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Fragmentos De Un Alma Bajo La Lluvia.

Fragmentos De Un Alma Bajo La Lluvia.

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Maltrato Emocional
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ely Vazquez

"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."


Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.


si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.

NovelToon tiene autorización de Ely Vazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La víspera del silencio.

NARRADOR

Hubo un tiempo en que el mundo de Aitana olía a asfalto caliente y a la libertad que solo se conoce a los siete años. Eran los años 90 en la colonia, una época donde la felicidad se medía por la velocidad de una bicicleta y el éxito era llegar a casa antes de que se encendieran las farolas.

—¡Aitana, no te vayas tan lejos! —gritaba Elena desde el porche, sacudiendo un trapo de cocina.

—¡Ya voy, mamá! ¡Solo una vuelta más a la manzana! —respondía la niña, pedaleando con todas sus fuerzas, sintiendo el viento en la cara.

Aitana era un torbellino de luz. De lunes a viernes, su vida era predecible. Sus padres salían temprano al trabajo, siempre impecables.

—Pórtense bien, niñas. Valeria, cuida a tu hermana —decía Roberto mientras les daba un beso en la frente antes de cerrar la puerta.

—Sí, papá —respondía Valeria con la seriedad de quien se sabe la mayor.

Pero al llegar el sábado, el ambiente en la casa se volvía eléctrico. Roberto se ponía su camiseta de fútbol y el sonido de las latas de cerveza abriéndose marcaba el inicio de una cuenta regresiva.

—¿Otra vez, Roberto? Apenas es mediodía —reprochaba Elena, con la voz cargada de un cansancio antiguo.

—¡Déjame en paz, mujer! Es mi día de descanso, ¿no puedo ni ver el partido tranquilo? —el tono de Roberto subía, y Aitana buscaba refugio en el cuarto que compartía con Valeria.

—¿Por qué siempre pelean, Vale? —preguntaba Aitana, abrazando una muñeca.

—Así son ellos, Aitana. Tú mejor dibuja algo y no hagas ruido —respondía su hermana, tratando de bloquear los gritos que subían desde la sala.

Aquel sábado fatídico, Roberto entró al cuarto de las niñas. Olía a cebada y a ese humor volátil que traía el alcohol.

—Aitana, deja eso. Acompáñame a casa de tu tía, tengo que pasar por unas cosas.

—¿Puedo ir yo también? —preguntó Valeria.

—No, tú quédate ayudando a tu madre. Aitana, vámonos ya.

El trayecto en el coche fue silencioso. Aitana miraba por la ventana los puestos de comida en la calle y a otros niños jugando. Al llegar a la casa de su tía, el aire se sintió pesado. Roberto se quedó en la entrada hablando con otros adultos mientras Mateo, el primo mayor, aparecía en el pasillo.

—Hola, chaparra —dijo Mateo con una sonrisa que a Aitana no le dio miedo, porque en su mundo, los primos eran protectores—. Ven, vamos al baño, te quiero enseñar algo.

Aitana lo siguió con la confianza de la inocencia. Al entrar, el sonido del pestillo al cerrarse sonó como un trueno en el silencio del baño.

—¿Por qué cierras, Mateo? —preguntó ella, empezando a sentirse incómoda por el espacio tan pequeño.

—Cállate y hazme caso —respondió él. Su voz ya no era la de un primo; era la de un extraño.

Lo que siguió fue una invasión que el cuerpo de Aitana no podía procesar. El dolor físico era una flama que la quemaba por dentro.

—Me duele... Mateo, por favor, me duele mucho —suplicaba ella, con las lágrimas rodando por sus mejillas de siete años.

—No llores, que nos van a oír. Pégate a la pared —le ordenó él, usando su fuerza para silenciarla de las formas más crueles, invadiendo su boca para ahogar cualquier intento de auxilio.

Aitana sentía que se asfixiaba, que su alma se desprendía de su cuerpo para no tener que estar ahí. Cuando el "clic" del pestillo volvió a sonar para dejarla salir, la niña que entró ya no existía.

En el coche de regreso, Roberto no notó nada.

—¿Te portaste bien? —preguntó él, distraído.

—Sí —susurró ella, apretando las piernas, sintiendo la humedad caliente de una mancha que le aterraba.

Al llegar a casa, corrió al baño y se encerró. Miró su ropa interior y el ardor la hizo sollozar bajito. Elena tocó la puerta con insistencia.

—¡Aitana! ¡Ábreme! ¿Qué tienes? Te bajaste del coche corriendo.

—¡Nada, mamá! ¡Déjame sola!

—¿Cómo que nada? Te escucho llorar. Ábreme ahora mismo.

Aitana se lavó la cara con agua fría, tratando de ocultar el rastro del miedo. Abrió apenas una rendija.

—Me raspé jugando en casa de mi tía, eso es todo. Me arde la rodilla.

—Ay, niña, siempre tan atrabancada —suspiró Elena, convencida por la máscara que Aitana acababa de empezar a construir.

