Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 5: La anatomía de una obsesión
La paranoia tiene una etapa de maduración. Primero es miedo, luego es rabia, y finalmente, se convierte en una fascinación devoradora. Adrián de la Vega estaba entrando en la tercera fase.
Habían pasado tres días desde el encuentro en el muelle, y Adrián no había podido dormir más de dos horas seguidas. Cada vez que cerraba los ojos, no veía el video de la humillación ni las fotos del accidente; veía la mirada de Mateo. Esa mirada gélida, superior, que parecía escudriñar cada uno de sus pecados como si estuviera leyendo un libro abierto.
Sentado en su habitación, rodeado de un lujo que de repente le parecía de plástico, Adrián sostenía su teléfono. Tenía abierta la cuenta de Instagram de Mateo, la cual no había sido actualizada en semanas, pero él analizaba cada foto antigua. Buscaba el rastro del chico que lo amaba, buscando desesperadamente una grieta por la cual volver a entrar en su mente.
—¿Dónde estás, Mateo? —susurró, su dedo acariciando la pantalla sobre la imagen de Mateo sonriendo tímidamente un año atrás—. ¿A qué hora te convertiste en este monstruo tan perfecto?
El acecho del verdugo
Adrián no aguantó más. Esa noche, en lugar de ir a la cena benéfica de su madre —la cual evitó alegando una migraña inexistente—, subió a su auto y condujo hasta el barrio de Mateo. No sabía qué buscaba. ¿Una confrontación? ¿Una disculpa? ¿O simplemente confirmar que Mateo era real y no una alucinación producto de su propia culpa?
Se estacionó a media cuadra de la casa de los padres de Mateo, una construcción sencilla que contrastaba con su mansión. Apagó las luces y esperó.
A las 11:15 p.m., un auto negro y elegante se detuvo frente a la casa. De él bajó Mateo. Pero no estaba solo. Una mujer de unos treinta años, vestida con un traje sastre impecable y una carpeta bajo el brazo, bajó con él. Era Elena Varga, una de las abogadas criminalistas más temidas de la ciudad.
Adrián sintió una punzada de celos que le quemó las entrañas. No eran celos románticos, o al menos eso se decía a sí mismo; era la rabia de ver a Mateo moviéndose en círculos de poder que él mismo no podía controlar. Vio cómo Mateo le sonreía a la mujer —una sonrisa que no le había dado a él en semanas— y cómo ella le ponía una mano en el hombro en un gesto de confianza profesional.
Cuando la abogada se fue, Mateo no entró a su casa. Se quedó de pie en la acera, mirando fijamente hacia donde estaba el auto de Adrián, a pesar de que la oscuridad debería haberlo hecho invisible.
Mateo sacó su teléfono. Segundos después, el celular de Adrián vibró en el asiento del copiloto.
“Si vas a acosarme, Adrián, al menos ten la decencia de bajarte del auto. No muerdo... a menos que me lo pidas.”
El juego de espejos
Adrián sintió un escalofrío. Bajó del Porsche, con las piernas pesadas, y caminó hacia Mateo. La luz de una farola parpadeante creaba una atmósfera de película de cine negro.
—¿Cómo supiste que era yo? —preguntó Adrián, tratando de recuperar su tono de mando, aunque su voz sonó rota.
—Reconozco el rugido de ese motor a kilómetros. Y reconozco tu desesperación, Adrián. Apesta más que tu colonia de sándalo —Mateo se apoyó contra un árbol, cruzando los brazos—. ¿Qué haces aquí? ¿Viniste a terminar el trabajo?
Adrián se detuvo a un metro de él. Estaba tan cerca que podía ver que Mateo no llevaba maquillaje para ocultar las ojeras, pero aun así se veía radiante en su nueva oscuridad.
—No puedo dejar de pensar en lo que dijiste en el muelle —admitió Adrián, dando un paso más, invadiendo el espacio de Mateo—. No puedo creer que este seas tú. ¿Tanto me odias que te destruiste a ti mismo para convertirte en esto?
—¿Destruirme? —Mateo soltó una carcajada melódica—. Al contrario. Me construí. El Mateo que conocías era una versión beta, un prototipo fallido que creía en los finales felices. Este Mateo es el que tú creaste. Deberías estar orgulloso, soy tu obra maestra.
