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ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me contrato para traducir el corazón de su amante.

Terminé enamorándome de él.

Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.

Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.

Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.

Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.

Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...

Caeleen seguirá amando a otro.

Y él habrá perdido todo.

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA VITRINA DE PORCELA.

La llamada de Leo llegó como un latigazo en la modorra de la tarde. Estaba recogiendo los últimos ensayos de mis alumnos de último año —"El amor cortés: ¿tópico o verdad atemporal?"— cuando el teléfono vibró con su foto. Esa cara de pánico que siempre presagia desastre.

"Oye, Azren. Necesito un favor. De esos grandes."

Apoyé el codo en la pila de papeles. "Dime que tu hermana no…", empecé, aunque ya sabía la respuesta. Llevaba semanas con la fecha marcada.

"Peor. Rompió aguas. Dos semanas antes. Mis padres están histéricos a tres horas de camino. Necesito irme. Ya."

Me puse de pie sin pensarlo. La urgencia en su voz era real. "Claro. ¿Qué necesitas?"

Hubo un silencio cargado al otro lado. El tipo de silencio que antecede a una petición incómoda.

"Que me cubras en la clínica. Dos horas. Solo la recepción."

El mundo se aquietó. La clínica. El ventanal de las canchas. La posibilidad, tan concreta y aterradora, de que él apareciera.

"Leo", dije, forzando una risa que sonó falsa incluso para mí. "Soy profesor de literatura. Si alguien llega quejándose de un lumbago, le voy a diagnosticar melancolía renacentista."

"No hagas diagnósticos, solo recibe", suplicó, su voz tensa. "Son solo dos clientes con cita. Les explicas mi emergencia, tomas sus datos, les das mil disculpas. Ya los compensaré. Solo necesito un rostro amable que impida que me linche la clientela. ¿Puedes?"

Un rostro amable. Miré mi reflejo en el cristal de la ventana del aula, iluminado por la luz baja de la tarde. Solo vi a un hombre con ojos de venado asustado, a punto de cometer una estupidez monumental.

"Sí", salió la palabra antes de que mi cerebro pudiera vetarla. Sonó a sentencia. "Voy. Pero me debes una. Grande."

"¡Te debo el favor más grande de mi vida! ¡Y mi sobrino te lo agradecerá cuando nazca! ¡Gracias! Las llaves están bajo el felpudo azul, ya sabes."

Colgué. Guardé los exámenes en la mochila, apagué la luz del aula y salí. No había tiempo para ir a casa. Fui directo desde la escuela, con la camisa aún arrugada por la jornada y el corazón latiendo más rápido de lo razonable.

No era una coincidencia. Era yo, caminando directamente hacia la única zona de peligro que me llamaba por nombre.

 

La clínica olía a limpiador hospitalario. Ese olor que no huele a nada vivo, solo a ausencia. Un silencio profundo, roto únicamente por el zumbido de la nevera de los suplementos. Mis pasos resonaron en el pasillo vacío, como de intruso. Me senté tras el mostrador de recepción, sintiéndome como un actor mal ensayado en un escenario ajeno. Desde allí, la vista del ventanal que daba a las canchas era perfecta. Un cuadro vacío.

Vacías. Según la agenda de Leo, su cita era a las cinco. Eran las cuatro y media. Mi corazón empezó a latir con un ritmo estúpido y acelerado, como si intentara escaparse del pecho.

A las cuatro cuarenta y cinco, el timbre sonó. Un ding-dong obscenamente alegre. Me enderecé, alisé la camisa y preparé mi mejor sonrisa de "sí, trabajo aquí, no, no soy un fraude total".

No era un cliente.

Era un repartidor con un ramo que parecía salido de una galería de arte. Largo, rectangular, envuelto en papel de seda crudo. No eran las rosas rojas explosivas que uno imaginaría para una estrella. Eran lirios de cala, blancos y severos; orquídeas verdes, casi fantasmales; ramas de eucalipto plateado que olían a medicamento y a bosque. Un arreglo sereno, minimalista, y tan caro que casi se podía oler el dinero.

"—Entrega para el señor Caeleen Valkrum", dijo el chico, con la indiferencia de quien reparte paquetes a celebridades a diario. "Me pidieron que lo dejara aquí."

Firmé un recibo con una rúbrica temblorosa que no se parecía en nada a la mía. Cuando se fue, dejé el ramo sobre el mostrador. El aroma a limón y tierra húmeda llenó el aire estancado. Había una tarjeta escondida entre el follaje. Papel grueso, atado con una cinta de yute áspera.

La di vuelta.

La caligrafía era una obra de arte en tinta azul. Cada curva, una caricia calculada. Cada trazo, deliberado. Decía:

"Para Caeleen,

No son para el triunfo. Son para el esfuerzo.

Para que sepas que alguien ve más allá del resultado.

Con cariño,

D."

La 'D' final no era una letra. Era una firma. Un garabato elegante y enredado que parecía contener un mundo entero. Una historia. Una intimidad.

Dejé la tarjeta como si me hubiera quemado los dedos. Con cariño. D. No era de un fan. No era de un patrocinador. Era de alguien. Alguien que lo conocía en un nivel diferente. Que veía detrás del atleta, detrás de la estrella. El fantasma del que hablaba Leo ahora tenía una letra. Y esa letra pesaba más que un nombre completo.

La puerta se abrió.

Y él entró.

No lo había descrito bien antes. Me había quedado corto. No es solo que fuera alto o ancho. Era la forma en que llenaba el espacio. Cómo el aire se volvía más denso, más caro, como si acabara de entrar en un campo gravitatorio distinto.

