Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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Lo que realmente ocurrió aquella noche
Capítulo 19
Octavio pidió hablar.
No con abogados.
No con intermediarios.
Con Matías.
A solas.
La habitación donde lo tenían retenido era sobria. Sin ventanas. Sin lujos. Sin señales de tortura.
Matías no necesitaba violencia física.
Prefería respuestas.
Entró sin escolta visible, aunque sabía que afuera había hombres listos para irrumpir.
Octavio estaba sentado, impecable a pesar de la situación.
—Sabía que vendrías —dijo con calma.
Matías permaneció de pie.
—Habla.
Octavio lo estudió en silencio.
—Tu madre no fue una víctima colateral.
El aire cambió.
Pero Matías no parpadeó.
—Explícate.
Octavio inclinó ligeramente la cabeza.
—Esa explosión no fue un mensaje contra tu padre.
Silencio.
—Fue un mensaje contra mí.
Un segundo.
Dos.
—Mi padre ordenó eso —dijo Matías sin emoción.
No era pregunta.
Era una acusación contenida.
Octavio no negó.
—Tu padre descubrió que yo estaba negociando una división del imperio. No quería sangre. Quería fragmentación.
—Y él eligió fuego.
—Eligió advertencia.
Matías dio un paso adelante.
—Mi madre casi muere.
—Tu madre sabía demasiado.
Esa frase fue como una bala limpia al pecho.
El corazón de Matías golpeó fuerte, pero su voz siguió estable.
—¿Qué sabía?
Octavio lo sostuvo con una mirada que ya no tenía ironía.
—Sabía que tu padre había decidido sacrificarte si era necesario.
El mundo se comprimió.
—Mientes.
Octavio negó con suavidad.
—Tu madre descubrió un plan para enviarte a Italia durante la guerra. Como garantía. Como ficha de negociación.
El silencio se volvió insoportable.
—Ella lo enfrentó —continuó Octavio—. Amenazó con irse contigo.
Matías sintió algo quebrarse dentro.
—Y entonces… explotó el coche.
—No para matarla —aclaró Octavio—. Para silenciarla.
Matías cerró los ojos un segundo.
Un segundo demasiado largo.
Toda su vida había construido una narrativa clara:
Padre duro pero estratégico.
Madre víctima del enemigo.
Imperio atacado desde afuera.
Pero si eso era verdad…
El enemigo siempre estuvo dentro.
—
—¿Por qué decirme esto ahora? —preguntó finalmente.
Octavio se inclinó hacia adelante.
—Porque sigues idealizándolo.
Silencio.
—Y no puedes liderar si no conoces la oscuridad real de la que vienes.
Matías sintió el peso de generaciones sobre sus hombros.
Su padre no fue solo un hombre brutal.
Fue un hombre dispuesto a usar a su propio hijo.
La promesa a su madre ardió en su memoria.
No permitir que el poder lo devorara.
Pero ¿cómo se honra a alguien que también fue parte del silencio?
—
Mientras tanto…
En la clínica, Isabella estaba revisando expedientes médicos cuando recibió una llamada.
Número desconocido.
Atendió.
—¿Isabella ?
—Sí.
—Necesitamos que venga a la recepción. Es urgente.
Colgó antes de que pudiera preguntar más.
Al bajar, encontró a alguien que no esperaba ver.
Valeria.
Su amiga de la universidad.
La misma que había estado con ella el día del restaurante.
La que sabía cuándo salía.
La que sabía cuándo volvía.
La que sabía que había decidido no contestar la llamada de Matías el día del intento de secuestro.
Valeria estaba pálida.
Demasiado pálida.
—Tenemos que hablar —dijo en voz baja.
Isabella sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Qué pasa?
Valeria miró alrededor.
—No aquí.
—
En una cafetería a dos calles, Valeria no tocó su café.
Temblaba.
—No quería que pasara esto.
El corazón de Isabella comenzó a latir más rápido.
—¿Qué cosa?
Valeria levantó la mirada.
Y en sus ojos había culpa.
—Yo no sabía que iban a intentar llevarte.
El mundo se detuvo.
—¿Qué hiciste?
Las palabras salieron sin volumen.
Valeria empezó a llorar.
—Un hombre me buscó hace semanas. Dijo que investigaba organizaciones criminales. Que necesitaba información sobre ti.
La sangre de Isabella se heló.
—¿Información como qué?
—Con quién salías. A dónde ibas. Horarios.
Cada palabra era una confirmación.
—¿Se la diste?
Silencio.
Las lágrimas lo dijeron todo.
—Pensé que era policía. Pensé que estaban intentando protegerte.
Isabella retrocedió en la silla.
El segundo traidor no era un sicario.
No era un hombre del imperio.
Era alguien de su vida civil.
—¿Sabías quién era en realidad? —preguntó Isabella con voz quebrada.
Valeria negó.
—Lo descubrí ayer. Lo vi con hombres armados. No eran policías.
La mente de Isabella conectó piezas con rapidez médica.
—¿Cómo se llamaba?
—Se presentó como agente Ruiz.
Isabella sintió un golpe seco en el pecho.
Porque ese nombre sí lo conocía.
El “agente Ruiz” había sido el contacto discreto que supuestamente investigaba al Cartel del Norte.
Un enlace que Sergio había mencionado semanas atrás.
No era policía.
Era infiltrado.
Y había entrado por ella.
—
En la sala de interrogatorio, Matías escuchó la última frase de Octavio:
—Tu padre no era el héroe que crees.
Matías respiró lento.
—Tal vez no.
Octavio sonrió.
—Entonces mírate bien antes de decidir en qué te conviertes.
En ese momento, el teléfono de Matías vibró.
Mensaje de Isabella.
Solo una frase:
"Tenemos un problema."
Matías salió sin decir más.
—
Cuando Isabella le contó lo ocurrido, la habitación se volvió glacial.
—Valeria no sabía —dijo ella—. Pero habló.
Matías permaneció en silencio.
No estaba furioso.
Estaba calculando.
—¿Dónde está ahora?
—La dejé en la cafetería.
Eso fue un error.
El teléfono de Isabella vibró.
Número desconocido.
Matías lo tomó antes de que contestara.
—Habla.
La voz al otro lado era calmada.
—Buenas tardes, señor Morello.
Matías no respondió.
—Valery está con nosotros.
Isabella palideció.
—No la toquen —dijo Matías con voz baja.
—Eso depende de ustedes.
Silencio.
—Quiero a Octavio libre en las próximas dos horas.
La tensión era insoportable.
—Y si no —continuó la voz—, empezaremos a cortar vínculos innecesarios.
La llamada se cortó.
Isabella sintió que el mundo se inclinaba.
—Esto es mi culpa.
Matías la sostuvo por los hombros.
—No.
—Si yo no hubiera…
—No.
Su voz fue firme.
—Ellos la usaron. Igual que intentaron usarte a ti.
Pero la realidad era brutal.
El pasado acababa de explotar.
Y el presente estaba ardiendo.
Octavio tenía razón en algo:
El imperio no perdona debilidades.
Y ahora el enemigo sabía exactamente dónde presionar.
Matías miró a Isabella.
Y por primera vez…
No era solo guerra.
Era sacrificio.