La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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X- despertar en el nido
Valentina:
Mi bolso resbaló de mi hombro y golpeó el suelo con un golpe seco que ni siquiera registré. Mi mandíbula cayó, literalmente, mientras mis ojos trataban de procesar la imagen frente a mí.
Allí estaba mi mejor amiga, la mujer que juraba odiar al monstruo que nos tenía cautivas, durmiendo plácidamente. Y enredado entre sus piernas, con un brazo rodeando su cintura y la cara enterrada en su hombro como si fuera su salvación, estaba Alessio. El gran jefe de la mafia, el hombre de hielo, el tipo que hoy olía a otra mujer, estaba roncando suavemente en la cama de Clara con el rostro más relajado que le había visto en mi vida.
—No puede ser... —susurré para mí misma, frotándome los ojos—. Me he vuelto loca. El alcohol del bar me ha pegado por ósmosis.
Me quedé allí, petrificada en el umbral, mirando las camisas por el suelo y la escena de "familia feliz" más retorcida de la historia. Clara se movió un poco en sueños y él, instintivamente, la apretó más contra sí, soltando un gruñido posesivo incluso dormido.
Sentí una mezcla de rabia, confusión y una risa histérica que amenazaba con salir de mi garganta.
—Mañana... —murmuré, retrocediendo hacia el pasillo y cerrando la puerta con dedos temblorosos—. Mañana vamos a tener una charla muy, muy larga, Clara Rossetti.Alessio:
(a la mañana siguiente)
Abrí los ojos y lo primero que sentí no fue el peso de la resaca, sino una calidez inusual que me rodeaba el cuerpo. Tenía un ligero martilleo detrás de las sienes, una molestia sutil que me recordaba que anoche el whisky había sido mi único confidente, pero nada comparado con el vacío abrasador que sentía antes de emborracharme.
Entonces, la realidad me golpeó más fuerte que cualquier alcohol.
No estaba en mi habitación de techos altos y sábanas frías. Estaba en la cabaña. Y no estaba solo. El aroma a jabón de flores y a algo puramente ella me llenó los pulmones. Bajé la mirada y vi una melena castaña desordenada esparcida sobre mi pecho. Clara estaba profundamente dormida, con la boca entreabierta y una expresión de paz que me hizo sentir como el mayor de los criminales por habérsela robado hace días.
Mis brazos estaban enredados con los suyos de una forma casi desesperada. Recordé retazos de la noche anterior: mis rodillas golpeando la alfombra, mi voz sonando como la de un niño perdido, y ese beso... ese beso suave que me había devuelto el alma al cuerpo.
Me quedé inmóvil, sin atreverme a respirar fuerte. Yo, Alessio, el hombre que no duerme con nadie por seguridad, había pasado la noche vulnerable, expuesto, con la guardia totalmente baja. Y lo peor de todo es que no sentía asco. Sentía una satisfacción posesiva que me asustaba.
De repente, un ruido en el umbral de la puerta me hizo tensar cada músculo.
Me giré milimétricamente, tratando de no despertar al "ratoncito". Valentina estaba allí apoyada, con los brazos cruzados y unas ojeras que delataban su noche en el bar, pero con una mirada cargada de un sarcasmo letal que podría haber cortado el acero.
—Vaya, vaya —susurró ella, con una voz que destilaba puro veneno—. El gran lobo malo resultó ser un peluche cuando hay suficiente alcohol de por medio.
—Fuera de aquí, Valentina —mascullé con mi voz más ronca, intentando mantener la autoridad mientras una mujer de un metro sesenta me usaba de almohada.
—¿O qué? ¿Vas a llamar a tus hombres para que me saquen de mi propia habitación mientras tú sigues ahí abrazadito? —ella soltó una risa seca y dio un paso hacia adentro—. Clara te va a matar cuando se dé cuenta de que el tipo que olía a prostituta ayer es el mismo que hoy le está pegando el aliento a whisky.
Apreté los dientes. El dolor de cabeza se intensificó un grado. Miré a Clara, que empezó a removerse ante el sonido de las voces, y sentí un pánico ridículo. No estaba listo para la mirada de odio que seguramente me dedicaría cuando recuperara la conciencia.
