NovelToon NovelToon
Memorias Para Amar Al CEO

Memorias Para Amar Al CEO

Status: En proceso
Genre:Pérdida de memoria / Oficina / CEO / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Denis Peinado

En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.

NovelToon tiene autorización de Denis Peinado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: Cuando dijo mi nombre

El olor a desinfectante siempre le había dado náuseas, pero aquella mañana Mía Torres lo agradeció. Era un olor que lo limpiaba todo: la sangre de anoche, el miedo, la voz fría que siempre la hería… y los recuerdos que ahora parecían haberse disuelto como tinta bajo la lluvia.

El monitor del hospital pitaba con una regularidad casi hipnótica. En la habitación privada, la luz entraba tamizada por unas cortinas beige que no sabían nada de tormentas ni de empresas. Liam descansaba sobre la cama, sin la agresividad que solía tensar su mandíbula, sin aquella sombra en los ojos que la hacía sentir diminuta. Dormía. O, mejor dicho, se había quedado suspendido en un lugar donde lo que era ya no existía.

Mía se quedó de pie junto al ventanal, observando las gotas rezagadas en el vidrio. Le dolían los brazos por haberlo sostenido la noche anterior; aún podía sentir el peso de su cuerpo desplomándose sobre el suyo, la súplica quebrada: No te vayas. El recuerdo le quemó el pecho. Lo había escuchado tantas veces hablar con dureza, cerrar puertas, retirar miradas; jamás suplicar.

Tocó el borde de la bandeja con los dedos para obligarse a volver al presente. Sobre la mesita había una jarra de agua, una flor que algún asistente del hospital había colocado sin sentido, y su teléfono. Lo había puesto en silencio; desde el amanecer, vibró una y otra vez con llamadas de Olivia Selwyn, de los directores financieros, del asistente personal de Alexander Reed, y de un número oculto que insistía. No respondió a ninguno. ¿Qué iba a decir? ¿Qué el hombre al que temían, seguían y obedecían había olvidado quién era? Aún no. No sin escuchar a los médicos. No sin escuchar a Liam.

También estaba el médico jefe, un neurólogo de apellido breve y mirada cansada, que se había asomado hacía media hora para advertirle: “Lo más probable es que recuerde fragmentos. Caras sin nombres. Nombres sin historias. O nada por un tiempo. Sea paciente; su presencia parece calmarlo”. Mía guardó ese último dato como si fuese un tesoro.

Giró, al fin, hacia la cama. Liam tenía el cabello más oscuro de lo que recordaba cuando estaba mojado; ahora, seco y revuelto, dejaba ver una pequeña cicatriz que nunca había visto. En el lado izquierdo del rostro aún se adivinaba un rasguño. Respiraba profundo, como alguien que se ha defendido demasiado tiempo y, por primera vez, suelta la espada.

Se acercó un paso. Y otro. Hasta que sus dedos rozaron la baranda metálica.

—Hola —susurró, sin saber a quién le hablaba exactamente—. Soy yo. Mía.

Un leve movimiento en la mano de él, como un reflejo, la sobresaltó. Ella apretó los labios para no decir más. No quería despertarlo si su mente necesitaba descansar. Pero él no tardó en moverse de nuevo, esta vez con un gesto consciente: los dedos buscaron algo, como si tantearan el borde de un sueño.

—Mía.

El nombre salió ronco, no como una pregunta sino como un reconocimiento. Mía sintió que el suelo se le movía.

—Aquí estoy —se acercó más, hasta que su sombra cubrió parte del colchón—. Estoy contigo.

Los ojos grises se abrieron despacio. No tenían aquel filo implacable; parecían, por primera vez, de un color que podía herirla por ternura. Parpadearon, se enfocaron, y la miraron a ella como si acabaran de encontrar la única palabra que quedaba en un idioma olvidado.

—Mía —repitió, y a pesar de todo el dolor, la forma en que dijo su nombre la hizo temblar—. Sabía… que no me dejarías solo.

Ella tragó saliva. Le habría gustado entender por qué lo sabía. O por qué esa certeza existía donde todo lo demás había desaparecido.

—No voy a irme —prometió, bajando la voz—. ¿Cómo te sientes?

Él llevó una mano a la zona vendada de la frente y frunció el ceño.

—Como si… me hubieran golpeado con un planeta —intentó sonreír, pero se detuvo al notar la tensión en sus ojos—. No recuerdo… —Su mirada vagó por la habitación hasta detenerse de nuevo en ella—. No recuerdo casi nada. Solo tu nombre. Y una sensación.

—¿Qué sensación?

