Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 3
Luciana Ríos
La invitación llegó a las nueve en punto de la mañana.
No fue un mensaje.
No fue una llamada.
Fue un sobre color marfil, sin logotipos, entregado directamente en recepción con instrucciones precisas: debía abrirlo yo. Nadie más.
Eso, de entrada, me hizo sonreír.
Alexander Montclair no improvisaba. Y tampoco necesitaba anunciarse.
Dentro había una tarjeta sencilla, con letras negras perfectamente alineadas.
Reunión privada.
Once en punto.
Hotel Montclair.
Puntualidad imprescindible.
Sin firma. No hacía falta.
Miré el reloj. Tenía tiempo. Y curiosidad.
Acepté sin responder.
El Hotel Montclair era exactamente lo que esperaba: discreto, elegante, diseñado para quienes no necesitan demostrar poder, porque lo ejercen. Me condujeron a un ascensor privado y luego a una sala amplia, de paredes oscuras y ventanales que daban a la ciudad.
Alexander ya estaba allí.
De pie. Traje oscuro. Postura recta. La calma peligrosa de los hombres que saben que todo está bajo control.
—Señorita Ríos —saludó—. Gracias por venir.
—No suelo ignorar invitaciones interesantes —respondí—. Especialmente cuando son tan… directas.
No sonrió. Se limitó a señalar una silla frente a él.
—Prefiero ir al grano.
Me senté sin dudar. Crucé las piernas. Esperé.
Alexander colocó una carpeta negra sobre la mesa.
—No me interesa perder tiempo —dijo—. Así que seré claro.
Abrió la carpeta.
Contrato.
Múltiples páginas.
Cláusulas. Anexos. Notas.
Matrimonio.
Levanté la vista de inmediato.
—¿Está hablando en serio?
—Completamente.
No hubo rastro de ironía en su voz. Ni de emoción. Solo certeza.
—Necesito una esposa —continuó—. No por romanticismo. Por estructura.
Me recosté en la silla, analizando.
—Déjeme adivinar —dije—. Un fideicomiso. Un consejo directivo. Alguna cláusula hereditaria encantada de dictar su vida personal.
—Exacto.
Una ligera satisfacción cruzó su mirada. Apenas perceptible.
—Mi situación exige una figura estable. Discreta. Inteligente. Independiente económicamente.
—¿Y cree que yo encajo en ese molde?
—No lo creo —respondió—. Lo sé.
Tomé el contrato y empecé a leer. No por curiosidad. Por costumbre.
Separación de bienes.
Duración determinada.
Confidencialidad absoluta.
Cláusulas de convivencia negociables.
Libertad individual fuera de actos públicos.
—Esto no es un matrimonio —dije—. Es una alianza estratégica.
—Exactamente —replicó—. Por eso la elegí.
Cerré la carpeta con calma.
—¿Y qué gano yo?
Por primera vez, Alexander sonrió un poco más.
—Protección. Acceso. Poder sin intermediarios.
—Ya tengo poder —respondí.
—No del mío —dijo con serenidad.
Silencio.
Lo miré fijamente.
—No soy una mujer decorativa, Montclair.
—Lo sé —dijo—. Por eso este contrato no intenta domesticarla.
Me incliné hacia adelante.
—¿Y qué pasa si digo que no?
Alexander no dudó.
—Nada —respondió—. Pero si dice que sí… nadie volverá a subestimarla.
Cerré los ojos un segundo. Pensé. Calculé.
—Tengo condiciones —dije al abrirlos.
—Por supuesto —respondió—. Las espero.
Me levanté, tomé la carpeta y caminé hacia la puerta.
—Las leerá cuando esté lista —añadí—. Si decide aceptar, será bajo mis términos también.
Me detuve antes de salir.
—Y una cosa más, Montclair.
—Dígame.
Sonreí, lenta, peligrosa.
—Si vamos a jugar a estar casados… yo no pierdo.
Sus ojos brillaron con algo nuevo.
Interés real.
—Entonces —dijo—, estamos jugando el mismo juego.
Salí de la sala con el contrato bajo el brazo.
Y con la certeza clara de que acababa de aceptar algo mucho más peligroso que un matrimonio por conveniencia.
Había entrado al terreno de Alexander Montclair.
Y el verdadero juego de poder…
acababa de comenzar.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/