—He dicho que te vayas —repetí, soltando a Clara con una lentitud agónica y sentándome en el borde de la cama, tratando de ignorar que mi camisa estaba hecha un desastre y mi dignidad, probablemente, enterrada bajo ese colchón.
—Suerte con el despertar, "Capo" —se burló Valentina, dándose la vuelta—. Voy a la cocina. Si escucho gritos, entraré con un sartén.
Me pasé las manos por la cara, sintiendo el ardor de la piel y el peso de mis actos. Clara soltó un pequeño quejido, estirando una pierna hasta rozar mi muslo, y supe que el momento de la verdad había llega.
Ignoré a Valentina. Sus palabras eran como picaduras de insecto comparadas con el incendio que rugía en mi interior. Verla allí, de pie en el umbral, recordándome la noche anterior y a la mujer de mi oficina, solo sirvió para que una punzada de celos irracionales me atravesara el pecho.
Celos de Valentina, que podía ver a Clara cada mañana. Celos del bar, de la gente que la rodeaba antes de que yo la trajera aquí. Celos de cualquiera que hubiera osado tocar lo que, en mi mente distorsionada por el alcohol y el deseo, era mío por derecho divino y terrenal.
No quería admitirlo. Me resultaba patético. Pero la sola idea de que Clara pudiera despertar y apartarme, de que prefiriera la compañía de cualquiera antes que la mía, me volvía loco.
En lugar de levantarme y recuperar mi dignidad, hice todo lo contrario. Me recosté de nuevo, dejándome caer pesadamente sobre el colchón. Me giré hacia ella y, con una posesividad que me quemaba las entrañas, hundí mi rostro en su abdomen.
La suavidad de su piel a través de la fina tela del pijama era el único refugio que quería. Inhalé su aroma, ese perfume a flores y a sueño, tratando de borrar cualquier rastro de la noche anterior que no fuera ella. Era una posición de rendición absoluta, humillante para un hombre como yo, pero no podía evitarlo. Necesitaba marcar mi territorio, incluso si el territorio era el cuerpo de una mujer que juraba odiarme.
Clara soltó un suspiro profundo en sueños. Sentí cómo su cuerpo se relajaba bajo mi peso. Entonces, ocurrió lo que terminó de desarmarme: su mano, movida por un instinto subconsciente, se elevó y se posó sobre mi nuca.
Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando sutilmente de los mechones, y empezaron a acariciar mi piel con una delicadeza que me cortó la respiración. Era un gesto de consuelo, de ternura pura, algo que nadie me había dado en décadas sin esperar un fajo de billetes a cambio.
Solté un gruñido de satisfacción profunda, un sonido gutural que vibró contra su vientre. Enterré más el rostro en ella, aferrándome a sus caderas con una fuerza que probablemente dejaría marcas, pero no podía soltarla. En ese momento, con su mano acariciándome y el silencio de la mañana envolviéndonos, me importaba un bledo mi imperio, mi reputación o el sarcasmo de Valentina.
Solo quería que el tiempo se detuviera ahí, en ese nido de sábanas revueltas, donde yo no era el Capo, sino simplemente un hombre hambriento de la única mujer que no podía comprar.
Clara:
Abrí los ojos poco a poco, confundida por el peso inusual que sentía sobre mi vientre y el calor excesivo que emanaba de las sábanas. Al principio, el pánico me recorrió la columna, pero luego sentí mis propios dedos moviéndose de forma mecánica, enredados en algo suave y espeso. Estaba acariciando el cabello de alguien.
Bajé la vista y el corazón se me detuvo. Alessio estaba hundido entre mis piernas, con el rostro sepultado en mi abdomen, soltando unos gruñidos de satisfacción que vibraban contra mi piel. Parecía un animal salvaje que finalmente había encontrado un refugio, ronroneando bajo mi tacto como si no fuera el mismo hombre que ayer me trató como basura.
