Renace en un mundo mágico con una misión, pero ella no dejará la pasión de su primera vida.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Abby 1
Agnes se detuvo frente a la puerta de la habitación de Abby antes de tocar.
Fue entonces cuando ocurrió.
No llegó como un pensamiento claro, sino como una oleada repentina, brutal, que le atravesó la cabeza y el pecho al mismo tiempo. Recuerdos que no eran del sueño, sino de la vida vivida. Escenas completas, voces, gestos, discusiones que en el sueño habían sido borrosas y ahora se volvían nítidas.
Abby no era solo la joven frágil que creyó cuando vio los primeros recuerdos..
Abby era egoísta.
Caprichosa.
Envidiosa.
Agnes cerró los ojos, apoyando la mano en la madera de la puerta mientras las imágenes se sucedían sin piedad.. Abby exigiendo vestidos nuevos cuando no hacía falta ninguno, joyas compradas por puro aburrimiento, cenas costosas solo para impresionar a personas que jamás se preocuparon por ellas.
Recordó su voz quejosa.
—¿Por qué no puedo tener lo que quiero? Somos Norhaven.
Recordó las discusiones, siempre apagadas por Agnes para no herirla, para no provocar un conflicto con el tío enfermo. Recordó cómo, tras la muerte de Lord Norhaven, Abby siguió gastando como si la fortuna fuera infinita… y cómo los supuestos “asesores” aprovecharon esa debilidad.
La ruina no había sido un golpe del destino.
Había sido una suma de malas decisiones.
Y Abby había sido parte de ellas.
Agnes abrió los ojos lentamente.
Sintió algo nuevo asentarse en su interior. No era rabia. Era claridad. La misma que sentía frente a un motor averiado cuando por fin encontraba la falla real.
—No esta vez —susurró.
Se enderezó. Respiró hondo. Su espalda se irguió de forma casi inconsciente, como si su cuerpo supiera que ahora le tocaba sostener algo pesado.
Amaba a Abby. Eso no había cambiado.
Pero amar no significaba permitirlo todo.
Se preparó mentalmente antes de entrar. No iría como la prima complaciente que calmaba berrinches ni como la joven insegura que cedía por culpa. Iría como alguien que ya había visto el final… y se negaba a repetirlo.
Agnes levantó la mano para tocar la puerta.
Esta conversación sería el primer ajuste.
Agnes abrió la puerta despacio.
Al cruzar el umbral, dejó que su rostro se quebrara. Los hombros caídos, la respiración irregular, los ojos húmedos. No era del todo fingido.. el dolor por la muerte del tío seguía ahí, real, punzante. Solo que ahora lo usó. Lo dejó ver.
La habitación de Abby contrastaba cruelmente con el luto reciente.
Sobre la cama había vestidos extendidos, telas claras y brillantes, cintas, cajas abiertas. Un joyero reposaba sobre el tocador, y Abby estaba de espaldas, frente al espejo, probándose unos pendientes como si el mundo no se hubiera detenido el día anterior.
—Abby… —susurró Agnes, con la voz rota.
Abby la miró por el reflejo del espejo, apenas un segundo, y volvió a concentrarse en su imagen.
—No empieces.. Ya lloré suficiente ayer.
Agnes dio un par de pasos más y entonces lo vio con claridad brutal.. Abby se estaba preparando para salir. Un vestido nuevo ajustado al cuerpo, el cabello cuidadosamente peinado, el perfume recién aplicado.
—¿A dónde vas? —preguntó Agnes, aunque ya sabía la respuesta.
Abby suspiró, como si la pregunta fuera una molestia innecesaria.
—Al pueblo.. Necesito distraerme. Pasar las penas, ¿sabes? Pensé en comprarme un par de vestidos… tal vez algunas joyas. Nada exagerado.
Las palabras le atravesaron el pecho a Agnes como un golpe conocido.
Ahí estaba.
Exactamente ahí.
Agnes dio un paso en falso y dejó que sus piernas cedieran un poco. Se llevó una mano al pecho, exagerando el temblor, y de pronto se dejó caer casi de rodillas sobre la alfombra.
—No… no puedes.. Abby, por favor… estamos arruinadas.
El llanto salió quebrado, desesperado. Agnes bajó la cabeza, como si el peso de la realidad fuera demasiado grande para sostenerlo en pie.
Abby giró por completo, incrédula.
—¿Qué tonterías dices? ¿Arruinadas? Agnes, acabamos de enterrar a mi padre y tú sales con esto ahora.
—No tenemos dinero.. Nada. Lo poco que queda apenas alcanza para mantener la casa unas semanas.
Abby soltó una risa corta, dura.
—Eso es imposible.
La incredulidad se transformó en furia en cuestión de segundos.
—¡Mi padre era Lord Norhaven! Siempre hubo dinero. Siempre lo habrá. No me mientas ahora, Agnes, no con esto.
Agnes negó con la cabeza, aún en el suelo, y alzó la mirada con una calma dolorosa.
—¿Cuándo te he mentido, Abby?
La pregunta cayó pesada. Silenciosa. Letal.
Abby abrió la boca para responder… y no pudo.
Agnes aprovechó ese instante.
—Nunca.. Nunca te he mentido. Ni cuando te decía que no gastaras tanto. Ni cuando te advertía que los números no cuadraban. Ni ahora.
Se incorporó despacio, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, mirándola fijamente.
—No hay dinero.. Y si sales hoy a comprar vestidos y joyas, lo poco que queda desaparecerá.
El rostro de Abby se tensó. Sus ojos brillaron, no de pena, sino de rabia.
—¡Esto es tu culpa! Siempre exageras, siempre quieres controlarlo todo. ¡Mi padre acaba de morir y tú quieres encerrarme como a una mendiga!
La furia la consumía. Caminaba de un lado a otro de la habitación, apretando los puños, como una niña a la que le han dicho que no.
Agnes la observó en silencio.
Por dentro, el miedo seguía ahí… pero no la dominaba. Porque ahora sabía exactamente a dónde conducía esa rabia descontrolada.
Y no pensaba dejar que ese camino se repitiera.
Esta vez, aunque Abby estuviera furiosa,
Agnes no iba a ceder.