El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
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Conflictos
La noche avanzó lentamente dentro del edificio, pero nadie logró descansar de verdad. El aire estaba cargado, húmedo, lleno de respiraciones contenidas y miradas inquietas que evitaban cruzarse demasiado tiempo. El sonido del agua filtrándose desde la entrada se había vuelto constante, un goteo irregular que parecía marcar el paso del tiempo con una paciencia insoportable.
Valeria no dejó de abrazar a Tomás en ningún momento. Sentía su pequeño cuerpo tenso contra el suyo, demasiado alerta para un niño de su edad, demasiado consciente de algo que los demás apenas comenzaban a comprender.
A su alrededor, las personas murmuraban en voz baja. Al principio eran conversaciones dispersas, fragmentadas, pero poco a poco comenzaron a tomar forma.
—Esto no es una inundación normal —dijo un hombre de unos cincuenta años, con la ropa empapada y la voz áspera—. He vivido aquí toda mi vida, y nunca he visto algo así.
—Nadie lo ha visto —respondió una mujer desde el otro lado de la escalera—. Las noticias ya no dicen nada claro. Todo se cayó.
—Eso no es cierto —intervino un joven, levantando su teléfono—. Antes de que se fuera la señal dijeron que esto estaba pasando en varias ciudades.
—¿Varias ciudades? —repitió alguien con incredulidad.
El murmullo creció, como una ola contenida que empezaba a romperse.
Valeria cerró los ojos un segundo, intentando no dejarse arrastrar por el miedo colectivo. Pero era difícil. Muy difícil. Porque una cosa era enfrentar lo desconocido, y otra muy distinta era hacerlo rodeada de personas que comenzaban a perder el control.
Tomás se movió ligeramente y susurró
—Mamá, tengo frío.
Valeria lo cubrió mejor con la chaqueta que había logrado meter en la mochila y frotó sus brazos con cuidado.
—Ya va a pasar —dijo, aunque su voz no tenía la firmeza que quería.
En ese momento, un golpe seco resonó desde abajo, dónde estaba la puerta del edificio, todos se quedaron en silencio. No fue fuerte, pero sí lo suficientemente claro como para que nadie pudiera ignorarlo. Luego de unos segundos que parecieron una eternidad, sonó otro golpe.
—¿Escucharon eso? —preguntó alguien, tensando el cuerpo.
—Es el agua —respondió otro rápidamente—. Solo el agua entrando...
Pero nadie parecía convencido. Valeria sintió cómo Tomás se aferraba más a ella.
—No es solo el agua —susurró el niño.
Ella no respondió, estaba casi segura de que su hijo veía cosas que ellos no y tampoco quería confirmarlo.
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El primer conflicto comenzó unos minutos después, cuando una joven que llevaba rato caminando de un lado a otro intentó bajar por las escaleras.
—Voy a buscar a mi novio —dijo, con la voz quebrada pero decidida—. Él se quedó afuera, tiene que estar por ahí.
—No puedes bajar —le dijo el hombre mayor, interponiéndose—. ¿No viste lo que está pasando?
—No me importa —respondió ella, con los ojos llenos de lágrimas—. No lo voy a dejar solo.
—Te vas a morir —intervino el joven del teléfono—. ¿Qué parte no entiendes?
La mujer lo miró con rabia.
—Tú no sabes nada.
Intentó avanzar, pero el hombre mayor la sostuvo del brazo.
—Escúchame, por favor, si bajas ahora no vas a encontrarlo y seguramente... No vuelvas, no te puedo perder a ti...
—¡Suéltame!
El tirón fue brusco, el ambiente se tensó de inmediato. Algunas personas se levantaron, dudando si intervenir o no.
—¡Déjame! —gritó ella, forcejeando—. ¡Tú no manda sobre mí!
—¡Cálmate por favor, tienes que pensar antes de actuar! —respondió el hombre, perdiendo la calma—. ¡No podemos hacer lo que se nos dé la gana, es peligroso, lo sabes!