—Que si te pierdo —dijo, sin titubear—, pierdo algo más que mi memoria.

Las palabras lo atravesaron a él primero —como si le sorprendiera escucharse tan seguro— y luego la atravesaron a ella, que se sostuvo de la baranda para no llevarse las manos al pecho. No debía llorar. Si lloraba, podría confundirlo. Y, además, ella se había prometido ser fuerte… especialmente frente a él.

—Está bien —logró decir—. No vamos a perdernos.

Él la observó largo rato, como un niño que decide si puede confiar en el adulto que dice cuidarlo.

—¿Qué soy yo para ti? —preguntó de pronto—. ¿Un jefe? ¿Un amigo? ¿Un…?

—Eres mi jefe —respondió sin vacilar, porque todo lo demás sería peligroso—. Diriges Vander Corp. Yo soy tu asistente. Trabajo contigo desde hace dos años.

Liam miró el techo. “Jefe” sonó a un traje que le quedaba extrañamente ajeno y, al mismo tiempo, a un lugar natural en el que podía deslizarse sin esfuerzo. Hizo una mueca.

—¿Y… era un buen jefe?

La pregunta los dejó a ambos suspendidos.

Mía no quiso mentir; tampoco quiso ser cruel. Recordó la voz de anoche: No vuelvas a cometer un error conmigo. Recordó los días de silencio, la sensación de caminar sobre cristales. Recordó, también, que estaba frente a un hombre que necesitaba anclas.

—Eras exigente —dijo al fin—. A veces demasiado.

—Exigente… —repitió, probando la palabra en su lengua—. ¿Contigo también?

Ella asintió una sola vez.

—Contigo… —murmuró, y su mirada volvió a ella con una gravedad nueva—. Y sin embargo estás aquí.

—Sí.

El monitor marcó un latido un poco más rápido. Liam apartó la vista solo para respirar hondo; luego volvió a ella, como si hubiera decidido que, ocurriera lo que ocurriera, su norte sería su rostro.

—Necesito que me ayudes, Mía —dijo, cada sílaba con una determinación que hacía eco—. No confío en nadie. No recuerdo a nadie. Pero de ti… —apretó la baranda—. De ti me acuerdo. No sé por qué. No sé de dónde. Pero lo sé.

Mía sintió que una puerta se abría en algún lugar del pecho. Detrás, sin embargo, una alarma se encendió: cuidado. Encariñarse con ese Liam —suave, despojado de cuchillos— podía ser el principio de un dolor insoportable si los recuerdos regresaban con filo.

—Te ayudaré —dijo—. Paso a paso. Primero, lo básico. Sufriste un accidente anoche. Te encontraron cerca del edificio. Yo te acompañé en la ambulancia.

—¿Yo conducía?

—Sí.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Y tú qué hacías ahí?

Ella dudó un segundo.

—Saliendo del trabajo. Había tormenta.

Liam asintió, cerrando los ojos como si imaginara el agua golpeando un parabrisas, los faros difuminados, el vértigo de perder el control. Un músculo le saltó en la mejilla. Abrió los ojos de nuevo.

—¿Alguien… más sabe esto? —preguntó con cautela—. ¿Que… que estoy así?

—La junta, no. Alexander Reed, supongo que ya se enteró, pero no por mí. Olivia… —El nombre se le escapó antes de poder detenerlo. De inmediato, deseó no haberlo dicho—. Aún no avisé.

—¿Olivia? —repitió él, sin encontrar una imagen asociada—. ¿Quién es?

—Una… alguien importante para la empresa —dijo, eligiendo el camino más neutro—. Inversionista social. Amiga.

La palabra “amiga” le supo amarga. No era su lugar decidir qué relación había entre ellos, pero sabía lo suficiente como para reconocer que Olivia Selwyn había querido ser más que una amiga; a veces, por los silencios que compartían en reuniones privadas, parecía que ya lo era. Un escalofrío recorrió la espalda de Mía. Si Olivia se enteraba, vendría a tomar el control. Sonreiría con esa exactitud de porcelana y colocaría su mano en el brazo de Liam como si ella siempre hubiese pertenecido ahí.

—No quiero verla —dijo Liam, como si hubiera leído su pensamiento. La miró, serio—. No todavía.

—Está bien —aceptó Mía, sintiendo que aquella petición no era prudente… pero sí necesaria.

El neurólogo entró sin golpear, acompañado de una enfermera. Saludó con un gesto, revisó monitores, pupilas, reflejos.

—Señor Vander, ¿recuerda dónde está?

—Un hospital —dijo Liam, sin apartar la vista de Mía.

—Correcto. ¿Recuerda su nombre completo?