La ternura de la noche se esfumó en un segundo al recordar el olor a perfume ajeno. De mala gana, y sin decir una sola palabra, cerré el puño sobre su cabello oscuro y tiré de él con todas mis fuerzas hacia atrás.
—¡Auch! ¡Ratoncito! —protestó él, despegando la cara de mi pijama con los ojos entrecerrados y un brillo de reproche—. ¿Qué demonios te pasa? Estaba cómodo... Solo un ratito más.
Lo miré con una diversión gélida, disfrutando de ver al gran Capo con el pelo revuelto y cara de niño castigado.
—Fuera de mi cama, Alessio —dije, aunque mi voz no sonó tan firme como quería—. Ya tuviste tu dosis de atención nocturna.
—No me voy a ir —gruñó él, volviendo a intentar acercarse con una terquedad infantil—. Quédate así. Solo un momento más, Clara. No me hagas esto ahora.
Me quedé mirándolo durante un largo rato. Sus ojos estaban nublados de sueño y de algo mucho más oscuro que el whisky. Suspiré, dándome por vencida ante mi propia debilidad, y me dejé caer de espaldas contra la almohada con un gesto de fastidio fingido.
—Está bien, maldita sea. Pero solo cinco minutos —sentencié.
Alessio no perdió el tiempo. Con un movimiento rápido y posesivo, me abrió las piernas y me jaló de los muslos hacia él, acomodándose justo en medio de mis piernas. Al sentirlo allí, se me cortó el aliento. Su excitación era evidente, algo grande, firme y abrumador que presionaba contra mi intimidad incluso a través de la ropa. Era una presencia imposible de ignorar que me recordaba que, aunque se comportara como un crío, seguía siendo un hombre peligroso.
Él hundió el rostro entre mis pechos, buscando mi calor con una urgencia casi desesperada, mientras sus manos apretaban mis muslos con fuerza.
—Atiéndeme, Clara —murmuró contra mi piel, su voz vibrando directamente en mi pecho—. No me mires así. Solo quédate conmigo.
Me quedé allí, atrapada bajo su peso, sintiendo cómo mi propio cuerpo empezaba a traicionarme ante la presión de su hombría y la forma en que exigía ser el centro de mi mundo.
Alessio:
Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes hasta que sentí que la mandíbula me iba a estallar. Estar allí, hundido entre sus muslos, con el aroma de su piel llenándome los pulmones, era una tortura que yo mismo había buscado. Sentía mi propia erección como una vara de hierro, palpitando con una violencia que me resultaba humillante. Intenté controlarme, de verdad lo intenté, pero mi cuerpo tenía voluntad propia.
Involuntariamente, empecé a frotarme contra ella. Fue un movimiento sutil, casi un espasmo de pura necesidad, buscando el alivio de su calor a través de la tela de nuestros pantalones. Cada roce era como una descarga eléctrica que me quemaba la sangre.
—Maldita sea, Clara... —gruñí contra su pecho, con la voz rota por un deseo que me sobrepasaba.
Estaba al límite. Estaba a un segundo de perder la poca cordura que me quedaba y tomarla allí mismo, sin importarme nada. Pero entonces, ocurrió algo que no esperaba. Algo que me dejó sin aliento.
Sentí cómo Clara, con una torpeza que delataba su falta de experiencia pero con una urgencia que me prendió fuego, enredaba sus piernas alrededor de mi cintura. Sus muslos, esos muslos redondos y firmes que me habían obsesionado desde el primer día, me apretaron con fuerza, anclándome a ella.
Y entonces empezó a moverse.
Eran movimientos inexpertos, descoordinados, impulsados por un instinto primario que ella apenas empezaba a descubrir. Se frotaba contra mí, buscando más contacto, buscando desesperadamente apagar el incendio que yo mismo había provocado en su cuerpo virgen. Sentir su pelvis chocando contra la mía, escuchar sus jadeos cortados cerca de mi oído... fue el fin de mi resistencia.
—No tienes idea de lo que estás haciendo, ratoncito —jadeé, hundiendo mis manos en sus caderas para guiar sus movimientos, aunque por dentro sentía que me estaba desmoronando—. Si sigues moviéndote así... no voy a poder parar.
