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"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Demonios / Villana / Completas
Popularitas:350
Nilai: 5
nombre de autor: glendis

En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."

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capitulo 20

La noche del nacimiento, el cielo de Umbra Regis no era violeta, sino de un negro absoluto, como si las estrellas mismas hubieran cerrado los ojos para no presenciar el poder que estaba por desatarse. El palacio vibraba. No eran temblores de tierra, sino pulsaciones de magia pura que emanaban de la cámara imperial, agrietando las columnas de obsidiana y haciendo que el vidrio de abismo de las ventanas cantara una nota aguda y constante.

Yo estaba sumergida en un trance de dolor y poder. Cada contracción no solo sacudía mi cuerpo, sino que enviaba ondas de choque a través de las sombras de todo el imperio. Sentía cómo mi linaje Vallemont y la sangre demoníaca de Valerius luchaban y se fundían dentro de mí, forjando algo que el mundo no había visto en eones.

El Guardián del Umbral

Valerius no se separó de mi lado. Sus generales le habían suplicado que saliera, temiendo que la tormenta de magia lo consumiera, pero él los había despachado con un rugido. Estaba de rodillas junto al lecho, sus manos apretando las mías con una fuerza que habría pulverizado los huesos de cualquier otra mujer. Sus ojos estaban inyectados en sangre, reflejando el fulgor violeta que emanaba de mi piel.

—Mírame, Elena —gruñó, su voz resonando en mi mente más que en mis oídos—. No luches contra el vacío. Déjalo salir. Tú eres la puerta, y yo soy el muro que te sostiene. No permitiré que nada te lleve.

En el clímax del parto, la oscuridad de la habitación se volvió sólida. Las sombras se desprendieron de las esquinas y formaron un remolino rugiente sobre nosotros. El aire se volvió frío como el espacio exterior, y por un instante, el latido de mi corazón se detuvo para dar paso al latido del niño.

El Primer Grito

Con un esfuerzo que pareció desgarrar la realidad misma, el niño nació.

En ese preciso segundo, no hubo llanto de bebé. Hubo un estallido de energía pura que barrió el palacio, apagando cada antorcha y cada luz mágica en kilómetros a la redonda. Un silencio sepulcral cayó sobre la capital. Entonces, desde mis brazos, surgió un sonido pequeño pero cargado de una autoridad ancestral: un grito que no pedía aire, sino que reclamaba dominio.

Valerius se acercó, su respiración agitada, y envolvió al niño en una manta de seda de araña tejida con hilos de plata. Al limpiar la sangre y el éter de su rostro, nos quedamos sin aliento.

El niño era la imagen perfecta de la unión. Su piel tenía el brillo nacarado de mi linaje, pero su cabello era tan negro como las alas de su padre. Y cuando abrió los ojos, no eran humanos; eran orbes de un violeta eléctrico, con pupilas verticales que parecían contener galaxias enteras en su interior.

La Presentación ante el Abismo

Valerius tomó al niño y caminó hacia el gran balcón que dominaba la plaza central de la capital. Yo, apoyada en él, agotada pero sintiéndome más poderosa que nunca, lo seguí.

Abajo, decenas de miles de soldados y ciudadanos esperaban en la penumbra total. Valerius alzó al heredero hacia el cielo negro. En ese momento, las nubes se partieron y una aurora de colores imposibles —verdes, violetas y negros— descendió sobre la ciudad, iluminando al bebé como si fuera una deidad antigua regresando a su trono.

—¡HE AQUÍ AL PRÍNCIPE DEL ECLIPSE! —rugió Valerius, su voz amplificada por la magia del vacío—. ¡EL QUE GOBERNARÁ DONDE LA LUZ NO SE ATREVE A LLEGAR!

El ejército respondió con un choque de lanzas contra sus escudos que sonó como un terremoto.

—¡LARGA VIDA AL HEREDERO! ¡LARGA VIDA A LOS SOBERANOS!

El Reposo de los Dioses

Regresamos al interior, lejos de los vítores. Valerius me devolvió al niño y se sentó a mi lado en el borde del lecho. Su mano acarició la pequeña cabeza del bebé, que ya empezaba a manipular las sombras de la manta con sus diminutos dedos, jugando con ellas como si fueran hilos de seda.

—Es más fuerte de lo que imaginé —susurró Valerius, depositando un beso en mi frente—. Tiene tu fuego y mi oscuridad. El mundo ya no tiene salvación, Elena.

—El mundo no necesita salvación, Valerius —respondí, viendo cómo nuestro hijo cerraba los ojos, sumiéndose en un sueño profundo mientras las sombras de la habitación se arrodillaban literalmente ante su cuna—. Necesitaba una nueva dirección. Y nosotros acabamos de darle un norte eterno.

En la paz de la alcoba imperial, rodeados por el silencio del imperio que habíamos construido sobre cenizas y secretos, los tres nos sumimos en el primer sueño de una era que nunca vería el amanecer. El ciclo estaba completo. La paloma y el cuervo habían engendrado la tormenta.

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