Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
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La caja de los recuerdos
El silencio en el apartamento era distinto al del desierto.
No pesaba por la guerra… sino por los recuerdos.
Cerré la puerta detrás de mí con suavidad, apoyando la espalda unos segundos contra la madera. Solté el aire lentamente, como si apenas en ese instante mi cuerpo entendiera que ya no estaba en peligro.
Pero no era cierto.
Había algo peor que las balas esperándome ahí dentro.
Yo misma.
Y todo lo que no quería sentir.
Dejé las botas a un lado, caminé descalza por el apartamento, recorriendo con la mirada cada rincón. Todo estaba… igual.
Demasiado igual.
El sofá gris en la esquina. La mesa pequeña junto a la ventana. Las cortinas claras que dejaban pasar la luz tenue de la ciudad. Incluso ese pequeño estante con libros que no había tocado en años.
Dos meses.
Dos meses viviendo ahí otra vez… y aún no se sentía como hogar.
Me moví automáticamente.
Ordenando.
Acomodando.
Limpiando lo que ya estaba limpio.
Era más fácil así.
Más fácil mantener las manos ocupadas que la mente en silencio.
Abrí una de las alacenas, revisé los utensilios, alineé los platos, ajusté cosas que no necesitaban ser ajustadas. Luego pasé a la cocina, encendí la estufa y comencé a preparar algo sencillo.
El sonido del aceite chisporroteando llenó el espacio.
Normalidad.
Eso necesitaba.
Normalidad.
Pero entonces…
Su imagen cruzó mi mente.
Dereck.
Su voz.
Su mirada.
Su cercanía en ese maldito vehículo.
Apreté la mandíbula, removiendo con más fuerza de la necesaria.
—Concéntrate, Natalie… —murmuré para mí misma.
Miré el reloj en la pared.
Fruncí el ceño.
Era una buena hora en Colombia.
Dudé un segundo.
Solo uno.
Pero suficiente para que el impulso ganara.
Tomé el teléfono.
Marqué.
El tono sonó una vez.
Dos.
Tres—
—¿Aló?
La voz de mi mamá.
Y todo dentro de mí se suavizó.
—Ma… —mi voz salió más baja de lo que esperaba—. Soy yo.
—¡Natalie! —la alegría en su voz fue inmediata—. Mi niña, ¿cómo estás? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
Sonreí sin darme cuenta, apoyándome contra la encimera.
—Estoy bien, tranquila. Todo está bien.
—Siempre dices eso… —respondió ella, con ese tono entre regaño y cariño—. Pero una madre sabe cuándo algo no está del todo bien.
Miré al vacío un segundo.
Pensando en todo lo que no podía decirle.
—Estoy trabajando, ma. Ya sabes cómo es esto.
—Sí… —suspiró—. Pero podrías llamar más seguido.
—Lo sé… —bajé la mirada—. Lo intento.
Y era verdad.
Pero también era mentira.
Porque mantener distancia era la única forma de mantenerlos a salvo.
—Bueno… —cambió el tono—. Te cuento que tu hermano está bien. Sebastián no ha salido de la universidad en días.
Sonreí.
—¿En serio? Eso es nuevo.
—Está juicioso —dijo ella, con orgullo—. Está estudiando mucho. Dice que quiere terminar rápido.
—Ese niño siempre fue inteligente.
—Niño no… —corrigió—. Ya está grande.
—Para mí siempre será un niño.
Ambas reímos suavemente.
Ese tipo de risa que no dolía.
Que no exigía nada.
—¿Y mi papá? —pregunté.
—Salió a hacer unos mandados en el pueblo. Ya sabes cómo es, no se queda quieto.
—Nunca.
—Dice que cuando vuelvas te va a poner a trabajar.
Rodé los ojos, sonriendo.
—Claro… como si no trabajara ya suficiente.
—Eso le dices tú.
—Eso le diré.
Hubo un pequeño silencio.
Cómodo.
Cálido.
Hogar.
Tragué saliva.
—Ma…
—¿Sí, hija?
—Dales saludos a todos, ¿sí?
—Claro que sí.
—Y… —dudé un segundo—. No sé cuándo vuelva a llamar.
Ella no preguntó por qué.
Nunca lo hacía.
—Lo entiendo.
Ese simple “lo entiendo” pesaba más que cualquier otra cosa.
—Cuídate mucho, mi amor.
—Tú también, ma.
—Y Natalie…
—¿Sí?
—No te pierdas.
Cerré los ojos un instante.
—Lo intento.
Colgué.
El silencio volvió.
Pero ahora… dolía más.
Dejé el teléfono sobre la mesa y respiré hondo antes de volver a moverme. Terminé de cocinar, comí sin prestar atención al sabor y luego continué organizando.
Abrí cajas.
Revisé cosas viejas.
Papeles.