Me aferré a ella con una posesividad salvaje, dejando que mi rostro se hundiera de nuevo en su cuello mientras mis sentidos se embriagaban con el roce de nuestros cuerpos. Ella era pura, era inexperta, pero la forma en que me buscaba, la forma en que se entregaba a ese ritmo torpe y ardiente, me hacía sentir que ninguna otra mujer en el mundo existía.
clara:
Me sentía como la mujer más estúpida sobre la faz de la tierra. Mi mente gritaba "peligro", enumerando cada una de las razones por las que debería estar empujándolo fuera de mi cama: la otra mujer, su arrogancia, las catorce bolas de pelusa que esperaban afuera y el hecho de que soy su prisionera. Pero mi cuerpo... mi cuerpo hablaba un idioma que yo no conocía, una lengua de fuego y pulsaciones que me hacían ignorar cualquier rastro de lógica.
Sentir a Alessio frotándose contra mí, sentir esa dureza abrumadora presionando justo donde más me dolía el deseo, me estaba volviendo loca. No podía evitarlo; mis piernas se movían solas, enredándose en su cintura para atraerlo más, para anclarlo a ese epicentro de calor que me humedecía la ropa interior y me hacía jadear contra su cuello.
Lo quería. Dios mío, quería que terminara con esto. Quería sentirlo dentro, llenar ese vacío punzante que me subía por los muslos y me nublaba la vista.
Pero el miedo era un muro de hielo en mitad del incendio.
—Alessio... —susurré, y mi voz sonó rota, pequeña.
Tenía pánico. Era virgen, y la sola idea de su tamaño, de esa fuerza bruta que emanaba de cada uno de sus músculos, me hacía temer que me rompiera físicamente. Pero el miedo físico no era nada comparado con el emocional. Si le entregaba lo último que me quedaba, lo único que no me había robado por la fuerza, ¿qué pasaría después? ¿Volvería a llamarme "ratoncito" con desprecio? ¿Iría de nuevo a buscar a otra para "limpiarse" de mí?
Me moví contra él, un roce inexperto que me hizo soltar un gemido involuntario, y apreté mis dedos en su cabello, tirando un poco. Mis caderas buscaban las suyas con una desesperación que me avergonzaba, buscando ese contacto prohibido que me hacía vibrar. Estaba asustada de lo mucho que lo necesitaba, de cómo mi propia humedad me delataba, gritando que estaba lista aunque mi alma estuviera temblando.
—Por favor... —no sabía si le pedía que parara o que siguiera, pero mi cuerpo seguía arqueándose bajo el suyo, buscando esa presión que me estaba consumiendo viva.
Era una tonta. Una tonta que se estaba derritiendo bajo el peso del hombre que debería odiar, deseando que el dolor de la primera vez fuera el precio por sentir, aunque fuera por un segundo, que le pertenecía de verdad.
Alessio:
El mundo exterior dejó de existir. Los gritos de Valentina en mi cabeza, las leyes de mi imperio, el honor... todo se redujo a cenizas frente al calor que emanaba de Clara. La sentía temblar bajo mi peso, sentía cómo sus piernas me apretaban con esa mezcla de miedo e instinto, y supe que no había marcha atrás. Si no la poseía en ese instante, juraría que mi corazón simplemente dejaría de latir.
La urgencia me dominó. Mis manos, normalmente precisas y gélidas, se volvieron frenéticas. Agarré el borde de su pijama y lo deslicé hacia abajo con una brusquedad que no admitía protestas. Ella soltó un jadeo, un pequeño sonido de susto que me hizo detenerme solo un segundo para mirarla a los ojos. Estaba asustada, su pecho subía y bajaba con violencia, pero sus pupilas estaban dilatadas, devoradas por la misma oscuridad que me consumía a mí.
—Mírame, Clara —gruñí, bajando mis manos por sus muslos—. No voy a lastimarte. No hoy.
