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Desafiando Al Sistema

Desafiando Al Sistema

Status: En proceso
Genre:Aventura / Romance
Popularitas:759
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24 — El precio de sostener

El cansancio no se fue con el sueño.

Cael despertó con esa pesadez que no se quita ni con agua fría en la cara. El hombro le tironeaba, y el pulso en el pecho le recordaba que el día anterior había forzado más de lo que le convenía admitir. Se sentó en la cama un momento, respirando lento, dejando que la Tenacidad del Caído hiciera su trabajo de amortiguar el dolor sin borrar el aviso.

El Sistema apareció con un mensaje sobrio:

[Aviso: Fatiga acumulada elevada.]

[Recomendación: Reducción de exposición a picos.]

—Claro —murmuró—. Decíselo al calendario.

No había margen para descanso completo. La Asociación había marcado una franja del cinturón industrial como “zona de respuesta prioritaria”. Tres focos intermitentes. Un equipo mixto. Y, otra vez, su nombre al frente del documento.

En el galpón, el Equipo Gris revisaba equipo en silencio. No era el silencio cómodo. Era el de quienes saben que el día va a exigir más de lo que hay para dar.

—No sos un recurso —dijo Lara, sin levantar la vista del arnés—. Si hoy te sentís mal, decilo.

—Me siento… presente —respondió Cael—. Eso alcanza para empezar.

—Empezar no siempre es terminar —añadió Maira.

—Lo sé.

La franja industrial era un rosario de galpones oxidados, chimeneas muertas y calles donde el viento empujaba papeles viejos. El primer foco estaba contenido por un equipo de la Asociación. El segundo, no. El tercero, peor: había una cuadrilla de obreros atrapada al otro lado de una puerta que no terminaba de abrir.

—No picos —recordó Cael—. Las paredes son viejas.

La brecha “respiraba” con un ritmo irregular, como si alguien la apretara y la soltara desde adentro. Cael marcó el pulso con el Filo apenas activado. El borde cedió un poco. Maira colocó anclajes. El aire se acomodó lo suficiente para abrir la puerta.

—¡Salgan de a uno! —gritó Lara.

Los obreros salieron con la cara blanca de miedo. Uno tropezó. Ivo lo sostuvo del codo y lo sacó del radio de la brecha.

—Gracias —balbuceó el hombre.

—Corré —respondió Ivo—. Después agradecés.

El segundo foco se desestabilizó cuando el primero cedió. Cael lo sintió en el pecho como un tirón más profundo.

—Se está comunicando —dijo Maira—. Si colapsa este, el tercero va a crecer.

—Entonces cerramos este con contención mínima —respondió Cael—. Nada de heroicidades.

Un agente de la Asociación dudó.

—Eso tarda —dijo.

—Tardar es mejor que romper —respondió Cael—. Elegí.

El agente eligió obedecer. El cierre fue lento. El aire vibró. Cael sintió el cansancio subirle a la garganta. La Tenacidad del Caído sostuvo el pulso lo justo para no marearse.

El tercer foco estalló en movimiento.

No fue una explosión. Fue un “despliegue”: placas de sombra brotaron del aire, empujando polvo y metal. Un obrero que se había quedado rezagado gritó cuando una placa le cortó el paso.

—¡No! —dijo Lara, corriendo.

Cael se adelantó, activó el Filo con un arco envolvente. Cortó el pulso que sostenía la placa sin tocar al hombre. El aire vibró como una cuerda tensada. La placa se desarmó. El obrero cayó de rodillas, llorando.

Cael sintió el precio en el cuerpo: un latigazo de fatiga que le dobló la espalda. La Tenacidad amortiguó el golpe, pero no el temblor que le subió por los brazos.

—Cael —dijo Maira—. No más picos.

—No los uso —respondió él, respirando con cuidado—. Uso precisión.

Cerraron el tercer foco con un patrón amplio. El viento arrastró polvo viejo por la calle. El silencio que quedó fue el de los lugares industriales cuando la maquinaria no suena.

Los presentes lo miraban con algo que no era solo respeto. Era alivio mezclado con miedo de haber estado cerca de algo que no entendían del todo.

Un capataz se acercó, la gorra en la mano.

—Gracias… por no dejarnos ahí.

Cael asintió. No sabía qué decir cuando alguien agradecía por no haber llegado tarde.

De regreso, el cansancio lo alcanzó de verdad.

—Hoy te vi forzarte —dijo Lara, en voz baja.

—Hoy había gente del otro lado —respondió Cael—. Eso pesa más que mis hombros.

—Hasta que un día tus hombros no sostienen —replicó ella—. Y entonces pesa todo.

Cael no respondió. Miró por la ventana el cinturón industrial alejarse como un paisaje que no se guarda en fotos.

El Sistema apareció con un aviso que no le gustó:

[Advertencia: Umbral de fatiga cercano.]

[Recomendación: Interrupción de actividad de alto riesgo.]

—Tomado —murmuró—. Mañana… veo.

Esa noche, en su departamento, se quedó sentado en la cama con los guantes en las manos. El liderazgo no era una corona. Era una mochila que, cuando se llenaba de gente que no querías dejar caer, pesaba el doble.

No todo lo que salvás te deja intacto.

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