Ropa.
Recuerdos.
Demasiados.
Dos meses ahí… y aún no había tenido el valor de revisar todo.
Hasta ahora.
Escuché la puerta abrirse.
—¿Interrumpo la limpieza obsesiva? —la voz de Emma.
Sonreí apenas.
—Llegas justo a tiempo para ayudar.
—Claro, porque eso era exactamente lo que quería hacer después de una misión —respondió entrando, dejando su chaqueta—. Limpiar.
—No te obligué a venir.
—No, solo me miraste con esa cara de “ven o muere”.
—Funciona.
Emma rió.
Se acercó y se sentó en el suelo frente a una de las cajas abiertas.
—¿Qué tenemos aquí?
—Mi pasado —respondí seca.
—Oh… suena interesante.
—No lo es.
—Eso siempre significa que sí lo es.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar una leve sonrisa.
Seguimos hablando.
De todo.
De la misión.
Del equipo.
De tonterías que no importaban.
Era fácil con Emma.
No hacía preguntas que no quería responder.
No presionaba.
Solo estaba ahí.
Abrí una caja más pequeña.
Dentro había un bolso.
Lo reconocí al instante.
—Dios… —murmuré.
—¿Qué? —Emma se inclinó.
Lo tomé con cuidado.
Era hermoso.
De cuero suave, en un tono oscuro, ligeramente desgastado por el tiempo.
—Me encantaba este bolso…
—Se nota.
Lo abrí.
Revisé dentro.
Billetes.
Bastantes.
—Bueno… —dijo Emma, levantando una ceja—. Al menos tu pasado era rentable.
Solté una risa.
Saqué unas llaves.
Las giré entre mis dedos.
—Mi auto…
—¿El que vendiste?
—El que abandoné.
Silencio breve.
Seguí revisando.
Y entonces…
Lo encontré.
Una tira de fotos.
De feria.
Mi respiración se detuvo apenas.
—¿Qué es eso? —preguntó Emma.
No respondí.
Solo miré.
La primera foto…
Dereck y yo.
Sonriendo.
De verdad.
Felices.
Y el recuerdo llegó.
—¡No pienso subir a eso! —dije, cruzándome de brazos.
—Vamos, Cardona —Dereck sonreía, esa sonrisa arrogante que siempre me provocaba—. ¿Miedo?
—No es miedo, es sentido común.
—Claro.
—Es en serio.
—Entonces mírame a mí.
—No ayuda.
—Te protejo.
—¿De la gravedad?
—De todo.
Rodé los ojos.
Pero terminé subiendo.
Porque con él…
Siempre terminaba cediendo.
La cabina subió.
Lentamente.
La ciudad iluminada bajo nosotros.
El viento moviendo mi cabello.
Y su mano…
Tomando la mía.
Firme.
Segura.
—Tranquila —susurró.
—No estoy nerviosa.
—Claro que sí.
—Cállate.
Sonrió.
Se inclinó un poco más cerca.
—Te ves linda cuando intentas mentir.
Lo miré.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
—Y tú te ves insoportable siempre.
—Pero te gusto.
—No tanto.
—Mientes.
—Mucho.
Su risa…
Dios.
Su risa.
Y luego…
Sus labios.
Sobre los míos.
Suaves.
Lentos.
Como si no hubiera prisa.
Como si el mundo pudiera esperar.
Y por un momento…
Lo hizo.
Parpadeé.
De vuelta al presente.
El apartamento.
El silencio.
El peso en el pecho.
Tragué saliva.
Guardé la tira de fotos de nuevo.
Las llaves.
El dinero.
Todo.
Cerré el bolso.
Lo devolví a la caja.
—¿Todo bien? —preguntó Emma, más suave ahora.
Asentí.
—Sí.
Mentira.
Pero suficiente.
Emma tomó los billetes.
—Oye… esto es bastante.
—Devuélvelos.
—Podríamos gastarlo.
—Emma.
—¿Una salida? ¿Comida? ¿Algo ilegal?
—Definitivamente no.
—Aburrida.
No pude evitar reír.
—Devuélvelos.
—Está bien, está bien…
Los dejó de nuevo en la caja, aunque no sin antes mirarlos una última vez.
—Pero sigo pensando que deberíamos celebrar algo.
—¿Qué exactamente?
—Que seguimos vivas.
La miré.
Y por primera vez en el día…
Sentí algo distinto al peso.
—Eso… sí lo podemos celebrar.
Emma sonrió.
Y por un momento…
Solo un momento…
Todo se sintió un poco más ligero.
Aunque en el fondo sabía la verdad.
Podía ordenar el apartamento.
Podía guardar los recuerdos.
Podía fingir que todo estaba bajo control.
Pero había cosas…
Que no se guardaban en cajas.
Y una de ellas…
Tenía nombre.
Dereck Stein.