Las sombras no se quedaron en ese baño. Semanas después, durante una pijamada en casa de la misma tía, el horror volvió. Todos los primos dormían en el mismo cuarto, sobre colchonetas en el suelo. Aitana sentía el cuerpo de Mateo acomodándose detrás de ella en la oscuridad. Sentía sus manos, su respiración, el peso del secreto volviendo a aplastarla. Valeria, desde la colchoneta de enfrente, tenía los ojos muy abiertos.

—Aitana... ¿estás despierta? —susurró Valeria en la penumbra.

Aitana se quedó rígida, conteniendo la respiración mientras Mateo se alejaba lentamente.

—Sí... —respondió Aitana con un hilo de voz.

—¿Qué estaba haciendo Mateo atrás de ti? —la pregunta de su hermana mayor fue un dardo directo.

—Nada, Vale. Se estaba acomodando. Duérmete ya.

Días después, de regreso en su casa, Valeria la acorraló en el patio.

—A mí no me mientas, yo vi cómo se te pegaba esa noche. ¿Te hizo algo? Cuéntame, Aitana.

—¡Que no pasó nada! —gritó Aitana, con una agresividad que nació del miedo—. ¡Déjame en paz! ¡Tú no sabes nada!

Ese fue el día en que el vínculo entre las hermanas se llenó de un silencio cómplice y doloroso. Aitana decidió que, si quería que su familia no se destruyera por los pleitos de su padre, ella tenía que cargar con su propia basura.

Para acallar el ruido de sus pensamientos, Aitana encontró un refugio: la comida. Cada pan dulce, cada bocado extra era una capa de protección contra el mundo.

—Oye, Aitana, ¿otra vez vas a comer? Acabamos de cenar —le decía Elena en la cocina.

—Tengo hambre, mamá. Déjame.

—Te vas a poner gordita, hija. Luego los niños son muy crueles.

Elena tenía razón. Al llegar a tercer grado, la niña que volaba en bicicleta había sido reemplazada por una niña que caminaba despacio, ocultando su cuerpo bajo ropa holgada. En el salón de clases, el ambiente era un campo de batalla.

—¡Miren, ahí viene el Manatí! —gritó un niño llamado Sergio, señalándola mientras ella entraba al salón.

—¡Cuidado, que va a temblar la escuela! —se burló otro, provocando las risas de todos.

Aitana sintió el nudo en la garganta, pero recordó la lección de su casa: el silencio es seguridad. Se forzó a sonreír.

—¡Ay, qué chistosos son! —dijo ella, soltando una carcajada falsa que le dolió más que cualquier golpe—. Al menos yo tengo más de dónde abrazar, ¿no?

Sus compañeros se rieron con ella, pensando que no le importaba. Nadie vio que, al sentarse en su pupitre, Aitana apretaba los puños bajo la mesa hasta enterrarse las uñas. Había aprendido la lección más importante de su vida: si te ríes de ti misma primero, el mundo piensa que estás sana. Si pones mil candados a tu alma y te sientas bajo la lluvia, llegará un punto en que dejarás de sentir el frío.

O eso era lo que ella quería creer mientras esperaba, año tras año, a que alguien tuviera el valor de ver a través de su sonrisa.

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1
Sakura
y si no hablas nunca vas a volver a tener tu casa para ustedes dos
Sakura
hablar mija
Sakura
por dios niña cuando vas a soltarte tienes que dejar de pensar así y abrirte hablar con un sicólogo que te ayude por que vas a venir perdiendo a tu pareja
Mary Ney
Hasta cuando
Sakura
por diós mujer si sigues como vas lo vas a peder
Mary Ney
Aitana deja que la luz envuelva tu oscuridad ama Julian estudia en linea ocupa tu espacio ☺️
Sakura: tienes que empezar a soltarte querida a darte la oportunidad más con el sienta que lo quiere la palabra amor no es algo que va a salir a la primera es algo que se empieza a sentir con el tiempo con la convivencia tienes que abrirte más si miedo se Por todo lo que a pasado pero es tiempo de sanar tanto tu cuerpo alma y a ti misma
total 1 replies
Mary Ney
Que encuentre su amor hasta ser viejitos 🤭
Mary Ney
Que bueno que encontró su nido
Sakura
eso es poco a poco
Sakura
ahora te toca a ti empezar a sentir y no pensar ni deja que el miedo te controles ya es hora de que seas feliz y sin miedo
Sakura
que bueno es hora de soltar el pasado
Mary Ney
Ojalá Julian sea indicado y le de amor y la familia de Julian la quiera como una hija, pueda dejar todo atrás y tener una familia y ya no se rompa más. Todos merecemos una oportunidad siempre queremos que aunque llueva mucho vuelva salir el sol 🥰☺️
Sakura
eso así es es hora de despertar y ser feliz por primera vez tener esa felicidad que te hab negado
Mary Ney
Si sigue así no la llevan si no a una tragedia, se levanta ella se retira del mundo 😭😭
Sakura
cuando vas a despertar
Sakura
enserio de nuevo
Sakura
😭
Mary Ney
Que horible su vida los adolescentes se quintana la vida los padres no se dan cuenta que ellos llevan a ese destino 😭😭😭😭
Mary Ney
Qué dolor su hermana tampoco un apoyó , los padres terrible y ni siquiera madre 😭😭😭más capítulos
Sakura
que asco de padres te toco
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