La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 3
—¡Ya está firmado el contrato! Quiero que te alejes de mis hijos y jamás en tu vida te vuelvas a aparecer. —La voz de Dominic resonó firme y fría en la gran sala.
—Ni que fuera tan estúpida. Tú te encargaste de hacerme la vida tan miserable y, maldita sea, esos malditos niños son lo peor que han nacido de mí. —Amelia respondió con un tono cargado de desprecio, sus ojos llenos de rencor.
Dominic se acercó a ella con pasos pesados, la mandíbula tensa por la ira contenida. —Vete de mi casa ya, antes de que mi paciencia se agote, Amelia.
—El honor es todo mío, Dominic. —Amelia se burló con una sonrisa cínica, girándose hacia la puerta con sus maletas en mano.
—Lo cruel que eres como madre no tiene nombre, Amelia. —La voz de Dominic apenas pudo contener el asco.
—Lo que sufrí estando en estas paredes de oro igual, solo quiero mi felicidad, Dominic, ¿es tanto pedir?
Dominic la miró con incredulidad. —¿Cómo puedes ser tan cruel al dejar a tus hijos?
Amelia lo enfrentó una última vez antes de salir. —Tú sabes muy bien que yo nunca quise a esos niños, fueron un estorbo para mí todo este maldito tiempo y un retraso masivo al querer irme de este lugar. Solo maldigo el día en que nuestras vidas se unieron.
Sin esperar una respuesta, Amelia se dio la vuelta y salió de la mansión, dejando tras de sí un vacío helado. Dominic la observó irse, su mano temblando mientras la llevaba a su rostro, exhausto por la tensión que lo había consumido.
De repente, un ruido en la escalera lo hizo girar. Allí, apenas visibles en la penumbra, estaban Arabella y el pequeño Dominic. Arabella, con los ojos llenos de lágrimas, trataba de tapar la boca de su hermanito, pero Dominic se dio cuenta de que habían escuchado todo. Su corazón se rompió al ver el miedo y la tristeza en el rostro de su hija.
Subió las escaleras con rapidez, su mente buscando desesperadamente las palabras correctas. Al llegar junto a ellos, se arrodilló, tomando a ambos en sus brazos.
—¿Hija, amor mío, por qué lloras? —Dominic trató de mantener su voz calmada, pero el dolor en sus ojos era evidente.
—Ella nunca nos ha querido, ¿verdad, papi? —La voz de Arabella se quebró al hacer la pregunta que Dominic más temía.
—No, cariño, no digas eso. Mamá siempre los ha amado. —Dominic intentó sonreír, pero sabía que sus palabras eran vacías, una mentira necesaria.
Arabella lo miró con sus ojos grandes, buscando la verdad en los suyos. —Papi, ¿por qué eres tan mentiroso? Mami nunca nos ha querido.
Las palabras de su hija lo golpearon como un martillo, pero no podía permitir que esa creencia se afianzara en su joven corazón. —Cariño, mamá solo dijo eso porque estaba enojada. Ella los quiere mucho, más de lo que pueden imaginar. Solo necesita un tiempo para aclarar su mente.
Arabella se mantuvo en silencio, procesando las palabras de su padre. Finalmente, sus manos pasaron por el cuello de Dominic y lo abrazo con fuerza. —Prométeme que no nos abandonarás, papi. Yo me portaré bien, lo prometo.
Dominic sintió un nudo en la garganta al escuchar la súplica de su hija. —Nunca los abandonaré, Arabella. Ustedes son mi mayor tesoro, y haré todo lo que esté en mi poder para que estén bien. Eso te lo prometo.
Les dio un beso en la frente a ambos, deseando con todo su ser que sus palabras pudieran sanar las heridas que Amelia había dejado. Sabía que ahora, más que nunca, necesitaba encontrar a alguien que pudiera cuidar de ellos, alguien que pudiera darles el amor que él solo no podía compensar.
Dominic levantó a sus hijos en brazos y los llevó a la habitación de Arabella, donde también dormía el pequeño Dominic. Los arropó con cuidado, asegurándose de que estuvieran cómodos antes de apagar la luz.
—Mami regresará pronto, cariño, te lo prometo. —Dominic repitió la mentira, aunque su corazón sabía que Amelia no volvería.
Se retiró en silencio, cerrando la puerta con suavidad antes de dirigirse a su estudio. Allí, lo esperaba una montaña de trabajo, pero lo que más le preocupaba era la lista de posibles niñeras que Benet, su asistente personal, había preparado. Sabía que la decisión no podía esperar. Sus hijos necesitaban a alguien, y lo necesitaban ya.
Se sentó frente a su laptop, encendiendo la pantalla y revisando el mensaje de Benet. La lista era larga, pero Dominic no se dejaría impresionar solo por las referencias. Necesitaba a alguien que pudiera cuidar muy bien a sus hijos, alguien que pudiera llenar el vacío emocional que Amelia había dejado.
Le envió un mensaje a Benet, pidiéndole que organizara entrevistas con las tres mejores candidatas para el día siguiente. No podía perder tiempo. La primera elección sería crucial, y Dominic no podía darse el lujo de equivocarse.
Se quedó trabajando hasta tarde, revisando documentos y asegurándose de que todo en la empresa siguiera su curso. Pero su mente no podía dejar de pensar en Arabella y el pequeño Dominic, en cómo protegerlos de la dura realidad que se avecinaba.
Finalmente, cerca de la medianoche, Dominic cerró su laptop y se levantó de su silla. Estiró su cuerpo cansado y, mientras lo hacía, su teléfono emitió un sonido. Era un mensaje de Benet, con la lista de las candidatas seleccionadas.
Dominic revisó los perfiles rápidamente y le respondió a Benet con una instrucción clara: escoger a la mejor candidata, alguien en quien pudiera confiar completamente. No era solo una niñera lo que necesitaban; era una figura que pudiera darles el amor que Amelia había decidido negarles.
Con el peso de esa decisión en su mente, Dominic apagó las luces y se dirigió a su habitación. Una vez ahí se recostó en la cama mientras pensaba en su hija y lo que le había dicho: — Prométeme que no nos abandonarás, papi. Yo me portaré bien, lo prometo. — Todavía no lo podía creer, como su pequeña había dicho algo así, el miedo en sus palabras al temer que él los abandonaría. Eso fue algo que quedó grabado en su corazón. Paso su manos por su cara mientras sentía la furia contenida de querer arrasar todo en su lugar.