Bajé mi rostro, ignorando el frío del aire matutino en mi piel, y me concentré en la curva interna de sus muslos. Comencé a dejar besos suaves, casi castos, sobre esa piel sutilmente bronceada que sabía a gloria. Sentí cómo su cuerpo, rígido por el temor inicial, comenzaba a ceder. Sus músculos se relajaron suavemente bajo el rastro de mis labios, y sus muslos se abrieron un poco más, dándome el paso que tanto ansiaba.
No pude esperar más. Me deslicé hacia abajo hasta encontrar el centro de su humedad.
Cuando la alcancé, el aroma me golpeó como una droga. Estaba dulce, increíblemente humeante y lista para mí. Comencé a lamerla con una lentitud tortuosa, usando mi lengua para explorar cada pliegue de su suavidad. Estaba deliciosa, con un sabor que me recordaba por qué ninguna otra mujer en este maldito mundo podría compararse con ella.
Escuché cómo Clara soltaba un suspiro largo, un gemido que se transformó en una caricia para mi ego. Sus dedos se clavaron en mi cabello, ya no para apartarme, sino para mantenerme allí, presionándome contra ella. Su coño estaba tan dulce, tan receptivo, que sentí que el nudo en mi garganta finalmente se soltaba.
—Alessio... —susurró mi nombre, y esta vez no era una súplica de miedo, sino un ruego de pura necesidad.
Seguí lamiéndola, saboreando su esencia, perdiéndome en la humedad de su cuerpo virgen que se entregaba a mí con una honestidad que me destrozaba. En ese momento, no era el Capo reclamando una deuda; era un hombre sediento, bebiendo de la única fuente que podía calmar su sed eterna.
Clara:
Nunca imaginé que el placer pudiera sentirse como una forma de violencia y, al mismo tiempo, como la caricia más dulce del mundo. Me sentía rara, fuera de mi propio cuerpo, como si cada terminación nerviosa hubiera decidido traicionarme y rendirse ante el hombre que me devoraba. Las corrientes eléctricas me golpeaban con una intensidad devastadora; nacían allí donde su lengua hacía contacto con mi humedad y se disparaban hacia mi columna, haciéndome arquear el lomo como un animal herido de pura satisfacción.
—Alessio... por favor... —el nombre se me escapaba entre jadeos, una súplica rota que ni siquiera yo entendía.
En mi cabeza, una parte de mí seguía aterrada. Tenía miedo de que Valentina abriera la puerta en cualquier momento y nos encontrara así, en esta pose de rendición absoluta. Tenía miedo de lo que vendría después. Pero el deseo era una fuerza física, una marea negra que me arrastraba más profundo. Quería sentirlo a él, quería que esa dureza que me presionaba los muslos encontrara su camino dentro de mí, aunque supiera que después de esto nada volvería a ser igual.
De repente, sentí una presión nueva. Alessio añadió un dedo, deslizándolo con una lentitud tortuosa dentro de mí. Mis paredes se contrajeron instintivamente ante el contacto, sintiendo cómo acariciaba y exploraba un terreno que para mí todavía era un mapa en blanco. Buscaba algo que yo aún no comprendía del todo, un punto exacto que, cuando su dedo rozó, me hizo soltar un grito ahogado contra la almohada.
Al mismo tiempo, su lengua no se detenía. Seguía trabajando en esos puntos estratégicos, succionando y lamiendo con una humedad que me hacía temblar de pies a cabeza. Era demasiado. Mi cuerpo no estaba entrenado para sentir tanto. Cada vez que su lengua presionaba y su dedo se hundía un poco más, yo sentía que me desvanecía, que mi voluntad se deshacía como sal en el agua.
—Alessio... te lo ruego... —gemí, clavando las uñas en sus hombros, rogándole sin palabras que terminara con esta tortura, que me diera el alivio que mi cuerpo virgen gritaba por tener.
Sentía mi propia humedad bañando sus dedos, una prueba humillante de lo mucho que lo quería. Estaba a su merced, expuesta y vibrando bajo su tacto, esperando el impacto final de un hombre que parecía decidido a saborear cada gota de mi resistencia antes de romperla por completo.