Silencio. Los ojos de Liam vacilaron. Entonces, como un hilo de luz, apareció una certeza.

—Liam —dijo, seguro—. Liam… Vander.

El médico asintió, satisfecho.

—Bien. Tendrá que quedarse en observación. Vamos a evitar el exceso de visitas y cualquier exposición mediática. El reposo y la calma son esenciales —miró a Mía—. Usted puede quedarse. Lo tranquiliza.

Cuando se fueron, Liam soltó el aire como si hubiese estado conteniéndolo desde que despertó.

—No dije mi segundo nombre —comentó, más para sí que para ella.

—No importa —sonrió Mía, sin poder evitarlo—. A mí no me lo dices nunca.

Él arqueó una ceja.

—¿Y tú sí tienes segundo nombre, Mía?

—Sí.

—¿Cuál?

Ella dudó, juguetona por primera vez en dos años frente a él.

—No te lo diré hasta que comas.

Él la miró como si acabara de descubrir un planeta nuevo: una Mía que bromeaba. Las comisuras de sus labios temblaron.

—De acuerdo —cedió—. Comida a cambio de secretos. Puedo trabajar con eso.

Comieron poco —caldo insípido y pan demasiado blando—, pero a Mía le supo a banquete: Liam aceptó cada cucharada como si fuera una promesa de que, paso a paso, su cuerpo recordaría vivir. Después, le pidió su teléfono.

—No para llamar —aclaró, detectando el nerviosismo de ella—. Quiero ver… lo que soy. Fotos. Noticias.

No había pensado en eso. Mía desbloqueó el celular, respiró, y escribió su nombre en el buscador. Las imágenes aparecieron como un desfile: portadas de revistas, flashes congelados, artículos hablando de negocios cerrados en tiempo récord, otros insinuando enemistades con Alexander, varios mostrando a Olivia tomada de su brazo en eventos benéficos. Casi ninguna imagen de él riendo. En todas, su expresión era una máscara perfecta.

Liam observó en silencio. Y algo en su frente se contrajo.

—Parezco… alguien que no quiero conocer —murmuró al fin.

—Haces lo que debes para dirigir la empresa —dijo Mía, intentando ser justa—. La gente te respeta.

—¿Y tú? —rompió, de pronto—. ¿Me respetas?

La pregunta la atrapó por sorpresa. Podría haber dicho la verdad cortante: a veces te temo. Podría haber dicho la verdad desnuda que guardaba en el fondo: siempre te he mirado. Eligió una verdad que podía sostenerse sin arrastrarlos al borde del abismo.

—Respeto lo que puedes ser —dijo, suave.

Liam no apartó los ojos. Algo, una corriente sutil, pasó de él a ella. No era la descarga cruel que conocía; era otra cosa… un hilo que quería anudarse.

—Mía —dijo, en un tono que no admitía réplica—. Quiero que seas tú quien me cuente mi historia. No Alexander. No… Olivia. Tú.

—Eso es mucha responsabilidad.

—La acepto —y, con esa seguridad antigua que se intuía bajo la amnesia—: Si confío en ti y me equivoco, será mi error. Pero hoy… apostaré por ti.

A Mía le temblaron las manos. Quiso asentir sin que él notara que aquello, para ella, era peligroso. Porque la verdad completa también la incluía a ella de un modo que nadie debía saber.

—De acuerdo —respondió—. Te haré una línea del tiempo… con lo necesario. Sin juzgar.

—No quiero solo fechas —negó él, con una terquedad casi infantil—. Quiero saber qué te hacía enojar. Qué te hacía reír. Qué no te gustaba de mí. Y… por qué sigues aquí.

Mía bajó la mirada.

—Sigo aquí… porque sé cuánto puedes caer —susurró—. Y porque no estás solo.

Él se quedó en silencio, y sin embargo su respiración cambió, como si esas palabras le hubieran aflojado un nudo. Fue entonces cuando se escuchó un golpe en la puerta. Un golpe seguro, dueño del lugar. Mía se tensó.

—¿Esperas a alguien? —preguntó Liam, notando su gesto.

Ella no contestó. La puerta se abrió sin pedir permiso, y Alexander Reed entró acompañado de dos hombres de traje. Era la elegancia hecha amenaza: traje oscuro impecable, corbata de un azul que solo se veía caro si sabías cuánto costaba, y esa sonrisa de media luna que parecía pedir disculpas mientras medía la distancia exacta a la yugular.

—Liam —dijo, como si el hospital fuese su oficina—. Te ves mejor de lo que me dijeron.