Adrián extendió la mano, sus dedos rozando casi por accidente el cuello de la camisa de Mateo. No había violencia en el gesto, sino una curiosidad enferma.
—Me atraes más así —confesó Adrián en un susurro pecaminoso—. Me aterra lo que tienes en ese sobre, me asquea que me tengas contra las cuerdas... pero no puedo dejar de mirarte. Es como si fueras un accidente de coche y yo fuera el espectador que no puede apartar la vista.
—Se llama Síndrome de Estocolmo inverso, Adrián —dijo Mateo, sin apartarse del contacto. Sus ojos brillaron con una malicia pura—. Te has enamorado de tu propia ruina. Estás tan acostumbrado a que todos te adoren que, ahora que alguien te desprecia y te domina, no sabes cómo manejarlo. Tu cerebro está confundiendo el miedo con el deseo.
La trampa del deseo tóxico
Adrián lo agarró por la nuca, obligándolo a mirarlo. Sus respiraciones se mezclaron.
—¿Y si te digo que no me importa? —dijo Adrián, con los ojos inyectados en sangre—. Borra los archivos. Destruye las pruebas. Y te daré lo que quieras. Dinero, mi lealtad... incluso a mí mismo. Podemos volver a lo que pasó en el cuarto de materiales, pero esta vez sin cámaras. Solo tú y yo.
Mateo sintió el poder vibrando bajo su piel. El chico que lo humilló, el rey del colegio, estaba suplicando por una migaja de su atención, ofreciéndose como sacrificio. Era el triunfo máximo de su venganza.
Pero Mateo sabía que esto era parte del suspenso. Si cedía ahora, Adrián recuperaría el control. Tenía que mantener la tensión, estirar la cuerda hasta que el alma de Adrián crujiera.
—Eres tan predecible —susurró Mateo, llevando su mano al pecho de Adrián, sintiendo los latidos desbocados de su corazón—. Crees que puedes comprar tu libertad con sexo y promesas vacías. Pero aquí está el problema, Adrián: yo ya no quiero tu cuerpo. Quiero tu destrucción total.
Mateo se acercó a los labios de Adrián, deteniéndose justo antes del contacto. Pudo sentir el temblor de Adrián, su anticipación casi dolorosa.
—Pero —continuó Mateo—, me gusta verte así de patético. Así que te daré una oportunidad. Mañana, Javier va a dar una declaración grabada sobre quién filtró el video. Si quieres que ese video nunca vea la luz, vas a tener que traicionar a tu mejor amigo. Vas a tener que entregármelo en bandeja de plata.
—Javier es como mi hermano —dijo Adrián, horrorizado.
—Y yo era el chico que te amaba —replicó Mateo con una frialdad que cortaba el aire—. Tú elegiste el juego. Yo solo estoy poniendo las reglas. Elige, Adrián: tu "hermano" o tu futuro. Tienes hasta el amanecer.
Mateo se soltó del agarre de Adrián con una fuerza sorprendente y caminó hacia su casa sin mirar atrás.
El vacío del depredador
Adrián se quedó solo en la acera, con el frío de la noche calándole los huesos. Se llevó la mano a los labios, sintiendo el fantasma del beso que no ocurrió. Odiaba a Mateo. Lo odiaba con cada fibra de su ser por haberle arrebatado su paz, su seguridad y su orgullo. Pero, al mismo tiempo, sentía una excitación oscura que nunca había experimentado con nadie más.
Mateo lo había convertido en un adicto a su propia humillación.
Dentro de la casa, Mateo observaba desde la rendija de la cortina. Su mano temblaba ligeramente. No era fácil jugar con fuego sin quemarse las puntas de los dedos. El deseo de Adrián era real, y era un arma poderosa, pero también era un veneno.
—Casi te tengo —murmuró Mateo para sí mismo, viendo cómo el auto de Adrián se alejaba a toda velocidad—. Solo un poco más de presión, y el rey entregará su propia corona para que yo la queme.
La venganza estaba entrando en su fase más peligrosa: aquella en la que los sentimientos reales empezaban a filtrarse por las grietas del plan. El suspenso ya no era solo sobre quién ganaría, sino sobre quién perdería su humanidad primero en este juego de espejos rotos.