Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.
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Capítulo 23: Coronación
Nocturne – Sala del Trono. Viernes, 21:50.
La corte no era lo que Lía imaginaba. No había capas ni antorchas. Había trajes, vestidos caros, copas de cristal y susurros. Treinta personas. O cosas con forma de personas. Todas mirando el trono vacío.
Belial estaba de pie al lado, traje gris, sin copa. Cuando Damián, Lía y Lilith entraron, el murmullo se cortó.
—Llegan tarde —dijo Belial.
—Llegamos —contestó Damián.
No fue al trono. Se quedó al pie, con Lía al lado y Lilith un paso atrás. La marca plateada del pecho ya no dolía. Solo pesaba.
Belial levantó una mano. La sala quedó en silencio total.
—El trono eligió —dijo—. Damián Moreau, hijo de Belial, Azazel para la corte, reclamó y fue aceptado. —Miró a todos—. Si alguien objeta, hable ahora.
Nadie habló. Uno tosió. Se arrepintió.
Belial asintió.
—Entonces coronamos. —Miró a Lía—. Con una condición.
Damián dio medio paso adelante.
—No.
Belial lo ignoró.
—Ella —señaló a Lía— renuncia al mundo humano. Para siempre. No visitas. No llamadas. No hermano los domingos. —Se encogió de hombros—. A cambio, él reina con ella al lado, sin límite de tiempo, sin enfermedad, sin vejez. Si no renuncia, él reina solo. Ella vuelve arriba sin memoria de nada. Ni de él. Ni del contrato. Ni del trasplante.
Lía sintió el anillo frío. No por la oferta. Por el silencio de la corte. Treinta pares de ojos esperando ver qué elegía la humana.
Damián la miró. No suplicó. No ordenó.
—Veinticuatro horas —dijo Lía en voz alta, para Belial, no para Damián—. Para decidir.
Belial levantó una ceja.
—¿Negociás?
—No. Pido tiempo. —Le sostuvo la mirada—. Elena firmó dos veces sin pensar. Yo pienso una.
La corte murmuró. Belial levantó una mano y se callaron otra vez.
—Veinticuatro horas —dijo—. Mañana, 22:00. Acá. Decís sí o decís no. Si no venís, asumo que es no.
Damián no se movió hasta que Belial se fue. La corte se dispersó despacio, mirándolos como si fueran animales nuevos en el zoo.
Cuando quedaron solos, Lilith silbó.
—Bueno. Eso fue divertido. ¿Plan?
—No hay —dijo Damián.
—Sí hay —dijo Lía—. Vamos arriba.
Penthouse – 23:30.
Lía no encendió las luces. Fue directo a la ventana. La ciudad brillaba. Abajo pasaban autos, gente, vida.
Damián se quedó en la puerta del living. No la tocó.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—Pensar —contestó ella.
—Lía.
—Damián —lo imitó, sin girarse—. Si digo que sí, Tomás se queda sin hermana. Si digo que no, te quedás sin mí y yo sin memoria de vos. —Apoyó la frente en el vidrio—. Es una mierda de elección.
—Lo es. —Caminó hasta quedar detrás, sin tocarla—. Por eso no te voy a pedir nada.
—Ya lo hiciste. —Se giró—. Cuando te sentaste en el trono, lo hiciste por mí. No digas que no.
—No lo digo. —Le puso una mano en la mejilla—. Pero no te voy a pedir que te encierres acá abajo para siempre.
Lía cerró los ojos un segundo. Después los abrió.
—Vos dejaste de ser Moreau por mí hace veinte años. Yo puedo dejar de ser Vargas ahora.
—No es lo mismo.
—No. Es peor. —Sonrió sin ganas—. Por eso necesito las veinticuatro horas. No para decidir. Para despedirme.
Damián la abrazó entonces. Fuerte. Sin sello empujando. Sin contrato midiendo.
—Andá —susurró contra su pelo—. Yo me quedo acá. Si no volvés, lo entiendo.
—Voy a volver —dijo Lía—. Solo no sé cómo.
Sábado – 10:00. Hospital Alemán.
Tomás estaba en la cama, con la tele prendida en un partido que no miraba. Más flaco, más pálido, pero vivo.
—Llegaste temprano —dijo cuando la vio.
—Tenía que hablar con vos. —Lía se sentó en la silla al lado—. Sin mamá. Sin sermón.