Llevaba una camiseta de tirantes negra, pegada al torso por el sudor, marcando cada músculo con la precisión de un dibujo anatómico. Los brazos, completamente al descubierto, eran una red de venas. Pantalones cortos de deporte. Zapatillas caras. Auriculares enormes le cubrían las orejas, la mirada clavada en la pantalla de su teléfono. Movía los hombros con una ligera rigidez.

Pero no era solo el cuerpo. Era la cara. La mandíbula firme, la nariz recta, los pómulos marcados. El tipo de rostro que uno tarda un par de segundos en procesar porque no parece real. Demasiado proporcionado. Demasiado perfecto.

Alzó la vista. Sus ojos, de ese color ámbar claro que había visto a través del cristal, me atravesaron. Pero no como aquella vez. No había conexión. No había reconocimiento. Solo la indiferencia absoluta que se le tiene a un mueble, a un obstáculo en el camino. Fue un golpe seco y humillante en el plexo solar.

"¿Valdez?" Su voz era más grave de lo que recordaba. Áspera por el esfuerzo o por la pereza. Plana como una losa.

"Emergencia familiar. Yo… le cubro hoy. Lamentamos cualquier…"

Un resoplido seco. Un sonido de puro fastidio. Cortó mi torpe explicación. Se quitó los auriculares con un movimiento brusco. Su mirada, cargada de irritación, pasó por encima de mi cabeza… y se clavó en las flores.

Y entonces, lo vi.

No fue un derrumbe. Fue una implosión.

Todo su cuerpo, tan sólido, pareció absorber un impacto invisible. Sus ojos, antes duros y claros, se abrieron por una fracción de segundo. Sorpresa cruda, desnuda. Un destello de algo totalmente vulnerable. Por un instante, vi al hombre de la cancha vacía. Al que se llevó la mano al hombro con rabia. Al que Leo describió destrozando una bicicleta a puñetazos.

Luego, como si un interruptor de emergencia se accionara, su expresión se selló. No hubo tristeza. Hubo un endurecimiento instantáneo. La mandíbula se cerró con tanta fuerza que pude ver el músculo saltar bajo la piel. Cada rasgo se volvió una línea cortante, tallada en granito. Era el rostro de un hombre conteniendo una explosión por pura fuerza de voluntad.

Extendió la mano. Sus dedos, largos, con los nudillos marcados y cicatrices blancas que contaban historias de cancha, tomaron la tarjeta con una precisión glacial. La leyó. Sus labios, normalmente en una línea firme, desaparecieron, apretados en una fina raya. Parpadeó una vez, rápido. No era para contener lágrimas. Era para aplastar algo que hervía por dentro.

Sin decir una palabra, guardó la tarjeta en el bolsillo trasero del pantalón, como si estuviera enterrando evidencia. Luego, agarró el ramo. No lo tomó con delicadeza. Lo aplastó contra su costado, con una fuerza que hizo crujir el papel de seda y doblar los tallos. Era un gesto de posesión feroz, casi de rabia. Como si temiera que se lo quitaran. O como si quisiera fundirlo con sus propias costillas.

Finalmente, alzó la vista hacia mí. Su mirada ya no era indiferente. Era vacía. Helada. Un muro de hielo de tres metros de espesor que había erigido en un nanosegundo.

"Dile a Valdez que pasé." Su voz era clara, controlada. Pero por debajo, como un zumbido de baja frecuencia, había un tono sordo, peligroso. El sonido de un cable de alta tensión a punto de reventar.

Dio media vuelta y se fue. Sus pasos, firmes y pesados, resonaron como martillazos en el pasillo vacío, alejándose hasta que el silencio los devoró.

Me quedé solo. El eco de esa explosión contenida aún vibraba en el aire, mezclado con el aroma de los lirios rotos. No había visto dolor. Había visto control. El control aterrador de un hombre que decide que lo que siente es tan monstruoso que debe ser encadenado y ahogado antes de que lo destroce a él primero.

No fue un vistazo a su vulnerabilidad. Fue una clase magistral de contención. De alguien que ha aprendido, a base de fuerza bruta, a no derrumbarse. Y esa fuerza, esa capacidad de absorber un impacto emocional y seguir en pie sin una palabra, sin una queja, solo con los nudillos blancos y la mandíbula tensa… era más imponente que cualquier muestra de dolor.

Leo tenía razón. Esto no era un juego. Era un campo minado. Y acababa de presenciar la explosión silenciosa de la mina más grande: una simple 'D' en tinta azul.

El arrepentimiento me golpeó. Una ola fría de "¿en qué me he metido?". Pero fue fugaz. Porque bajo el miedo, más fuerte, más voraz, surgió otra cosa: una fascinación hipnótica y peligrosa. Ya no era lástima por el titán herido. Era una admiración casi enfermiza por la fuerza descomunal que se necesitaba para no hacerse añicos ante un simple ramo de flores. Por el control férreo de alguien que, en lugar de romperse, elegía endurecerse hasta volverse piedra.

Y en el fondo de mi mente, clara y abrasadora, quedó flotando la pregunta que ya sabía que me perseguiría:

¿Quién demonios era 'D'? ¿Y por qué su sola sombra podía convertir a Caeleen Valkrum, ese monumento de poder y control, en una fortaleza a punto de desmoronarse?

1
;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Thalia
Me encantó, me llegue a enamorar de los personajes, de la trama, de todo. Recomendada 😭
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
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