A veces los sentimientos llegan cuando menos deberían.
Una noche cualquiera, una convivencia inesperada y una conexión que nunca estuvo en los planes.
Esta no es una historia perfecta, es real, intensa y llena de decisiones que marcan para siempre.
Porque hay amores que no se buscan… simplemente pasan.
NovelToon tiene autorización de M. Valen para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: Reglas que se rompen en silencio
El hospital seguía su rutina habitual, como si el mundo no se hubiera movido de lugar durante la madrugada. Apenas llegué, me encontré con mis dos mejores amigas.
Natali:
— Buenos días… aunque tú no estás aquí, ¿verdad?
Sonreí sin convicción.
Karen:
— Te noto rara desde que llegaste.
Intenté hablar de cualquier cosa, pero Natali no tardó en ir directo al punto.
Natali:
— Mel, dime qué te pasa. Te conozco demasiado.
Suspiré, sabiendo que no tenía sentido seguir fingiendo.
Melani:
— Creo que tengo una aventura con el hijo de la mujer donde me estoy quedando… pasó algo anoche.
Karen abrió los ojos con expresión de “ya entendí todo”.
Karen:
— Con razón…
Natali, en cambio, se puso seria.
Natali:
— Eso no suena a algo pasajero. Uno de los dos va a salir lastimado.
Karen:
— Nat tiene razón.
No respondí. Sentí un nudo en el pecho, pero lo ignoré. Justo entonces nos llamaron para iniciar actividades y cada una se fue a su servicio. Quedamos en hablar a la salida.
Intenté concentrarme, pero a media mañana mi teléfono vibró. Dudé unos segundos antes de abrir el mensaje.
Alejandro:
— Mor, ¿ya llegaste?
El corazón me dio un salto.
Melani:
— Sí, ya tengo un rato aquí. No me dio tiempo de avisarte.
Alejandro:
— Me alegra. Avísame cuando salgas.
Durante el resto del día, esa pregunta no me dejó en paz: ¿qué éramos?
A la salida me reuní con Natali y Karen.
Natali:
— Entonces… ¿qué son?
Melani:
— Nada. Solo fue un momento.
Karen:
— Entonces no te ilusiones.
Asentí, aunque sabía que no era tan simple.
En el camino le escribí.
Melani:
— Ya salí, voy de camino.
Alejandro:
— Está bien, ve con cuidado.
Después de acompañar a mis amigas, volví a escribirle.
Melani:
— Ahora sí voy a la casa.
Fue entonces cuando apareció el tema que ambos habíamos evitado.
Alejandro:
— Si seguimos con esto… hay reglas.
Melani:
— ¿Cuáles?
Alejandro:
— La primera: no enamorarse.
— La segunda: cero contacto si hay gente cerca.
Acepté, aunque algo dentro de mí sabía que esas reglas no durarían.
Llegué a la casa cerca de las diez de la noche. Me acosté, intentando ordenar mis pensamientos. Él me avisó que se bañaría y que luego hablaríamos. Cuando se acostó a mi lado, el silencio volvió a envolvernos.
Hablamos en voz baja. De lo que sentíamos, de lo que no queríamos admitir, de lo peligroso que podía ser seguir así. Al final, el cansancio ganó y nos quedamos dormidos.
Pero la madrugada nunca nos dejaba en paz.
A eso de las tres, desperté con la sensación de no estar sola en mis pensamientos. Él también estaba despierto. No hubo palabras al principio, solo una cercanía que se sentía inevitable.
Alejandro acercó su cuerpo al mío y sus manos comenzaron a recorrerme con una intensidad que me hizo estremecer. La respiración se me escapó en un gemido bajo, apenas audible.
Melani:
— Mmmmm
Alejandro:
— Shhh…
Me silenció con un beso lento, profundo, cargado de intención. Su cercanía era absoluta, y el roce entre nosotros se volvió inevitable. Sentí cómo su presencia me envolvía por completo, cómo poco a poco se abría paso hasta hundirse en mí. Hubo un instante de tensión, una sensación desconocida que me hizo aferrarme a él… pero pasó.
En medio de la oscuridad, nuestras miradas se encontraron.
Alejandro:
— ¿Quieres que siga?
Melani:
— Sí…
Se detuvo apenas un segundo.
Alejandro:
— Si te duele, paramos. No quiero lastimarte.
Asentí, y entonces comenzó a moverse despacio, como si quisiera asegurarse de que yo estuviera bien, de que cada paso fuera compartido. Pero algo dentro de mí pedía más, lo sentía en el cuerpo, en la respiración acelerada.
Me acerqué a su oído.
Melani (en susurro):
— Quiero más… necesito más.
Eso fue suficiente. Su control se quebró y sus movimientos se volvieron más firmes, más intensos. Cambió nuestra posición, guiándome con seguridad, y el ritmo entre ambos se volvió una danza urgente, profunda, imposible de detener. No hubo palabras, solo respiraciones entrecortadas, piel contra piel, hasta que ambos llegamos al límite al mismo tiempo.
Nos quedamos así, abrazados, recuperando el aliento, mientras el silencio de la madrugada volvía a envolvernos.
Miré el reloj. Eran casi las 4:30 a. m.
Descansamos apenas un poco, sabiendo que en una hora tendría que levantarme nuevamente.
A las 5:30 a. m. empecé a arreglarme para ir a las pasantías, con el cuerpo cansado pero el corazón inquieto. Ya estaba por irme cuando Alejandro me jaló suavemente del brazo.
Alejandro:
— Sola no te irás.
Se levantó sin darme tiempo a responder y decidió acompañarme. Caminamos juntos hasta la parada, en silencio, con ese tipo de calma extraña que no es incómoda, pero tampoco ligera. Cuando llegó la camioneta, me giré hacia él y, sin pensarlo demasiado, le di un beso rápido antes de subir.
Apenas me senté, los nervios me invadieron. La segunda regla era clara: cero contacto frente a otras personas… y acababa de romperla. La culpa pudo conmigo y, casi de inmediato, le escribí.
Melani (mensaje):
— De verdad, disculpa… se suponía que cero contacto y acabo de cagarla. En serio, discúlpame.
La respuesta llegó rápido.
Alejandro (mensaje):
— Tranquila, está bien. No pasa nada.
Guardé el teléfono, respiré hondo y apoyé la cabeza en el asiento. El día apenas comenzaba, pero yo ya sentía que estaba caminando sobre terreno inestable, consciente de que lo que había empezado no sería tan sencillo de controlar.
****************
****************
****************
****************
****************
Y así fueron los dos días siguientes. Noches parecidas, miradas cómplices, silencios que decían demasiado. Hasta que llegó el viernes… el día de regresar a casa.
Sabíamos que la semana siguiente nos volveríamos a ver.
Y aunque no lo dijimos en voz alta, ambos entendimos que esto ya no era algo pasajero.