Tomás bajó el volumen.
—Sonás a despedida.
—Tal vez. —Le agarró la mano—. Tomi, si yo me tuviera que ir lejos, muy lejos, y no pudiera llamar… ¿estarías bien?
Él frunció el ceño.
—¿Te vas con el millonario?
—Algo así.
—¿Te hace feliz?
Lía pensó en Damián en el trono, diciendo que no al trono por ella. En la marca negra que se volvió plateada cuando lo eligió. En la foto de 1998.
—Sí —dijo—. Me hace sentir que no estoy sola aunque el mundo se prenda fuego.
Tomás asintió despacio.
—Entonces andá. —Le apretó la mano—. Pero prometeme que si podés volver, volvés. Aunque sea un día. Aunque sea para putearme porque no lavo los platos.
Lía se rió con la garganta cerrada.
—Prometido.
Se quedó tres horas. No habló de tronos ni de Belial. Habló de mamá. De la receta de las tortas fritas. De nada. De todo.
Cuando se fue, no miró atrás.
18:00. Departamento viejo de Elena.
Lía tenía copia de la llave todavía. Entró. Olía a polvo y a vainilla vieja.
Fue al cajón de la cocina. Sacó la polaroid. La guardó en el bolsillo de la campera junto a la foto de 1998.
Después fue al cuarto. En el placard, arriba, estaba la caja de zapatos. La abrió. Adentro, cartas. Todas para ella. Todas de Elena. Nunca enviadas.
Agarró una al azar. Fecha: 2000.
“Lía, hoy dijiste tu primera mala palabra. Me asusté y me reí. Si algún día tenés que elegir entre lo correcto y lo que querés, elegí lo que te deje dormir. Yo no pude. Por eso te escribo. – M.”
Lía la dejó en la caja. Cerró la tapa. No se la llevó.
No hacía falta.
Nocturne – Sala del Trono. 21:57.
Llegó sola. Damián estaba al pie del trono, sin sentarse. Belial ya ahí, mirando el reloj.
—Tres minutos —dijo.
Lía caminó hasta quedar entre los dos. No miró a Damián. Miró a Belial.
—No —dijo.
La sala no murmuró. No había corte. Solo ellos.
Belial no se sorprendió.
—Entonces él reina solo. Vos te vas. Sin memoria.
—No —repitió Lía—. No renuncio al mundo humano. Y no me voy sin memoria.
Belial entornó los ojos.
—Eso no es opción.
—Ahora lo es. —Levantó la mano. El anillo plateado brilló—. El trono eligió a Moreau. Moreau me eligió a mí. Yo lo elijo a él. —Miró a Damián—. Pero no me encierro. Si me encierro, se pudre. Como Elena.
Damián la miró. No habló.
Belial se quedó callado medio minuto. Después se rió. Una vez. Seca.
—Lilith tenía razón. Sos peor que Elena. —Caminó hasta el trono y apoyó la mano en el respaldo—. El trono no acepta condiciones.
—Entonces se cierra cien años —dijo Damián por fin, dando un paso adelante—. Como dijiste.
Belial lo miró. Después a Lía.
—O —dijo Lía— nos dejan como estamos. Él con el trono, yo con la puerta abierta. Y si Malphas vuelve, lo quemamos entre los dos.
Silencio.
Belial quitó la mano del trono.
—Veinticuatro horas —dijo—. Para pensarlo yo.
Dio media vuelta y se fue.
Damián exhaló como si hubiera estado aguantando desde ayer.
Lía se giró hacia él.
—Te tocaba a vos no elegir.
—Lo sé. —Le agarró la cara con las dos manos—. Gracias por no dejarme.
—Gracias por no pedirme que me quede. —Lo besó. Corto. Real—. Ahora vámonos antes de que cambie de idea.
Penthouse – 00:10.
Lilith estaba tirada en el sillón con pizza.
—¿Y? ¿Reina del infierno?
—No —dijo Lía, agarrando un pedazo—. Consultora externa.
Damián se dejó caer al lado de ella y le robó la pizza.
—Suena bien.
Lilith los miró a los dos.
—Se van a morir juntos, ¿no?
—En cien años —dijo Lía.
—Si tenemos suerte —dijo Damián.
Brindaron con latas de gaseosa.
El anillo y la marca no brillaron. No hacía falta.
Salieron. El trono quedó encendido. Sin rey sentado. Esperando.