Sus ojos, sin embargo, fueron primero a Mía. La recorrieron con un interés calibrado: no el de un amante, no el de un colega, sino el de un lector experto que reconoce capítulos saltados.

—Mía —saludó con cortesía—. Gracias por avisarme… eventualmente.

Ella no se inmutó.

—El doctor limitó las visitas —respondió—. La suya será breve.

Alexander sonrió con esa perfección controlada que irritaba a la mitad de la ciudad y seducía a la otra mitad. Se volvió a Liam.

—Tenemos una junta en tres horas, pero la pospuse. La prensa ya huele sangre, y Olivia… —se detuvo en el nombre, midiendo la reacción del paciente. Como no la hubo, siguió—…está preocupada. Necesitaba verte antes de que el rumor se hiciera público.

Liam lo estudió, intrigado. No recordaba su historia con él, pero podía oler el poder de Alexander en el aire.

—¿Quién eres? —preguntó, sin rodeos.

Por primera vez, el gesto de Alexander vaciló apenas. Luego inclinó la cabeza, elegante.

—Tu mejor amigo. Y el que te ha tapado más incendios que nadie. —Sonrió—. Alexander Reed.

Liam no devolvió la sonrisa. Solo miró de reojo a Mía, buscando confirmación. Ella asintió con un gesto pequeño.

—Tuvo un accidente —explicó Mía, firme—. No recuerda todo. Necesita calma.

Alexander la observó en silencio. Mía había visto esa mirada antes: cálculo puro. Era como si elaborara posibilidades en su mente y, en todas, Mía apareciera en el centro.

—Lo sé —dijo al fin, con voz neutra—. Por eso vengo a ofrecer ayuda. La empresa no puede detenerse. La prensa no puede enterarse de lo que no debe. Y… —dirigió un vistazo a Liam—…tú no puedes estar rodeado de personas equivocadas.

Liam se incorporó un poco, ignorando el tirón en la sien.

—¿Personas equivocadas?

Alexander sonrió.

—No todos desean tu bien, Liam. Ni dentro, ni fuera de la empresa —se acercó un paso—. Pero si me escuchas, saldremos de esto. Como siempre.

El monitor registró otro aumento de ritmo. No por Alexander; por el modo en que Liam buscó a Mía con la mirada. Ella dio un paso adelante, colocándose al costado de la cama como si fuese una muralla dulce.

—Agradecemos la oferta —dijo, enfatizando el plural—, pero el doctor ha sido claro. Nada de estrés. Él no firmará nada, no hablará con la prensa, no asistirá a reuniones.

—¿Y tú decidirás por él? —preguntó Alexander, aún cordial.

—Yo lo cuidaré —respondió Mía—. Y lo cuidaré de todos, incluso de ti.

Alexander dejó caer la sonrisa. Por un segundo, su verdadero rostro —el del hombre que sabía destruir y reconstruir con la misma facilidad— emergió.

—Interesante —susurró—. No te había visto así, Mía.

—Tampoco me habías mirado realmente —replicó ella, sin temblar.

El silencio que siguió fue tan afilado que podría haber cortado papel. Liam, en medio de ambos, se dio cuenta de algo que su memoria no le ofrecía, pero su intuición sí: Mía no era una asistente cualquiera. Había fuego en su quietud. Y él, que había despertado sin anclas, estaba a punto de atarse a esa llama sin remedio.

—Alexander —intervino, con una autoridad que no necesitaba pasado—. Regresa a la empresa. Haz… lo que haría yo. Nada de comunicados. Nada de fotos. Y no traigas a Olivia. Aún no.

Alexander lo miró largo rato, midiendo la permanencia de esa orden en un hombre sin recuerdos. Luego, con una inclinación mínima, cedió.

—Como quieras, Liam. —Se volvió hacia Mía—. Mantén encendido tu teléfono. Lo necesitaré.

—Cuando él lo permita —corrigió ella.

Alexander salió. El aire, un segundo después, pareció ensanchar los pulmones de ambos.

—Él no te gusta —concluyó Liam.

—Él te quiere —dijo Mía—. A su manera.

—¿Y tú? —preguntó, con una honestidad que habría sido imposible ayer—. ¿Cómo me quieres?

La pregunta cayó como una piedra en un lago sereno. Mía no se la esperaba. El corazón le dio un salto tan grande que se escuchó en el pitido del monitor. Tomó aire.

—Te quiero vivo —respondió—. Te quiero… bien.

A Liam, por alguna razón, eso le bastó. Alargó una mano, con el atrevimiento tímido de quien se acerca al borde de un precipicio.

—¿Puedo…?

