cuando toda una manada está en un guerra con razas su única esperanza es alguien quien menos esperan..
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En un momento
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–Déjala, volverá.–
Ernesto habló serio al notar a Héctor dispuesto a ir a buscar a Alex.
–No debí hacer eso…– Ester se tocó el rostro con ambas manos, soltando un suspiro cargado de culpa.
–No, pero Alex es así de directa; debiste contarle desde el principio lo que sucedió.–
César reclamaba a Ester. No dudaron en abordar el tema con Héctor; se sentaron de nuevo en la mesa. Ernesto y Silvia no tuvieron más opción que regresar a la manada.
–Estarán seguros en mi residencia.–
–¿Qué hay de Carla?–
–Mi madre ya no molestará; mi padre la tiene bajo control.–
–¿Tuviste otra pareja?–
Preguntó Silvia, notando la expresión de tristeza en Ester. Héctor negó con la cabeza, lo que sorprendió a los presentes.
–Adopté a dos jóvenes lobos. Pensé que nunca las encontraría a ustedes, así que ellos saben de su existencia. Querían venir conmigo, pero no quería alertar a nadie.– Contó. –Son Lucas y Mateo, dos hermanos de rango gamma.–
–Ya veo… Sabes que Alex no es fácil; tiene un carácter muy fuerte, como ya podrás notar.– Héctor asintió. –Hablaré con ella cuando regrese. No será nada sencillo para ella; te vio sufrir mucho tiempo y siempre pensó lo peor de ti.– Dijo Ernesto, mirando a Ester, quien asintió culpable. –Dale tiempo.–
...
Alex ya estaba con Max en la pista de carreras, colocándose en la línea de salida. Necesitaba desahogar toda esa rabia, y la velocidad la tranquilizaba como nada más.
Max estaba en las gradas; no dudó en apostar por Alex –sabía que ganaría cuando estaba enojada: nadie le ganaba en esas condiciones.
Al terminar la carrera, Max la recibió con una hamburguesa y unas cervezas.
–Parece que ganaste un buen dinero.–
–No me culpes por tu suerte; sé muy bien que cuando estás enfadada, nadie te supera, prima.– Dijo burlón.
Ambos tomaron al compás. –¿Qué harás? Sabes que tu padre podría tener razón… Y si lo que dice es cierto, no estamos seguros en el mundo humano.–
–Aún no lo sé. Tenía mi vida bien organizada…– Suspiró. –Tendremos que dejar la academia… Y mi sueño de universidad se fue al traste.– Se tocó las sienes, frustrada.
–Sabes que nuestra vida nunca iba a ser normal, Alex. Extrañaré a Fernanda…– Suspiró.
–¿Es lo único que te importa, idiota?– Le tiró un papel al rostro. Max rodó los ojos. –Ya deja de estar tan abatido; mira el lado bueno: serás la alfa y dueña absoluta de la manada…– Levantó las cejas. –Podrás cortar cabezas sin que nadie te diga nada.–
–Mmm, suena tentador. Hasta podría ordenar degollar a la vieja Carla.– Se emocionó.
–¡Ya ves!– Max asintió sonriendo.
Ambos terminaron de comer y volvieron a casa. Ester estaba esperándola en la mesa con una taza de té caliente; Héctor estaba a su lado. Alex entró y notó cómo se soltaron las manos al instante.
–Hija, podemos hablar.–
Alex suspiró y ya estaba subiendo a su habitación cuando Héctor la detuvo.
–Nos iremos mañana, Héctor. Buenas noches, madre.– Dijo sin mirarlos a los ojos.
Ester miró a Héctor, quien apretó los labios. Entendía el enojo de Alex y no la presionaría. Acarició el brazo de Ester, quien no dudó en abrazarlo, sintiendo su aroma después de tanto tiempo.
–Por favor… No nos dejes de nuevo.–
–No pienso dejar las dos nunca más.–
Ambos se abrazaron largo rato antes de retirarse a dormir. Alex salió de bañarse cuando encontró a su abuelo en el pasillo; este movió la cabeza –no hacía falta hablar, ella sabía que era hora de la charla.
–Mi cielo, no te enojes tanto con tus padres. Todo lo que pasaron no tiene por qué convertirte en víctima de sus problemas.– Tomó su mano.
–Abuelo, sabes que no puedo quedarme callada. No es fácil creerle a él… Yo…–
–Está bien… Pero dale una oportunidad. Tu madre sufrió mucho, sí, pero también fue muy amada cuando eras bebé. Héctor siempre la cuidó, y Carla fue la causante de todo esto.– La miró directamente.
Alex solo asintió. Puede que fuera cierto, pero hasta no verlo con sus propios ojos no lo creería del todo. Su gran desconfianza en los hombres había crecido aquel día; solo César, Max y Ernesto eran los únicos en quienes podía confiar ciegamente.
–Está bien, abuelo… Intentaré.–
–Muy bien. Y promete que no matarás a nadie en la manada.– La miró de reojo. Alex rodó los ojos y asintió –su abuelo sí que la conocía a la perfección. –Descansa, mañana saldremos temprano. Y no pienses que tu vida termina hoy: podrás estudiar todo lo que quieras en la manada… Ya verás.– Dejó un beso en su frente y se retiró.
Alex suspiró y se dejó caer en la cama.
“Todo se fue a la mierda en un instante.”
–Sí… Es la primera vez que mi madre me pega. ¿Viste sus ojos de enojo?–
“Sí… Hasta me dio miedo, pero la entiendo. Cuando llegue nuestra pareja, seremos igual de protectoras.”
–Ya te dije que no quiero pareja, Nayla. No lo necesitamos.–
“Eso dices ahora, pero después vas a andar con la baba caída.”
–¡Ay, cállate! No tengo ánimos de discutir contigo.–
Nayla se reía en su mente mientras Alex se tapaba la cara con la almohada, cerrando los ojos hasta quedar dormida.
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