en un mundo alternó, entre guerras de imperios la pas solo se logrará con alianzas matrimoniales y Zaidymar decide sacrificarse por su padre y hermano.
el emperador del reino frio casi los mata en la batalla y ahora ese emperador lo que más desea es matar a su padre.
no pudo humillarlo en el campo de batalla, pero tratará de hacerlo con su hija, verlos arrodillados a sus pies es lo que más desea.
¿lo logrará o Zaidymar será su dolor de cabeza?
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CAPÍTULO 03
Zaidymar ya lo había decidido y, por más que su padre gritó que no la dejaría ir, ella no cambió de opinión; salvar a su familia era lo único en lo que podía pensar.
Zaidymar terminó convenciendo a su padre y hermano. Por primera vez ella miró a sus dos seres queridos llorando; esos dos hombres fuertes y fríos estaban derramando sus lágrimas por la decisión que había tomado, pero logró convencerlo.
Desde que el emperador se enteró de que ella iría, hizo que se quedara en el palacio para prepararla para ese viaje; dejó que su padre y hermano se quedaran con ella para que la acompañaran.
El emperador ordenó que le prepararan los mejores vestidos del reino y joyas, mandarla con una buena dote para que se ayudara mientras estuviera en ese reino. En esa semana la trataron como a una princesa, que estuviera como su familia, porque una vez que se fuera no volvería a verlos.
Ella tenía 17 años, le faltaban unos 7 meses para su mayoría de edad, para su fiesta de presentación a la sociedad, algo que ya no iban a poder hacer y eso le dolía a su padre, a su hermano, pero ya la decisión estaba tomada, no se podía cambiar.
Su hermano le dio como regalo una daga con incrustaciones de hermosas piedras, algo que podía esconder entre su ropa; ella lo aceptó y le dio un gran abrazo a su hermano.
Su padre le dio el collar de su madre; era de una piedra rara, parecía un arcoíris, esperando que le trajera suerte y que esto la mantuviera con vida hasta que pudiera ir por ella.
Fue una despedida larga, aunque no hubo lágrimas, solo palabras de fortaleza, más que nada de Zaidymar para su padre y hermano; tenía que darles consuelo, porque de los tres ellos dos eran los que más estaban sufriendo por esa separación.
El día llegó y Zaidymar se despidió de su hermano y padre con una enorme sonrisa; hasta parecía que se estaba yendo con ese hombre por amor.
No dejó de sonreír ni de decirles a todos que estaría bien; hasta el emperador, que estuvo presente para despedirla, se contagió de alegría, tanto que su partida no se sintió como una tragedia, más bien parecía que era algo bueno.
Zaidymar subió al carruaje, que era jalado por 8 caballos. Iba a ser un viaje largo para llegar a la frontera donde el territorio del reino verde colindaba con el reino helado; eran casi dos semanas y de ahí eran otras dos semanas para llegar al castillo del emperador demonio.
Al llegar a la frontera, su hermano se despidió de ella. Los caballeros del emperador demonio ya la estaban esperando; la escoltaron hasta el castillo y lo hicieron sin darle descanso.
Esperaban molestarla, querían escucharla quejarse o renegar, pero Zaidymar no prestó atención a las malas acciones de los caballeros; se concentraba en ver el paisaje que estaba cubierto de nieve; era algo que nunca había visto y estaba emocionada con lo que miraba.
Lo único que sí la hizo sufrir fue el frío que hacía; tuvo que ordenarle a su doncella que le sacara unas pieles que su emperador le había echado para poder cubrirse. Al final pensó que era mejor no bajar del carruaje, porque ese frío estaba siendo demasiado para ella.
Al llegar al castillo no hubo nadie para recibirla, solo el ama de llaves que la llevó a la torre que estaba al oeste del castillo; era la más alta del palacio y la más sola, un lugar que parecía abandonado.
Zaidymar sonríe al ver su habitación, que no era tan grande y solo tenía una ventana que no era tan grande; había una cama grande, un tocador pequeño, un enorme baúl donde podía guardar su ropa; no había lujos.
La torre era como de unos 8 pisos, y aparte de su habitación solo estaba un cuarto más debajo de su habitación, donde se quedaría su doncella a dormir. Ahí estaba una cama, con una pequeña ventana; era todo lo que tenía y al final estaba su habitación.
En la primera planta estaba un pequeño comedor, una chimenea con la que podía mantener la torre caliente y un cuarto aparte donde estaba el baño, para bañarse o hacer sus necesidades.
El ama de llaves, al mostrarle su habitación con altanería, empezó a decirle.
—Te quedarás en esta parte del castillo; será mejor que no salgas de aquí para que no molestes al emperador. Podría matarte si lo molestas; tus tres comidas del día serán traídas por la mañana una vez que el sol salga, a mediodía y en la noche cuando el sol se meta.
Nadie va a subir a hablarte o te va a buscar para decirte que la comida está en la mesa; tú sabes si bajas a tiempo para comerla caliente o dejas que se enfríe, y sobre la chimenea, tú y tu doncella saben si la mantienen prendida; nadie vendrá a atender sus necesidades.
La leña la encontrarán en la cabaña que está al lado izquierdo de la torre; como consejo será mejor que metan la leña a la torre durante el día, ya que en las noches puede meterse un lobo a estas áreas y te mataría.
Espero y hayas entendido, será mejor que no empieces a llorar, no tiene sentido, porque aquí nadie te prestará atención; espero y entiendas que estas completamente sola ¿lo has entendido? –
Zaidymar voltea a verla y con una sonrisa le responde.
—¡Gracias, señora! No tiene que preocuparse por mí, me gusta esta torre, ya pensé en lo que voy a hacer y no pido mucho, solo que la comida que traigan sea para dos personas; recuerda que mi doncella está conmigo.
Supongo que mi esposo no será tacaño con la comida, pero si le hace falta dinero, puedo darle mi dote para que nadie sufra por la comida o mantas para la cama. –
El ama de llaves, al escucharla, salió molesta de la habitación; no esperaba ver a esa joven tan tranquila, realmente deseaba verla llorar, pero fue todo lo contrario y lo peor fue que cuando cerró la puerta al salir, escuchó cómo Zaidymar y su doncella se reían, al mismo tiempo que la escuchó decir: “Viste su cara roja del coraje —sí, señorita”. Después de esas palabras solo se escucharon sus risas de lo divertidas que estaban.
Salió de la torre y fue al despacho donde estaba el emperador para darle el reporte de la llaga de su nueva concubina que venía del reino verde; él pensó tomarla como una más, pero al momento de escuchar al ama de llaves decir que esa joven no estaba llorando, que parecía feliz y que no protestó por no tener comodidades, le llamó la atención.
En ese momento, su mano derecha, apoyó las palabras del ama de llaves.
René fue el hombre que fue a recogerla a la frontera y aunque no la miro bien, porque no le importaba como fuera si se dio cuenta de que ella no era como las otras mujeres. Le dijo que esa joven era extraña, que no parecía una señorita de buena familia, que más bien parecía una mujer acostumbrada a no tener comodidades.
El ama de llaves se atrevió a decirle que sospechaba que no era la hija del general, que seguro habían mandado a una empleada de su casa, una sospecha que René apoyó y esa idea lo hizo sonreír, porque solo necesitaba un pretexto para destruir el reino verde; deseaba volver a enfrentar a ese general que no bajó su espada por gusto, sino que su hijo lo dejó inconsciente.
Esto aún lo tenía en su cabeza; sentía que no lo había derrotado y no pensaba parar hasta no matar a ese general o verlo bajar su espada por voluntad propia; ver su dignidad por los suelos era lo que más deseaba.