Mía dudó apenas y, al final, colocó sus dedos sobre los suyos. La piel de él estaba tibia, firme. Esa unión mínima bastó para que el ritmo del monitor bajara a un compás más manso. Liam cerró los ojos.

—No te vayas, Mía.

—No me voy —prometió, y esta vez fue un juramento que se enganchó a su propia respiración.

Se quedaron así un rato que podría haber sido un minuto o una vida. Cuando Liam los abrió, en su mirada había algo nuevo, una chispa que tal vez ya existía antes, pero que él había ahogado bajo capas de acero.

—Voy a recuperarlo todo —dijo al fin—. Lo sé. Pero, mientras no lo haga, te elegiré a ti. Para que me diga quién soy. Para que me detenga si intento ser el hombre que te lastimó.

La palabra lastimó le apretó la garganta. Mía bajó la mirada; si la mantenía en la suya, podría confesarlo todo. Y no era el momento. No cuando afuera, Mía lo sabía, alguien estaba moviendo piezas. El accidente no olía a casualidad. Había demasiadas sombras en la empresa, demasiados correos que habían desaparecido de pronto durante la última semana, demasiadas miradas en el ascensor que parecían contar segundos.

—Está bien —susurró—. Empezaremos hoy. Poco a poco.

—Empieza por lo que te hacía enojar —pidió él, y la seriedad en su tono la desarmó—. Lo necesito.

Mía respiró, y por primera vez decidió regalarle la verdad.

—Me enojaba —dijo— que nunca usaras mi nombre. Me enojaba que me citaras a reuniones a las siete de la mañana cuando sabías que yo volvía a casa a la una. Me enojaba que me exigieras perfección sin darme tiempo, y que los errores de los demás fueran… tolerados. —Lo miró—. Me enojaba que me ignoraras hasta que necesitabas algo.

Liam cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no había disculpas vacías en su boca. Había decisión.

—No volveré a hacerlo —prometió, apretándole los dedos—. Aunque mi memoria regrese, aunque me odie por cosas que no entiendo. No volveré a hacerlo.

Mía quiso creerle. Necesitaba creerle. Se inclinó un poco para ajustar la sábana. Su cabello cayó sobre el hombro; Liam, sin pensar, lo apartó con una delicadeza que no se parecía al hombre de las portadas. El roce fue leve, eléctrico. Ambos contuvieron la respiración.

Liam habló primero.

—No sé por qué… —dijo—, pero quiero protegerte.

El corazón de Mía se desordenó.

—Entonces recupérate —respondió, y dejó que su mano siguiera en la de él—. Después veremos a quién hay que enfrentarse.

Liam asintió. En el pasillo, un carrito chirrió y, más lejos, un elevador se abrió. La ciudad despertaba. Afuera, Vander Corp seguía girando, y con ella hombres que olían a perfume caro y miedo viejo. Alguien, en algún piso, estaba brindando por la caída del rey. Alguien más tejía un plan para sentarse en su silla mientras él se curaba.

Mía miró a Liam y decidió, en silencio, que la silla no quedaría vacía. No en sus narices. No mientras él la mirara con esa confianza que le calaba los huesos.

—Mía —murmuró él, con un hilo de voz—. Dime tu segundo nombre.

Ella sonrió, apenas.

—Isabel.

Él repitió en un susurro: Mía Isabel. Como si con cada sílaba construyera una casa en la que refugiarse.

—Gracias por quedarte —dijo—. No voy a olvidarte.

—Aunque lo hagas —respondió ella, con una ternura que le humedeció los ojos—, yo volveré a recordarte quién soy.

Él quiso reír, pero terminó cerrando los ojos, cansado. La mano, sin embargo, nunca soltó la suya. Mía se sentó en la silla junto a la cama y, con el pulgar, dibujó un círculo pequeño en su piel. Afuera, las nubes comenzaban a abrirse, dejando que un hilo de luz colara la mañana por la cortina.

Mía no lo supo entonces, pero ese gesto —pequeño, cálido, obstinado— sería lo único que recordaría Liam unos segundos antes de su primer flashback. Un destello que no traerá paz.

Pero eso todavía no había ocurrido.

Por ahora, en esa habitación, él apenas aprendía a decir su nombre.

Y ella, a creer en promesas que tal vez estaban hechas para romperse.

1
Eret Lopez
ES DEMASIADO CANSADO ESTAR LEYENDO ALGO QUE NO CONCLUYE EN NADA BEY
Eret Lopez
Mia PORQUE NO HABLAS CON LA VERDAD ES MEJOR UNA VEZ COLORADO QUE MIL DESCOLORIDO AGARRA EL TORO POR LOS CUERNOS
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play