro estaba marcado por cicatrices de mil batallas, y su mirada era la de un hombre que no creía en dioses, sino en el poder absoluto.
—Dime, vieja bruja —rugió Thaneus, agarrando a Calanthe por el mentón—. El mundo se está pudriendo fuera de estos muros. Los elfos lloran y los humanos mueren de sed. ¿Es este el inicio de tu profecía?
Calanthe soltó una risa seca, un sonido que recordó al crujir de hojas secas.
—Es mucho más que un inicio, Thaneus —respondió ella, y su voz pareció resonar en varias frecuencias a la vez—. No es solo el fin de un pacto. Es un nacimiento. El hijo de la muerte ya no es una sombra errante; ahora tiene sangre, tiene nombre y late dentro de una mujer que el destino ha elegido.
Thaneus apretó los dientes, sus ojos brillando con una ambición peligrosa.
—¿Dónde está ella? —preguntó.
—Cerca del Valle donde la vida murió —susurró Calanthe, mientras una lágrima de sangre resbalaba por su ojo de plata—. Pero no te apresures, Gran Thaneus. No eres el único que busca al heredero de Re'Xhuz. Mis hermanas ya están moviendo las piezas, y la sombra que ella lleva dentro... esa sombra no acepta dueños.
En ese momento, un temblor sacudió los cimientos de Orcariaz. No era un terremoto común. Era el primer pálpito del corazón del Hijo del Re'Xhuz, reclamando su lugar en un mundo que empezaba a morir para dejarle espacio.
CONTINUARÁ...