Me obligaron a casarme con el duque más frío del Imperio.
Lo juré odiar… hasta que empezó a protegerme.
Un omega orgulloso, un alfa distante y un matrimonio que podría convertirse en amor.
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Capítulo 3 Entre lo que parece y lo que es
Entre lo que parece y lo que es
Caelan no durmió bien.
No por el frío ni por la cama demasiado grande para una sola persona, sino porque su mente insistía en volver a la escena de la cena. La voz del noble, la pausa incómoda, el sonido de los cubiertos de Blaise tocando el plato. Había jurado no depender de nadie. Y, aun así, le había importado que alguien se pusiera de su lado.
Se levantó antes del amanecer. Abrió el ventanal y dejó que el aire helado le despejara un poco la cabeza. El norte olía distinto al sur: más limpio, más áspero. Un olor que no pedía permiso.
Bajó al jardín interior con pasos silenciosos. La grava crujió bajo sus botas. La fuente murmuraba con un hilo de agua constante. El lugar estaba casi vacío… hasta que lo vio.
Blaise Ravenshire estaba de pie junto a la fuente, sin la capa ni las insignias del ducado. Vestía de manera sencilla. Por un momento, Caelan lo vio como a un hombre y no como a un título, y eso le incomodó más de lo que habría querido.
Pensó en darse la vuelta. No lo hizo.
—Buenos días —dijo el duque al notarlo.
—Buenos días —respondió Caelan, quedándose a una distancia prudente.
Caminaron un tramo en silencio. No era incómodo. Era expectante.
—Sobre anoche… —empezó Caelan—. No era necesario que interviniera.
Blaise lo miró de reojo.
—No lo hice por necesidad. Lo hice porque correspondía.
—¿Correspondía? —Caelan dejó escapar una risa breve—. Suena a una palabra elegante para “quedar bien”.
Blaise se detuvo.
—No me importa “quedar bien” cuando alguien está siendo humillado.
Caelan sintió el golpe de esas palabras, aunque se protegió con ironía.
—No estoy acostumbrado a que me defiendan.
—No estaba defendiéndolo —respondió Blaise—. Estaba marcando un límite.
—Para los demás —replicó Caelan—. No para mí.
Blaise guardó silencio un momento.
—Tal vez fue para ambos.
El cielo empezaba a aclarar. Un gris pálido se colaba entre las ramas desnudas de los árboles.
—No quiero que piense que me debe algo —dijo el duque—. Ni protección ni gratitud.
—Me alegra escuchar eso —respondió Caelan—. Odio las deudas que no pedí.
—Entonces estamos de acuerdo en algo —dijo Blaise.
La frase fue simple, pero Caelan sintió que abría una grieta pequeña en la distancia que los separaba.
—Si vamos a vivir bajo el mismo techo —añadió—, prefiero que las cosas sean claras. No soy un adorno político. Y no pienso comportarme como uno.
—No espero que lo haga —respondió Blaise—. Pero tampoco puedo prometerle que el ducado cambiará rápido.
—No necesito rapidez —dijo Caelan—. Necesito honestidad.
Blaise asintió.
Los pasos de los sirvientes al fondo del jardín los obligaron a separarse un poco. El momento se rompió sin dramatismo, como se rompen las cosas frágiles que aún no se atreven a ser importantes.
—Debo regresar —dijo Caelan—. No quiero que empiecen los rumores antes del desayuno.
—Aquí los rumores empiezan incluso sin despedidas —respondió Blaise.
Se separaron sin decir más.
Ese día, en reuniones y pasillos, Caelan volvió a sentir la distancia del ducado. Preguntas amables con filo escondido. Miradas que evaluaban cuánto duraría antes de “romperse” con el clima del norte.
Blaise observó sin intervenir.
Caelan se dijo que era lo lógico. No podía estar siempre marcando límites por él. Y aun así, la ausencia de ese gesto le pesó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Esa noche, sentado junto al ventanal, Caelan entendió algo incómodo:
odiar al duque habría sido más fácil que empezar a dudar de ese odio.
Y dudar, lo sabía, era el primer paso para complicarse la vida.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”