—¡Pero abuelo, es Dereck... Mi novio.. está allá afuera!
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito, porque todos entendían. Todos tenían a alguien allá afuera y muchos ya sabían, en el fondo, que probablemente no volverían a verlos.
La mujer dejó de forcejear poco a poco, pero no porque estuviera de acuerdo, sino porque la realidad comenzaba a aplastarla. Se cubrió el rostro y comenzó a llorar, nadie dijo nada y es que en el fondo sabían, que nada de lo que dijeran, podría hacer que aquella muchacha se calmara.
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El segundo conflicto no tardó en llegar. Un grupo de tres hombres comenzó a revisar las mochilas de los demás.
—¿Qué están haciendo? —preguntó alguien con desconfianza.
—Organizando —respondió uno de ellos—. Necesitamos saber qué tenemos. Comida, agua, medicinas.
—Eso no te da derecho a tocar mis cosas —dijo otra persona, levantándose.
—Esto ya no es “tuyo” ni “mío” —replicó el hombre—. Si no nos organizamos, nos vamos a morir todos.
—¿O quieres quedarte con todo tú? —intervino otro con tono acusador.
La tensión subió de golpe. Valeria apretó la mochila contra su pecho de manera instintiva.
—Nadie va a quitarle nada a nadie —dijo el hombre mayor, intentando mediar.
—Entonces todos compartimos —respondió uno de los hombres—. O nadie comparte.
—Eso no es compartir —dijo Valeria sin darse cuenta de que estaba hablando—. Eso es obligar.
Varias miradas se posaron sobre ella, por un momento se arrepintió, pero ya era tarde. El hombre la observó unos segundos, evaluándola.
—¿Y tú qué propones?
Valeria sostuvo su mirada, aunque por dentro sentía el miedo creciendo.
—Que ayudemos, sí. Pero no así. No quitándole las cosas a la gente.
El silencio fue largo, el ambiente estaba al borde de quebrarse, muchos aguantaron la respiración y entonces, desde abajo, el agua hizo un sonido distinto.
No un golpe como el de hace rato, fue un movimiento. Más amplio, más pesado. Todos giraron la cabeza hacia la entrada, muchos se dieron cuenta que el nivel había subido otra vez, pero no era solo eso, se estaba moviendo, como antes, no lentamente. Era como si algo respirara debajo. Tomás se aferró a Valeria, alguien dijo en casi un susurro.
—Algo viene...
Nadie respondió, pero todos lo sintieron. Fue en ese momento cuando la puerta del edificio se abrió de golpe. El sonido fue tan brusco que varias personas gritaron, el agua se agitó al instante y una figura apareció en la entrada.
Había alguien ahí empapado, respirando con dificultad. Sosteniéndose del marco como si apenas pudiera mantenerse en pie. Era un hombre jóven con la mirada alerta.
—Cierren… —dijo con voz ronca—. Cierren la puerta.
Nadie se movió al principio. El miedo los tenía congelados a todos en el lugar que se encontraban.
—¡CIERREN LA PUERTA! —gritó esta vez, con una urgencia que atravesó el aire.
Dos personas reaccionaron y empujaron la puerta, cerrándola con esfuerzo contra la presión del agua. El hombre avanzó unos pasos dentro del edificio, tambaleándose. Valeria lo observó. Había algo en él. No era solo desesperación. Era conocimiento. Como si supiera algo que los demás no. El silencio se instaló otra vez. Todos lo miraban, esperando, temiendo escuchar lo peor. El hombre levantó la cabeza lentamente.
—No es el agua… —fue lo primero que dijo, la pausa fue corta, pero suficiente para que el miedo creciera. —…es lo que está dentro.
Justo entonces el sonido en la entrada volvió a aparecer, esta vez, más fuerte, como una respuesta afirmativa a las palabras de aquel hombre.