Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.
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CAPÍTULO 3 — Antes de que todo cambie
El verano llegó a San Lázaro sin pedir permiso.
Las tardes se hicieron más largas, el aire más tibio, y el cielo parecía pintado con un azul más intenso de lo normal. Para Emma, el verano significaba libertad. No había tareas, ni uniformes, ni miradas incómodas en el colegio cuando llegaba en el auto de la familia Valverde.
Significaba más tiempo bajo el árbol.
Gael llegó esa mañana con una botella de limonada que había tomado de la cocina sin permiso.
—Si mi padre pregunta, diré que fue el jardinero —dijo con media sonrisa.
Emma soltó una risa.
—Eres terrible.
—Solo cuando estoy contigo.
Se sentaron en el césped. El árbol proyectaba una sombra amplia que los protegía del sol.
—¿Sabes qué pensé anoche? —dijo Emma, bebiendo un sorbo.
—Eso suena peligroso.
Ella lo miró con falsa indignación.
—Pensé que cuando seamos grandes, este árbol seguirá aquí. Y tal vez vengamos con nuestros hijos.
Gael casi se atragantó con la limonada.
—¿Nuestros hijos?
Emma se encogió de hombros, sonrojada.
—No nuestros, tonto. Cada uno con los suyos.
Gael guardó silencio un segundo más de lo necesario.
—Yo no quiero que nada cambie.
Emma lo miró.
—Nada dura para siempre.
—Eso no es verdad.
Ella levantó una ceja.
—¿Entonces qué sí dura?
Gael observó las iniciales marcadas en el tronco.
—Esto.
Emma siguió su mirada.
La E.
La G.
El pequeño corazón torcido.
El viento movió las hojas suavemente, como si aprobara la respuesta.
Esa tarde decidieron hacer algo diferente.
Subieron nuevamente a la rama gruesa que ya consideraban su “mirador oficial”. Desde ahí podían ver el camino que conducía hacia la salida del pueblo… y a lo lejos, casi invisible, la silueta blanca de la mansión Valverde.
—¿Te gusta vivir ahí? —preguntó Emma de pronto.
Gael tardó en responder.
—Es grande.
—Eso no fue lo que pregunté.
Él suspiró.
—A veces siento que la casa es más grande que mi vida.
Emma lo miró con atención.
—Mi mamá dice que el tamaño no importa si no hay risas adentro.
Gael sonrió apenas.
—Entonces tu casa es más grande que la mía.
Hubo un silencio cómodo.
—¿Alguna vez has pensado en irte? —preguntó Emma de repente.
Gael sintió que el estómago se le tensaba.
Las palabras de su padre resonaron en su mente.
“La ciudad.”
“Crecimiento.”
“Decisión tomada.”
—No —mintió.
Emma lo observó unos segundos, como si intentara leer algo detrás de sus ojos.
Pero luego sonrió.
—Bien.
Bajaron del árbol cuando el cielo empezó a tornarse naranja.
Desde la cocina, la madre de Emma los llamó para merendar.
Gael adoraba esos momentos. La mesa pequeña, las tazas desiguales, el pan casero recién hecho.
—Deberías quedarte a cenar más seguido —dijo la madre de Emma con amabilidad.
—Si no fuera una molestia…
—Nunca lo eres.
Gael sintió algo apretarle el pecho.
Nunca lo eres.
En su casa, esa frase no existía.
Esa noche, al regresar a la mansión, encontró a su padre en el despacho.
—Siéntate, Gael.
El tono era serio.
—¿Sí?
—Quiero que empieces clases adicionales el próximo mes. Preparación avanzada. En la ciudad el nivel es más alto.
Gael sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿En la ciudad?
Su padre cerró la carpeta con firmeza.
—No te he dicho todo porque aún es pronto. Pero sí, nos iremos. No es negociable.
El silencio se extendió entre ambos.
—¿Cuándo? —preguntó Gael en voz baja.
—Cuando sea necesario.
Esa respuesta fue peor que una fecha concreta.
Gael subió a su habitación con la sensación de que algo invisible estaba arrancando raíces.
Se acercó a la ventana.
Desde ahí, el pueblo parecía tranquilo. Pequeño. Seguro.
Pensó en Emma riendo.
Pensó en el árbol.
Pensó en el “nunca” que había dicho tantas veces.
Al día siguiente fue al árbol más temprano que de costumbre.
Emma llegó minutos después, con una flor amarilla en el cabello.
—¿Por qué esa cara? —preguntó.
Gael dudó.
Podía decírselo.
Podía contarle todo.
Pero verla sonreír bajo ese cielo limpio… le rompió el valor.
—Nada —respondió.
Emma no insistió. Se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro.
—Prométeme algo.
—¿Qué cosa?
—Que si algún día el viento se lleva algo… volverás por ello.
Gael la miró confundido.
—¿Qué se llevaría el viento?
Emma señaló las hojas que caían alrededor.
—Las cosas que no agarramos fuerte.
Gael entrelazó sus dedos con los de ella.
—Entonces no soltaremos.
El viento sopló otra vez.
Más fuerte.
Algunas hojas se elevaron y cruzaron la cerca.
Otras quedaron atrapadas en el césped.
Emma cerró los ojos, confiada.
Gael los mantuvo abiertos.
Por primera vez, entendió que había fuerzas que no podía controlar.
Y aun así… decidió no decir nada.
Porque mientras Emma estuviera bajo ese árbol…
El mundo todavía no dolía.
Pero el verano estaba terminando.
Y el viento…
ya sabía algo que ellos no.